La aparición gradual del lenguaje fue un proceso clave en el proceso de hominización. La configuración de los procesos de diálogo significó de un lado la reducción de la fuerza de los instintos y el incremento de las dosis de racionalidad. Con el invento de la democracia el diálogo cobra fuerza como herramienta de deliberación y de toma de decisiones a favor del bienestar común. La política como hermana gemela de la democracia aparece como el arte de conjugar los diferentes intereses en la búsqueda del interés común.
De sociedades con autoridades impositivas vemos aparecer sociedades más participativas donde los ciudadanos y las ciudadanas ya no están dispuestos a ser objeto de gobierno sino sujetos activos en la gestión del desarrollo local. Es por eso que de un concepto inicial de gobernanza como ejercicio de poder pasamos a un concepto de gobernabilidad democrática intercultural donde se reconoce la existencia de múltiples actores, con diversos marcos culturales e intereses que requieren definir puentes de entendimiento común a favor del bienestar colectivo.
De ahí la necesidad de armonizar una tradición democrática de derechos individuales con la tradición de derechos colectivos. Por ello surge la necesidad de armonizar los enfoques de derecho occidental con los de la antropología jurídica, los derechos consuetudinarios y el sentido común como referencias para encontrar significados y sentidos compartidos en la convivencia social y la gestión ambiental, motivo de nuestro análisis.
En una perspectiva de gobernabilidad democrática intercultural el reto fundamental es el reconocimiento y respeto de la perspectiva y los derechos de cada actor de manera ponderada, equilibrada de tal manera que las decisiones resultantes estén claramente orientadas hacia el bienestar común. El reto es mayor porque no sólo se trata de acuerdos sociales favorables hacia los actores sino que se mantenga la estructura y las funciones de los ecosistemas.
Es por eso que la gestión territorial tiene que considerar de manera apropiada tanto el sustrato biofísico como los componentes de los procesos socioeconómicos y culturales. La legítima agenda de derechos de los actores no puede dejar de tomar en cuenta una perspectiva de gestión de ecología de paisajes. Una mirada integradora busca lograr un equilibrio entre la energía cultural y los procesos ecológicos a nivel micro, meso y macro.
En tanto las localidades, regiones y países no son entidades aisladas también hay que conjugar una serie de elementos que inciden en los paisajes culturales. Entre estos elementos se señalan: las necesidades energéticas, la infraestructura para la gestión del conocimiento, las condiciones para la explosión de condiciones de creatividad e innovación, entre otros factores. La discusión de una agenda legítima de derechos de los actores no puede desconocer los diferentes factores que modulan nuestra apuesta civilizatoria.
Una propuesta democrática de descentralización ambiental no puede desconocer todos estos elementos que definen los atributos de una sociedad sustentable. Un enfoque sistémico de gestión ambiental tiene que tomar en cuenta todos estos elementos para no quedar atrapados en regionalismos o intereses particulares. La democratización de la gestión ambiental conjuga apropiadamente tanto los derechos como los deberes y las responsabilidades.
En medio de esta complejidad de procesos el diálogo aparece como herramienta fundamental para la profundización de la gobernabilidad democrática intercultural y la gestión ambiental. Está claro que estamos hablando del diálogo en su acepción generativa y transformadora. No estamos hablando de diálogo como respuestas coyunturales y utilitarias para calmar temporalmente la agitación social. Tampoco estamos hablando del diálogo como artilugio para ataviar intereses subalternos. Estamos hablando de los diálogos genuinos donde hay predisposición para escuchar razones y entender sentimientos y cosmovisiones.
Avanzar hacia una ciudadanía ambiental en el marco de una cultura de paz implica hacer del diálogo alturado y respetuoso un medio que favorezca el entendimiento mutuo. El fortalecimiento de la gobernabilidad ambiental conlleva reconocer el sentido de corresponsabilidad en la gestión ambiental. Aunque muchas veces resulta difícil separar los procesos racionales de las motivaciones emocionales el diálogo es una oportunidad para dar cabida y expresividad a todas las manifestaciones humanas y encontrar juntos el sentido de la trascendencia y sustentabilidad. Nuestro reto es cómo avanzamos hacia una cultura de diálogo que permita reconocernos en el otro y generar alternativas y propuestas como un “nosotros” donde el ambiente y la sacralidad formen parte de ese “nosotros”.


















