Alimentar a los pájaros del jardín es una de esas costumbres que enganchan. Pones unas semillas, aparece un desfile de plumas y, de paso, sientes que estás ayudando. El problema es que, con el calor pegajoso del verano, ese gesto puede convertirse en un punto negro para la salud de las aves.
La Real Sociedad para la Protección de las Aves del Reino Unido (RSPB) ha actualizado su consejo y pide un cambio sencillo. Entre el 1 de mayo y el 31 de octubre recomienda dejar de rellenar comederos con semillas y cacahuetes para evitar aglomeraciones y reducir el riesgo de brotes de enfermedad. ¿Qué significa esto en la práctica para quien tiene un balcón o un jardín y no quiere “dejar tiradas” a las aves?
El problema del calor
La idea no es demonizar los comederos, sino entender cuándo dejan de ser una ayuda. En verano y otoño hay más alimento natural disponible (insectos, semillas, frutos) y, a cambio, las temperaturas facilitan que ciertos patógenos sobrevivan más tiempo en restos de comida, bebederos y superficies húmedas. Un comedero muy concurrido funciona como una “barra” donde todos beben del mismo vaso. Y eso se nota.
La RSPB resume su nuevo enfoque con un mensaje directo, “alimentar según la estación” y “alimentar de forma segura”. El ajuste principal es pausar semillas y cacahuetes en los meses cálidos, manteniendo solo pequeñas cantidades de alternativas como larvas de harina, bolas de grasa o sebo, que tienden a atraer menos a las especies más vulnerables. No se trata de dejar de observar aves, sino de evitar que se concentren todas en el mismo punto.
En España el debate no es nuevo. SEO BirdLife recuerda que un comedero puede ser “un arma de doble filo” y que, cuando se acerca la primavera, conviene reducir el aporte y ajustar el tipo de alimento a las necesidades de la estación. En el fondo, la lógica es la misma, menos aglomeración y más sentido común.
Una enfermedad silenciosa
Detrás del cambio hay un nombre que ya preocupa a los ornitólogos desde hace años, la tricomonosis. La RSPB explica que está causada por un protozoo microscópico llamado Trichomonas gallinae y que puede transmitirse cuando las aves comparten comida y agua, sobre todo si quedan restos contaminados con más facilidad en bebederos. En términos sencillos, es como una infección de garganta muy contagiosa que dificulta tragar y acaba debilitando al animal.
Los datos ayudan a ponerlo en contexto. En el último Big Garden Birdwatch, el gran recuento ciudadano de aves de jardín, participaron más de 650.000 personas y se contabilizaron 9,4 millones de aves. En esa misma serie histórica, el verderón pasó del séptimo puesto en 1979 al número 18 en 2026, un reflejo de su caída en el país.
La propia RSPB habla de un desplome de más de un 65 por ciento en las últimas tres décadas y recuerda que el verderón ya está en la “lista roja” de conservación en el Reino Unido. Un estudio en Scientific Reports concluyó además que las grandes reducciones nacionales de verderón y pinzón en Gran Bretaña (del orden de 2,5 millones de parejas reproductoras en conjunto) se han visto impulsadas en buena parte por la menor supervivencia adulta asociada a la expansión epidémica de la tricomonosis. Dicho de otra forma, no es un susto puntual.
Efectos fuera del comedero
Hay otro “lado B” del que se habla menos y tiene que ver con el propio ecosistema del jardín. Cuando aportamos alimento extra de forma constante, también movemos nutrientes de un sitio a otro, y eso no siempre es neutro. Semillas, mezclas y pellets son ricos en fósforo, y una parte acaba en el suelo y en el agua cercana en forma de restos y excrementos.
Un trabajo publicado en 2024, con el Reino Unido como caso de estudio, estimó que el suministro de fósforo asociado a la alimentación suplementaria de aves alcanza alrededor de 2,4 gigagramos al año. En su divulgación, la Universidad del Norte de Arizona advertía de que esa “entrada” de nutrientes puede ser comparable a otras fuentes humanas que ya consideramos contaminantes. Si se mantiene durante años, puede alterar la fertilidad del terreno y favorecer unas especies vegetales frente a otras.
Limpieza que salva aves
La higiene es la pieza que separa un comedero “bonito” de un comedero seguro. La RSPB recomienda limpiar comederos y bebederos al menos una vez por semana, moverlos de sitio y retirar restos que se acumulan debajo. También insiste en evitar superficies planas, porque la comida contaminada se queda ahí y otros pájaros la picotean después.
En su guía de limpieza, la organización propone desmontar el comedero, frotar con agua caliente y jabón y desinfectar con un producto apto para animales o con una solución suave de lejía al 5 por ciento. Luego toca aclarar bien y dejar secar por completo antes de volver a rellenar, incluso tirar la comida sobrante a la basura y no al compost. SEO BirdLife coincide en la lógica y detalla una pauta similar con lejía diluida (una parte de lejía por nueve de agua), aclarado a conciencia y secado completo.
¿Y si ves un ave enferma? La recomendación de la RSPB es parar la alimentación durante al menos tres semanas y vaciar los baños de aves, retomando solo cuando ya no se observen síntomas. Puede dar pena, pero cortar el “punto de encuentro” es una de las pocas medidas que realmente frenan un brote en un espacio pequeño.
Plantas que dan comida
La alternativa más sostenible no suele venir en una bolsa de semillas, sino en forma de jardín vivo. Plantar especies que den flores, refugio y semillas a lo largo del año ayuda a que las aves no dependan de un único punto de comida. Además, atrae insectos, que son la base del menú de muchos polluelos en primavera y verano.
La propia RSPB anima a apostar por plantas “amigas de las aves” como girasoles, cardenchas y hiedra, y a dejar rincones menos “perfectos” donde el ciclo natural haga su trabajo. Un seto sin podar a destiempo, un parche de hierba que crece a su aire o menos pesticidas pueden aportar más que un comedero lleno en pleno agosto. En el fondo, se trata de que el jardín sea despensa, no cafetería.
La guía oficial con el nuevo calendario de alimentación estacional y las recomendaciones de higiene se ha publicado en la web de la RSPB.












