En caso de daños, si no hay culpables ante la ley, no habrá responsables ante la ciudadanía
Los polemistas escolásticos recorrían a menudo a la figura del vir rudis. El vir rudis (hombre rudo) era un personaje ideal -virtual, decimos hoy‑ falto de formación filosófica y conocimientos académicos. Pero no de sentido común. Al contrario: en ocasiones superaba a los doctores por elevación. Libre de sofisticadas ideas preconcebidas, veía de inmediato si el rey iba desnudo. Y no dejaba de proclamarlo.
Los viri rudes actuales están perplejos ante la sentencia del caso «Prestige». Juristas, instructores y magistrados varios han considerado folios y folios de declaraciones, alegaciones y disposiciones legales hasta llegar a la colosal conclusión, once años después de la tragedia, que nadie ha sido responsable de nada. Culpable de nada, apostillarán con superior displicencia estos escolásticos del derecho. Responsables de nada, insistirá con indignación el vir rudis sensato. Porque, si no hay culpables ante la ley, no habrá responsables ante la ciudadanía.
La tarea de los jueces no es aplicar la ley, sino hacer que prevalga la justicia. El vir rudis lo presiente intuitivamente. ¿Cómo puede ser que un rosario de decisiones obviamente desacertadas generen daños por valor de 4.000 millones de euros (seguramente muchos más) sin que nadie sea responsable de nada? Menudo disparate, cualquiera lo ve. Salvo algunos inexplicables magistrados parapetados tras sus legalismos. Penoso.
Yo no esgrimiría jamás una sandalia en el Parlamento. Pero, ante según quien, me muero de ganas de hacerlo. Lo merecen más de cuatro. Prestige, Aznalcóllar, preferentes, financiaciones irregulares… El sistema financiero pierde dinero y se obliga a los expoliados a reflotarlo. Los delincuentes, absueltos, riñen a la gente honrada. Un verdadero estado de derecho es otra cosa. Por eso cada vez somos más los que queremos uno nuevo.
*Artículo publicado en El Periódico de Catalunya



















