Un equipo de la Universidad de Emory y el Instituto Tecnológico de Georgia instaló una caja con cámara, pantalla táctil y dispensador de comida en la Reserva Forestal de Taboga, en Guanacaste. Durante una prueba de dos semanas con dos grupos acostumbrados a la presencia de investigadores, 16 capuchinos cariblancos salvajes se acercaron por voluntad propia, 10 lograron activar la recompensa y 8 mantuvieron una asociación clara entre tocar la pantalla y recibir plátano.
Algunos usaron las manos y otros exploraron el aparato con los labios hasta acabar “besando” la pantalla para conseguir una rodaja. ¿Qué tiene de especial? La verdadera novedad no es la anécdota, sino llevar pruebas cognitivas automatizadas al hábitat natural de los animales.
Un laboratorio dentro del bosque
CapuchinAI reúne una cámara web, una pantalla táctil, un pequeño ordenador Raspberry Pi y un motor que libera rodajas secas de plátano. En la prueba inicial, la pantalla mostraba un cuadrado azul y cualquier toque activaba el dispensador, mientras una batería ligera permitía trabajar durante unas ocho horas.
La inteligencia artificial está sobre todo en la visión de la cámara, un programa que busca rasgos en las imágenes, no en una pantalla que “piense” o converse con los monos. Un primer modelo entrenado con imágenes de seis capuchinos alcanzó más del 97 por ciento de acierto al distinguirlos, pero la versión desplegada en el piloto se simplificó para reconocer a cualquier capuchino y grabar nuevos vídeos con los que ampliar el sistema.
El trabajo fue encabezado por Federico Sánchez Vargas, doctorando en antropología de Emory, y Marcela Benítez, profesora de la misma universidad. También participaron Jacob Abernethy y Sai Rakshith Potluri desde Georgia Tech, dentro de un proyecto de campo desarrollado con Capuchinos de Taboga y la Universidad Técnica Nacional de Costa Rica.
Trompudo rompe el hielo
Durante los dos primeros días no apareció ningún mono. Al tercero llegó Trompudo, un macho grande que golpeó la caja, tocó la pantalla y recibió una rodaja de plátano, antes de repetir la acción casi de inmediato.
“Fue increíble ver a un individuo aprender algo tan rápido”, explicó Sánchez Vargas. Después se acercaron más animales y cada uno probó su propia estrategia, desde tocar con la mano hasta apoyar los labios, aunque observar a otros antes de participar no demuestra por sí solo que hubiera aprendizaje social.
Por qué importa el entorno natural
“El cerebro de los primates no evolucionó en un laboratorio”, señaló Benítez. Los laboratorios permiten repetir una prueba con mucho control, pero dejan fuera parte del ruido real de la vida salvaje, como la competencia, las relaciones dentro del grupo, el acceso desigual a la comida o las diferencias acumuladas durante años.
La idea de llevar pantallas táctiles al campo no parte de cero. Un estudio de 2023 con monos verdes salvajes comprobó que podían resolver una tarea sencilla en una pantalla portátil, y CapuchinAI añade ahora reconocimiento automático, grabación de vídeo y entrega de recompensas dentro de un mismo circuito.
Las pruebas que vendrán
El equipo prepara tareas sobre aprendizaje, control de impulsos, flexibilidad cognitiva, la capacidad de cambiar de estrategia cuando una regla deja de funcionar, y memoria a corto y largo plazo. Cuando el sistema reconozca a un individuo entrenado, podrá mostrarle la prueba que corresponda a su nivel, mientras que un mono desconocido recibirá primero el ejercicio básico de tocar para obtener comida.
El programa también limita cuántas recompensas puede recibir cada participante durante una sesión. En la práctica, eso busca impedir que un capuchino dominante monopolice el aparato y deja más oportunidades a individuos cautos o de menor rango. El artículo incluye además el código y los planos básicos para que otros grupos adapten el sistema a nuevas especies o lugares.
Lo que aún debe demostrarse
Los resultados son una prueba de concepto, es decir, un ensayo inicial para comprobar que la idea funciona, no una demostración de que los capuchinos entiendan la inteligencia artificial ni de que hayan aprendido tareas complejas. El piloto midió sobre todo si se acercaban voluntariamente y si podían relacionar un toque con una recompensa, por lo que el llamado “beso” es una forma eficaz de pulsar, no una muestra de afecto hacia la máquina.
También queda por ampliar el reconocimiento individual, comprobar la fiabilidad durante periodos largos y estudiar cómo influyen el entorno, las experiencias y las relaciones dentro del grupo. Los investigadores insisten en que la plataforma no sustituye a quienes observan a los animales en el bosque, porque esos historiales de vida son precisamente los que permitirán interpretar las diferencias que detecte el sistema.
El estudio se ha publicado en American Journal of Primatology.



