Reciclaje y residuos

Las tortugas verdes excavan nidos de hasta 10 centímetros de profundidad en una isla remota del Atlántico, y sin saberlo están enterrando plástico que podría durar millones de años

Las tortugas verdes entierran sin saberlo rocas de plástico en sus nidos de una isla remota del Atlántico, según un estudio.

Las tortugas verdes excavan nidos de hasta 10 centímetros de profundidad en una isla remota del Atlántico, y sin saberlo están enterrando plástico que podría durar millones de años

En la isla brasileña de Trindade, a unos 1100 kilómetros de la costa de Espírito Santo, los investigadores han encontrado fragmentos de «rocas de plástico» dentro de las depresiones donde anidan las tortugas verdes (Chelonia mydas). Algunos estaban enterrados a unos 10 centímetros, protegidos en buena parte del oleaje y del viento.

El hallazgo no es una fotografía aislada. Tras cinco años de seguimiento, una formación que ocupaba 12 metros cuadrados en 2019 había perdido cerca del 45 % de su superficie en 2024 y sus fragmentos ya aparecían en seis playas. La conclusión es inquietante porque los nidos pueden actuar como trampas sedimentarias y ayudar a fijar contaminación humana en el registro geológico.

Una isla aislada, pero no a salvo

Trindade es una formación volcánica protegida y sin población civil permanente. Solo permanece allí una dotación rotatoria de entre 30 y 40 miembros de la Marina brasileña, además de las visitas científicas. Es el tipo de lugar que cualquiera imaginaría lejos de una contaminación tan visible.

¿Cómo ha llegado entonces ese plástico? Los análisis apuntan sobre todo a cuerdas de polietileno de alta densidad (PEAD) y a colorantes con cobre, responsables del tono verdoso de varias muestras. Todo encaja con residuos de actividades marítimas, como la pesca y la navegación, capaces de recorrer grandes distancias empujados por las corrientes.

Qué son estas rocas de plástico

No son rocas en el sentido clásico, pero tampoco simples bolsas o cabos abandonados sobre la arena. Son materiales en los que el plástico se ha fundido, endurecido o unido a sedimentos naturales y restos orgánicos hasta adquirir una apariencia rocosa.

Un trabajo anterior del mismo equipo distinguió plastiglomerados, plastistones y piroplásticos. Algunos contienen arena, conchas o pequeñas piedras cementadas por polímeros. Otros están formados casi por completo por plástico y pueden confundirse a primera vista con una roca volcánica de color verde.

Cinco años de erosión

La formación estudiada ocupaba unos 12 metros cuadrados en 2019. Para 2024 había perdido alrededor del 45 % de esa superficie, una señal clara de que el mar la estaba desgastando y repartiendo sus fragmentos por la isla.

En la franja donde el mar deposita restos, los investigadores calcularon medias cercanas a 24 fragmentos medianos y 22 microfragmentos por metro cuadrado. Los más redondeados mostraban una mayor acción de las olas, mientras que las piezas más angulosas aparecían asociadas a zonas de enterramiento y menor movimiento. Y ahí entra en juego el nido.

Los nidos se convierten en trampas

Cuando una tortuga excava, deja una depresión capaz de concentrar materiales que ya estaban dispersos por la playa. El estudio encontró hasta 1,3 fragmentos por metro cuadrado en estas zonas y piezas enterradas a unos 10 centímetros. Bajo la arena, quedan menos expuestas a la erosión inmediata.

Fernanda Avelar Santos, primera autora del trabajo, considera que este enterramiento puede favorecer una conservación muy prolongada. «Este es un potencial punto de acumulación para los próximos millones de años», explica. La frase da vértigo.

Esto no significa que las tortugas sean responsables de la contaminación, sino justo al revés. Un comportamiento ancestral está interactuando con residuos modernos que nunca deberían haber llegado hasta allí. No es poca cosa.

Qué riesgo existe para las tortugas

El trabajo se centró en la formación, el transporte, la degradación y el enterramiento de estos materiales. No presenta datos sobre la temperatura de los nidos, el desarrollo de los embriones o el éxito de eclosión. Por eso, afirmar que el plástico ya ha causado la muerte de huevos o crías sería ir más allá de los datos disponibles.

Pero la advertencia sigue siendo seria. A medida que estas formaciones se rompen, pueden liberar piezas cada vez menores y dejarlas al alcance de tortugas, peces, aves y cangrejos. La investigadora considera probable que parte de ese material esté siendo ingerido, aunque este trabajo no midió directamente la ingestión.

Una huella que entra en la geología

El plástico está siguiendo un recorrido que recuerda al de cualquier sedimento, ya que se fragmenta, viaja, se deposita y queda enterrado. La diferencia es evidente. Este material no procede de un proceso natural, sino de productos fabricados y perdidos por la actividad humana.

Por eso el hallazgo se relaciona con el Antropoceno, el término usado para describir la profunda influencia humana sobre el planeta. No es una época geológica reconocida oficialmente, pero los plásticos y otros materiales artificiales se estudian como posibles «tecnofósiles» capaces de dejar una señal duradera en los estratos.

Conviene, eso sí, no llamar fósil a cualquier fragmento recién enterrado. Para formar parte del registro geológico tendría que conservarse durante largos periodos y sobrevivir a la degradación y a nuevos episodios de erosión. El estudio identifica esa posibilidad, no un destino asegurado.

Qué tendría que cambiar

Los investigadores piden mejorar la gestión de los residuos plásticos, con especial atención a cuerdas, redes y otros aparejos marítimos. También proponen limpiezas coordinadas y prioritarias en las playas donde la fauna se reproduce y está directamente expuesta a la contaminación.

Retirar lo que ya está en la arena ayuda, pero llega tarde. La medida más eficaz sigue siendo evitar que esos materiales se pierdan o abandonen en el mar, reforzar su recogida y actuar antes de que las corrientes los dispersen. Una cuerda que no entra en el océano nunca acaba convertida en una falsa roca.

Trindade deja una imagen difícil de olvidar. En uno de los lugares más aislados del Atlántico, el plástico ya se erosiona como una piedra, se mueve como arena y termina bajo un nido de tortuga. 

El estudio científico ha sido publicado en Marine Pollution Bulletin.

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