Una ardilla terrestre escondió frutos en una madriguera de Siberia durante la última glaciación y dejó una reserva que acabaría llegando al laboratorio. A partir de sus tejidos, un equipo de la Academia de Ciencias de Rusia consiguió cultivar 36 plantas que florecieron y produjeron semillas. El hallazgo se publicó en PNAS en 2012.
La clave estaba en unas células conservadas durante milenios en el permafrost, el suelo que permanece congelado. Las flores obtenidas mostraron diferencias respecto a las plantas modernas utilizadas en la comparación, aunque la historia tiene un matiz importante. Una investigación genética publicada en 2021 corrigió la identificación inicial de las plantas estudiadas.
Una despensa bajo el hielo
Los frutos procedían de Duvanny Yar, junto al curso inferior del río Kolyma, en el noreste de Siberia. Estaban dentro de una antigua madriguera de ardilla, enterrada a 38 metros de profundidad bajo la superficie actual.
¿Cómo comprobaron su antigüedad? Los investigadores dataron por radiocarbono las semillas contenidas en los frutos y obtuvieron una edad de 31.800 años, con un margen de 300 años. Por eso se habla, de forma redondeada, de unos 32.000 años.
Según el estudio, los sedimentos habían permanecido congelados desde su formación, sin señales de deshielo. La temperatura media anual del suelo medida en la zona era de unos siete grados bajo cero. Ese frío persistente ayudó a conservar tejidos capaces de volver a crecer.
La clave estaba en el tejido
El procedimiento fue bastante más complejo que sembrar una semilla y esperar a que asomara un brote. Los intentos previos con semillas antiguas no habían permitido obtener plantas adultas, así que el equipo buscó otra parte del fruto que mantuviera suficiente capacidad de regeneración.
La encontró en el tejido placentario, la estructura interior a la que se unen las semillas durante su desarrollo. Los científicos extrajeron fragmentos de tres frutos inmaduros intactos y los cultivaron en medios nutritivos de laboratorio. A partir de ellos consiguieron desarrollar brotes y raíces.
Mediante micropropagación, una técnica que permite multiplicar plantas a partir de pequeñas porciones de tejido, obtuvieron doce ejemplares de cada fruto. Después los trasladaron a macetas y controlaron la luz y la temperatura. La floración y la producción de semillas llegaron durante el segundo año de cultivo.
Las flores dieron la sorpresa
El equipo comparó las 36 plantas regeneradas con otras 29 obtenidas de semillas modernas recogidas en la misma región. Durante el crecimiento vegetativo parecían iguales, pero al florecer las antiguas presentaron pétalos más estrechos y menos divididos. Las diferencias se referían a los ejemplares del experimento.

Además, las plantas regeneradas pudieron reproducirse mediante polinización cruzada artificial. Las semillas obtenidas de ellas alcanzaron un 100 % de germinación en las pruebas de laboratorio, y su descendencia completó el ciclo de vida. La primera generación conservó los rasgos observados en sus progenitores.
Pero esas diferencias florales no quedaron fijas para siempre. En una respuesta científica publicada también en 2012, los autores explicaron que, tras varios años de cultivo, los pétalos de ambos grupos habían adquirido formas similares. Ese seguimiento obliga a ser prudentes al interpretar su aspecto como una huella inmutable del pasado.
El ADN corrigió el nombre
El trabajo original identificó las plantas como Silene stenophylla, un nombre que todavía acompaña a muchas noticias sobre el hallazgo. Sin embargo, otros botánicos cuestionaron esa clasificación en 2012 al examinar las características de las hojas, las flores y las semillas.
En 2021, un estudio encabezado por Tatiana Kramina analizó dos marcadores de ADN de un clon antiguo y otro moderno. Los resultados situaron a ambos en el grupo Silene linnaeana y descartaron la identificación inicial como Silene stenophylla. Los marcadores utilizados no permitían precisar la especie dentro de ese grupo.
¿Qué cambia esto para el lector? Que no basta con comparar dos flores para concluir que muestran cómo evolucionó una misma especie durante 32.000 años. La revisión corrige la identidad botánica, mientras que el resultado central del experimento sigue siendo la regeneración de plantas fértiles a partir del tejido conservado.
Un archivo para la biodiversidad
El interés ambiental de esta historia está en lo que permite investigar sobre la conservación de material vegetal. Los autores señalaron que el permafrost puede guardar recursos genéticos antiguos y ofrecer pistas para estudiar cómo sobreviven ciertos tejidos al frío prolongado.
Eso abre posibilidades para la investigación, pero el experimento dependió de frutos bien conservados y de cuidados precisos en el laboratorio. No demuestra que cualquier planta antigua pueda recuperarse con solo descongelarla. La supervivencia de unas células y la obtención de una planta completa son pasos distintos.
La investigación original fue publicada en PNAS en 2012. El estudio posterior que revisó la identificación de las plantas se publicó en 2021 en Wulfenia.
Imagen: Yashina et al. / PNAS (2012)













