En Galápagos, algunas cabras fueron capturadas, esterilizadas y devueltas al campo con un radiotransmisor. Su tarea era localizar a otras cabras. La estrategia cerró una operación que retiró más de 140.000 animales de más de 500.000 hectáreas en Pinta, Santiago y el norte de Isabela.
El Proyecto Isabela, desarrollado por el Parque Nacional Galápagos y la Fundación Charles Darwin entre 1997 y 2006, combinó cazadores, perros entrenados, helicópteros y seguimiento por radio. Después, la vegetación rebrotó y el rascón de Galápagos se hizo mucho más frecuente en Santiago. Pero las islas no volvieron exactamente a su pasado.
Una invasión creada por personas
Las cabras no llegaron por sus propios medios. En Isabela fueron introducidas por balleneros y otros marineros, y en la década de 1970 cruzaron un istmo de lava hacia el norte. Al empezar el proyecto, se calculaba que había unas 100.000 solo en esa zona.
Una especie invasora no es un animal “malo”. Es una especie trasladada por personas que se multiplica fuera de su entorno y altera un ecosistema que no estaba preparado para ella. Las cabras devoraron plantas, favorecieron la erosión y compitieron con las tortugas gigantes por alimento, sombra y agua.
La historia popular suele culpar a los piratas. Sin embargo, una revisión de la Fundación Charles Darwin señaló que esa versión carecía de pruebas y documentó que cuatro cabras del capitán estadounidense David Porter escaparon en Santiago en 1814. El matiz evita convertir una leyenda en un hecho.
La parte fácil estaba en el aire
El plan se ensayó primero en Pinta y Santiago antes de pasar al norte de Isabela. Los equipos coordinaron mapas, cazadores, perros y vuelos sobre barrancos, vegetación cerrada y campos de lava. La escala era inédita para una erradicación insular, que busca eliminar todos los ejemplares de una isla.
En Isabela, la fase aérea eliminó 55.657 cabras entre abril de 2004 y mayo de 2005. Los cazadores de tierra retiraron otras 2.637, sobre todo donde el helicóptero tenía peor visibilidad. Mientras quedaban rebaños grandes, el sistema funcionaba con rapidez.
El problema llegó con los últimos animales. En Santiago, retirar las últimas 1.000 cabras costó unos dos millones de dólares, mientras que el proyecto completo ascendió a 10,5 millones. Encontrar un ejemplar aislado era mucho más caro que eliminar los primeros miles.
Las cabras Judas encontraron a las últimas
Los conservacionistas aprovecharon un comportamiento básico. Como las cabras son sociales, una cabra liberada busca compañía. Los equipos capturaban ejemplares, los esterilizaban, les colocaban collares de radio y seguían la señal hasta los grupos ocultos.
Esas rastreadoras recibieron el nombre de “cabras Judas”. En Isabela se usaron unas 770 y en Santiago más de 200. Algunas hembras permanecían sexualmente receptivas durante más tiempo para atraer a los machos y fueron apodadas “Mata Hari”.
La última cabra asilvestrada del norte de Isabela fue retirada en diciembre de 2005 y las operaciones terminaron en marzo de 2006. Solo en Isabela se eliminaron 62.818 animales en dos años. En la práctica, la propia especie invasora se convirtió en una red móvil de búsqueda.
La vegetación y las aves respondieron
Al bajar la presión del pastoreo, pequeños árboles brotaron de tocones que parecían perdidos. También aumentaron arbustos de las zonas altas, plántulas de bosque, cactus Opuntia y plantas endémicas que habían sobrevivido en lugares inaccesibles. No ocurrió igual de rápido en todas partes.
El rascón de Galápagos ofreció una medida precisa. Un estudio pasó de 18 aves detectadas en Santiago en 1986 y 1987 a 279 en 2004 y 2005, con un esfuerzo de muestreo parecido. Los autores relacionaron el aumento con la retirada de cabras y cerdos y el regreso de la vegetación densa.
En 2024, Daniel E. Chavez y sus colegas analizaron el ADN completo de 39 rascones de varias islas. Concluyeron que erradicar las cabras fue decisivo para evitar episodios graves de endogamia, el cruce repetido entre animales demasiado emparentados. La recuperación también podía leerse en sus genes.
La naturaleza no vuelve a cero
Retirar las cabras quitó una presión enorme, pero no borró dos siglos de cambios. En Santiago, la mora introducida se expandió en zonas donde antes el pastoreo la frenaba, mientras las ratas negras y otras plantas invasoras siguieron presentes. Resolver un problema dejó otros más visibles.
Un estudio dirigido por Guillaume Bastille-Rousseau analizó la productividad vegetal entre 2001 y 2015. Encontró una mejora tras eliminar las cabras, sobre todo en áreas húmedas, y una relación positiva entre tortugas gigantes y crecimiento vegetal. El clima también influyó, así que no todo el reverdecimiento se debe a una sola medida.
Al final del día, el Proyecto Isabela no pulsó un botón de reinicio. Retiró la presión que mantenía al ecosistema al límite y permitió que plantas, aves y tortugas recuperaran parte de sus funciones naturales.
El estudio principal se ha publicado en PLOS ONE.



