En Doñana se han encontrado los restos de una cigüeña blanca con un «detalle» difícil de olvidar. En su interior aparecía un cúmulo de más de 150 gomillas, gomas pequeñas de embalaje que, en el campo, pueden parecer otra cosa.
La escena no se queda en una anécdota triste, porque ya hay estudios que miden cuánta basura entra en humedales cuando las aves se alimentan en vertederos y luego se mueven a marismas y lagunas. En otras palabras, parte de nuestro plástico no se queda donde lo tiramos, viaja. Y llega a lugares que deberían estar protegidos.
Una muerte que deja rastro
La Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) lo resumió sin rodeos. «Más de 150 gomillas había ingerido esta cigüeña antes de morir», explican, y apuntan a que pudo confundirlas con gusanos.
Lo más inquietante es lo que ocurre después. Cuando un ave regurgita o muere, el residuo no desaparece, queda en el suelo de la marisma o en la orilla de una laguna. Es un goteo silencioso, pero constante, y eso se nota.
Basura que se mueve sola
Los vertederos a cielo abierto funcionan como un buffet para especies oportunistas. Cigüeñas y gaviotas encuentran comida fácil, pero también envases, plásticos «film» y gomas que se mezclan con los restos orgánicos y acaban dentro del animal.
Luego llega el viaje, y una cigüeña puede alimentarse en un vertedero y, horas después, estar en un humedal. ¿Qué significa eso en la práctica? Que parte de la contaminación entra por la puerta de atrás, sin que nadie la lleve «a mano».
Los científicos llaman a este proceso biovectorización (contaminación que se transporta con seres vivos). No es ciencia ficción, es comportamiento animal encajando con nuestro modelo de usar y tirar.
Fuente de Piedra y el plástico en invierno
En la laguna de Fuente de Piedra (Málaga) se ha puesto número a un problema que mucha gente intuye, pero no siempre ve. Un estudio del CSIC estimó que, de media, las gaviotas pueden llevar hasta unos 400 kilos de plástico cada invierno, con un pico que llegó a unos 800 kilos en la temporada 2019-2020.
Los datos salen de analizar egagrópilas, que son las regurgitaciones que dejan las aves mezcladas con restos de comida. En ese trabajo, el 86% de las egagrópilas contenía plástico, y el equipo calculó que el transporte podría equivaler a unos 16 millones de partículas por invierno, muchas de ellas microplásticos.
La Bahía de Cádiz como termómetro
Otra investigación de la EBD-CSIC se centró en la Bahía de Cádiz y comparó tres especies que visitan vertederos cercanos y luego usan humedales. Con datos de 2022, el equipo estimó que la gaviota sombría podría trasladar alrededor de 285 kg al año, seguida por la gaviota patiamarilla con 160 kg y la cigüeña blanca con 86 kg.
Aquí hay un matiz importante. La cigüeña transporta más plástico por individuo, pero a escala de población la gaviota sombría pesa más por su abundancia en esa zona. A veces el problema no es solo lo que hace uno, sino cuántos lo hacen.
En esa misma línea, un trabajo previo en la Bahía de Cádiz calculó que las cigüeñas blancas podían biovectorizar unos 99 kg de plásticos y más de dos millones de partículas en 2022 desde un vertedero hacia un complejo de salinas y marismas. Es una entrada directa a ecosistemas acuáticos, no basura que se queda «quieta» en un punto.
Medir sin suponer
Estas cifras no salen de mirar una foto y hacer una regla de tres rápida. En el estudio comparativo de Cádiz, los investigadores combinaron seguimiento por GPS, censos en vertederos, análisis de egagrópilas y una técnica de laboratorio llamada FTIR, que sirve para identificar el tipo de polímero.
Ese enfoque también permitió ver diferencias en el tipo de residuo. Las cigüeñas transportaban sobre todo fragmentos duros pequeños y gomas de silicona que podrían confundir con gusanos, mientras que las gaviotas tendían a llevar piezas más grandes y más plásticos tipo envoltorio.
La conclusión de Julián Cano, primer autor del estudio, va al grano. «Prevenir que las aves visiten vertederos no es fácil», y lo liga a «nuestro modelo de consumo desechable y una mala gestión de residuos».
Del residuo al microplástico
Cuando hablamos de bolsas o gomillas es fácil pensar solo en el trozo que vemos. Pero el plástico se fragmenta con el sol, el agua y el tiempo, y puede terminar en tamaños que ya no se distinguen a simple vista. Ahí entran los microplásticos.
Además, los plásticos no son químicamente neutros. Un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente señala que se han identificado más de 13.000 sustancias químicas asociadas a los plásticos y su producción, y parte de ellas puede migrar o liberarse.
Sobre la exposición humana conviene ir con cuidado. WWF difundió la idea de la «tarjeta de crédito» por semana, pero revisiones posteriores avisan de que depende de supuestos y puede estar sobrestimado.
Qué puede cambiar a partir de aquí
El caso de la cigüeña pone el foco donde suele doler. No basta con limpiar una playa o recoger basura en una ruta si el vertedero cercano sigue ofreciendo plásticos al viento y a las aves. La prevención empieza mucho antes.
A nivel público, la clave está en reducir el acceso de fauna a los residuos y mejorar la separación. Cubrir o controlar mejor los vertederos, evitar plásticos ligeros sueltos y reforzar la recogida selectiva corta la cadena. Y en casa también hay margen, atar bien la bolsa de basura, reducir envases de un solo uso y reciclar con criterio ayuda más de lo que parece.
Doñana vive bajo una vigilancia internacional por el deterioro de sus valores naturales. La Unesco ha pedido medidas y seguimiento para evitar que el espacio acabe en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro, y cualquier estrés añadido, incluido el de la contaminación, cuenta. En paralelo, proyectos como IsoPlastic buscan afinar qué especies mueven qué plásticos y hacia dónde.
El estudio más reciente sobre este transporte de plásticos se ha publicado en la revista Environmental Research.













