Entrevistas a Joan Martinez Alier, Economista

Publicado el: 16 de diciembre de 2011 a las 15:55
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Entrevistas a Joan Martinez Alier

Con un reconocido prestigio y una dilatada carrera como investigador y profesor en instituciones como el St. Antony’s College de Oxford, la Universidad Libre de Berlin, la Stanford University o la Yale University, Joan Martínez Alier es actualmente catedrático de Economía e Historia Económica de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su profundo conocimiento de la teoría económica y su historia le ha servido para ser uno de los más agudos críticos en este campo. Es miembro fundador de la Sociedad Internacional de Economía Ecológica y de la Asociación Europea de Economía Ambiental. Desde estas plataformas y de forma individual el profesor Martinez Alier defiende incansable un nuevo modelo económico que haga de nuestra sociedad una estructura más justa con todos sus miembros y con el planeta. No le faltan argumentos para desbaratar la imagen que se nos vende de nuestra casi sagrada economía de mercado. En esta entrevista Joan nos quita la venda de los ojos, pero desde un enfoque creativo, proponiendo soluciones y herramientas de cambio. Una lectura obligada en estos días que corren.

¿Cómo es posible que la economía se base en el precepto del crecimiento ilimitado cuando los insumos están claramente limitados? ¿Cómo puede estar tan separado el sistema económico de la realidad física?



Pues porque los economistas han prescindido de la contabilidad material y energética. Los economistas no cuentan las calorías que se necesitan; no cuentan tampoco, en términos físicos, lo que hace falta de biomasa o de minerales y, desde luego, tampoco contabilizan los daños que se producen al entorno.

Por ejemplo, si se destruye biodiversidad o si se altera el clima, esto no se resta de la contabilidad económica. Por tanto, tenemos por un lado todo lo que los economistas dicen y hacen y la repercusión que esto tiene sobre la realidad política, y, por otro, la propuesta de otro tipo de contabilidad que es la que habría que hacer y que los Estados todavía no hacen, que sería una contabilidad ecológica. Y lo cierto es que existe una contradicción entre ambos tipos de contabilidad. Así pues, el tema es político: ¿qué es más importante, un crecimiento ecológicamente falso como se mide en la economía crematística (la economía del dinero), o la destrucción física que se está produciendo? La discusión es muy antigua. Cuando uso la palabra “crematística”, estoy recordando a Aristóteles, que ya contraponía la “crematística”, que era el arte de estudiar los precios para ganar dinero, a la verdadera oikonomia, que era el estudio del aprovisionamiento material del oikos, de la casa y de la ciudad.



Lo cierto es que en el sistema actual la deuda ecológica crece de forma exponencial. Usted propone que esta deuda deje de aumentar y se salde. ¿Cómo se saldaría? ¿En qué sentido? ¿A quién se pagaría?

Hay dos tipos de deuda. Está la deuda ecológica y está la deuda económica, crematística que es la que sale cada día en la prensa. La primera deuda pasa inadvertida. Es una deuda que viene precisamente de todos los daños que se están haciendo incluyendo el cambio climático. Hay grandes pasivos ambientales. Sería interesante introducir el tema de la deuda ecológica en la política. En las reuniones que sobre el cambio climático, como la de Copenhague en el 2009 o la de Cancún, el año pasado, o la que habrá en Durban en diciembre, siempre hay jefes de gobierno de países del sur, por ejemplo, de las islas del Pacífico, que dicen: «El mar va a subir, nos tendremos que ir y por tanto, somos acreedores de una deuda ecológica». Pero no les hacen caso. Los pasivos ambientales, las deudas ecológicas, no entra en la contabilidad. Los economistas lo llaman “externalidades”, que es una palabra en sí misma bien descriptiva: algo que es externo al sistema económico en el sentido de la contabilidad económica aunque esté muy presente en la realidad práctica. Deuda ecológica es lo mismo que pasivo ambiental. Toda empresa tiene un activo y también tiene un pasivo, un pasivo ambiental como Chevron en Ecuador o Shell en Nigeria o Repsol en los territorios mapuches en Argentina. Hay movimientos de justicia ambiental, un “ecologismo de los pobres” como yo lo denomino, que llama la atención sobre estos pasivos ambientales. El caso de Chevron en Ecuador es muy importante.

Una empresa pone en el pasivo lo que debe a los bancos, lo que debe a los accionistas, lo que debe a los proveedores, pero no incluirá los pasivos ambientales hasta que haya una legislación que obligue a hacer otro tipo de contabilidad, teniendo en cuenta esas deudas ecológicas. Este es un debate muy vivo; hay una directriz europea —que se llama así: de pasivos ambientales o responsabilidades ambientales, del año 2004—, pero sólo se aplica en algunos casos extremos. Por ejemplo, en el derrame de barros rojos de bauxita que hubo hace un año en Hungría. Y hay ahora casos dramáticos como el de BP en el Golfo de México en el 2010 o el de Terco, la empresa eléctrica de Japón, en el 2011. Su pasivo ambiental ha aumentado muchísimo después del terrible accidente de Fukushima.

Estos pasivos ambientales los discutimos los economistas ecológicos pero, en la práctica, las empresas, si no son obligadas a pagarlos, no los pagan. Por tanto, si una empresa está sacando petróleo en el Amazonas, en Ecuador o en Perú, y está haciendo desaparecer biodiversidad y población indígena, esto no lo incluye en sus cuentas. El argumento que esgrimen es: «¿Cómo se va a poner precio a un microorganismo endémico que ha desaparecido, que no está ni tan siquiera catalogado?» Desde luego, es una muy mala excusa, pues los daños provocados, aun cuando no se puedan calibrar con exactitud, deberían tener su reflejo en la contabilidad.

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