En 1982, Israel inició la liberación de asnos salvajes asiáticos en el desierto del Néguev. Más de cuatro décadas después, la población supera los 300 ejemplares y se extiende por buena parte de las regiones áridas del sur del país, un resultado notable para un proyecto nacido con muy pocos fundadores.
El relato que ha circulado atribuye a estos animales hoyos que retienen humedad, estiércol cargado de semillas y pequeños oasis para otras especies. Parte de esa explicación encaja con comportamientos conocidos en los équidos, pero los estudios específicos del Néguev demuestran sobre todo dispersión de semillas y una integración razonable en la flora local, no una reforestación medida a gran escala.
Un regreso que no fue literal
El animal que vivía antiguamente en la zona era el asno salvaje sirio, una subespecie que desapareció a comienzos del siglo XX. En 1968, la reserva Hai-Bar Yotvata formó un núcleo de cría con once ejemplares procedentes de dos linajes distintos, el onagro iraní y el kulan turcomano.
Entre 1982 y 1993, la Autoridad de Naturaleza y Parques de Israel liberó 38 descendientes de aquel grupo. Veintiocho fueron llevados a Ein Saharonim, en Makhtesh Ramon, y otros diez a Wadi Paran, más al sur. La población amplió después su territorio de forma natural y hoy se calcula que reúne más de 300 animales.
Qué encontró el estudio de 2026
Un equipo encabezado por Shrutarshi Paul, con investigadores de la Universidad Ben-Gurión del Néguev, analizó heces recogidas en distintas estaciones y lugares. Utilizó metabarcoding de ADN, una técnica que identifica restos vegetales mediante pequeñas huellas genéticas, casi como leer el código de barras de lo que comió cada animal.
Los investigadores detectaron 108 géneros de plantas pertenecientes a 45 familias. La dieta estaba compuesta principalmente por especies leñosas y herbáceas nativas, mientras que las plantas agrícolas o de jardín aparecieron de forma mínima. Tampoco encontraron una preferencia clara por grupos raros o vulnerables.
Las semillas sí viajan
La prueba más directa de una función restauradora llegó antes, en un estudio de 2014 dirigido por Tamar Polak y David Saltz. El trabajo comparó al asno salvaje, el órix de Arabia y la gacela dorcas, y comprobó que cada herbívoro dispersaba un conjunto diferente de plantas. Había poco solapamiento, aunque el gran aumento de germinación observado con semillas de acacia correspondió al órix, no al asno salvaje.
Otro estudio realizado con onagros en Irán obtuvo más de 3.200 plántulas de 63 especies a partir de muestras de heces. Es una señal del potencial de estos équidos para transportar semillas en regiones áridas, pero esas cifras no pueden trasladarse sin más al Néguev, donde cambian la vegetación, el clima y la población estudiada.
Los pozos requieren cautela
En 2021, un estudio publicado en Science mostró que burros y caballos asilvestrados excavaban pozos de hasta dos metros en desiertos de Norteamérica. Esas cavidades aumentaban el agua disponible, atraían vertebrados y podían convertirse en zonas de germinación para árboles de ribera. El resultado es real, pero no se obtuvo con la población reintroducida en Israel.
De hecho, las investigaciones del Néguev describen a los asnos concentrados alrededor de unas pocas fuentes permanentes, varias de ellas artificiales. Los trabajos específicos consultados para esta noticia no midieron si sus excavaciones crean oasis temporales o retienen humedad en ese desierto. Presentar ese mecanismo como demostrado en Israel mezcla lugares, poblaciones y condiciones distintas.
La vegetación no responde de forma simple
Un seguimiento publicado en 1999 comparó parcelas abiertas con otras valladas para excluir a los asnos salvajes en Makhtesh Ramon. No encontró cambios significativos atribuibles a ellos en la cobertura vegetal, la riqueza de especies, la diversidad o la estructura general de la comunidad. Fue un estudio limitado a una zona y a un periodo concreto, pero obliga a rebajar la idea de una reforestación visible.
En un desierto, restaurar no significa necesariamente llenar el paisaje de árboles. Puede consistir en recuperar movimientos, consumo de plantas, transporte de semillas y relaciones que desaparecieron cuando faltaban grandes herbívoros. Al final del día, el asno puede ayudar al ecosistema sin convertir el Néguev en un lugar más verde a simple vista.
Un éxito todavía en vigilancia
La reintroducción se considera exitosa porque la población creció y amplió su área, pero el trabajo de conservación continúa. Un estudio genético de 2026 detectó una estructura fina alrededor de los puntos de agua y observó que solo entre el 24 y el 37 por ciento de los machos eran dominantes, un patrón que podría reducir la diversidad genética efectiva si se mantiene durante muchas generaciones.
La conclusión más sólida es menos espectacular y, a la vez, más interesante. El asno salvaje asiático ha recuperado una función propia en el Néguev, dispersa semillas, consume sobre todo flora nativa y no muestra por ahora una presión detectable sobre plantas sensibles.
El estudio principal se ha publicado en Global Ecology and Conservation.



