Un iceberg de casi 14 kilómetros quedó encallado al norte de la isla Coulman, en el mar de Ross, justo cuando los pingüinos emperador empezaban a criar a sus polluelos. En dos reconocimientos aéreos de noviembre y diciembre de 2025, los investigadores contabilizaron 6.658 crías vivas, un 69 % menos que en 2024 y que la media registrada desde 2017.
Lo llamativo es que el hielo marino fijo, la plataforma helada de cría, parecía estable. La forma y posición del iceberg alargaron la ruta mínima hacia el agua abierta de 9,3 a 14,9 kilómetros. Aun así, el estudio no demuestra que la barrera causara por sí sola todo el descenso.
Un muro de hielo en el peor momento
El bloque se desprendió de la plataforma de hielo Nansen en marzo de 2025 y avanzó hacia el norte. El 28 de julio quedó inmovilizado entre tres y cinco kilómetros de la colonia, justo cuando nacían las crías y comenzaba su alimentación regular.
Medía unos 13,9 kilómetros de largo y cuatro de ancho. Su cara orientada al océano tenía pendientes suaves, pero el lado que miraba a la colonia terminaba en una pared de más de 20 metros, como una rampa que conduce de repente a un muro.
No cerró todos los caminos. Persistió un paso de alrededor de un kilómetro en el extremo oriental, aunque localizarlo obligaba probablemente a bordear el iceberg. Los equipos observaron adultos concentrados junto a la pared durante largos periodos.
Más distancia para llevar comida
Los pingüinos emperador crían sobre hielo fijo y dependen del agua abierta para conseguir alimento. Tras la puesta, el macho incuba el huevo mientras la hembra se alimenta en el mar y regresa cerca del nacimiento, por lo que cualquier retraso puede romper un relevo muy ajustado.
El cálculo por satélite situó la distancia mínima hasta el agua en 14,9 kilómetros en 2025, frente a 9,3 un año antes. El recorrido real pudo ser mayor porque los animales tenían que localizar el paso disponible y evitar la cara escarpada.
Los polluelos recién nacidos solo resisten un tiempo limitado con la secreción alimenticia producida por el macho. Menos visitas implican menos comida, pero los autores no observaron directamente cada muerte ni pueden atribuir toda la caída al hambre. Sí encontraron cadáveres de crías y señales compatibles con una mortalidad elevada al principio de la crianza.
Cómo se contó la caída del 69 %
Jinku Park y Jeong-Hoon Kim, del Instituto Coreano de Investigación Polar, encabezaron el trabajo junto a investigadores de la Universidad Nacional de Seúl y la Universidad Nacional de Incheon. El grupo sobrevoló la colonia en noviembre y diciembre de 2025 y tomó imágenes desde unos 600 metros de altura.
Cuatro observadores contaron las aves de forma independiente. El primer reconocimiento localizó 6.081 polluelos y el segundo añadió pequeños grupos periféricos hasta alcanzar 6.658, frente a 21.242 en 2024 y una media de 21.202 entre 2017 y 2024. Fue el recuento más bajo de la serie iniciada en 1983.
El equipo combinó esos censos con datos de varios satélites y 1.071 fotografías aéreas para reconstruir el iceberg en tres dimensiones. Los datos del Instituto Coreano de Investigación Polar reúnen los recuentos anuales y las medidas de altura y forma utilizadas en el estudio.
Un peligro distinto a la pérdida de hielo marino
La amenaza más conocida para el pingüino emperador es que el hielo se rompa antes de que las crías desarrollen plumaje impermeable. Una investigación de 2023 documentó el fracaso reproductor total en cuatro de cinco colonias del mar de Bellingshausen tras una pérdida prematura del hielo marino.
En Coulman ocurrió algo diferente. El lugar de cría y el alimento seguían existiendo, pero una barrera temporal redujo la conexión entre ambos. Los autores llaman a este proceso accesibilidad restringida, una especie de carretera cortada cuando cada viaje cuenta.
Eso no convierte a todos los icebergs en una amenaza climática ni permite atribuir este episodio al calentamiento global. El desprendimiento y la deriva de grandes bloques también son procesos naturales, y el trabajo presenta el caso como una perturbación local e impredecible.
Qué falta por comprobar
El estudio abarca una sola temporada y es observacional. La coincidencia temporal, la forma del iceberg, el alargamiento de la ruta y la presencia de adultos detenidos ofrecen una explicación plausible, pero no una prueba definitiva.
Tampoco ofrece medidas directas del tiempo de viaje de los padres, la frecuencia de alimentación o la disponibilidad de presas. Los 37 polluelos supervivientes medidos en diciembre no presentaban peor masa corporal ni aletas más cortas que los de cabo Washington, lo que sugiere que quienes superaron la fase temprana recibieron alimento suficiente.
El seguimiento futuro deberá unir satélites, vuelos y observaciones de campo para saber si otros icebergs provocan patrones parecidos. La lección es sencilla. No basta con mirar cuánta superficie de hielo hay, también importa si los animales pueden atravesarla a tiempo.
El estudio oficial se ha publicado en Communications Earth & Environment.



