El cambio climático y sus demoledores efectos está teniendo un impacto significativo en los cultivos de frutas en todo el mundo. Un impacto que se nota tanto en la producción como en la calidad de esas frutas, debido sobre todo a un aumento de las temperaturas que está detrás de ciclos de crecimiento y maduración de las plantas frutales completamente anómalos.
A todo esto hay que sumar los cambios de patrones en las precipitaciones, así como eventos climáticos extremos (sequías e inundaciones) que cada vez son más numerosos y que ponen en riesgo a las plantas, la productividad de las mismas y el futuro de estas cosechas frutales.
Un cambio climático que se ceba con los cultivos de frutas
Las olas de calor cada vez más intensas y frecuentes en verano o que llegan antes de lo previsto en primavera, inviernos sin suficiente frío y tormentas imprevisibles están afectando de manera directa al desarrollo y forma de los frutos, reduciendo la productividad y forzando al sector a adaptarse a nuevas variedades. Y el melocotonero, uno de los cultivos más emblemáticos de las zonas productoras del Valle del Ebro, está en el centro de esta transformación.
En la Estación Experimental de Aula Dei (CSIC), en Zaragoza, el Departamento de Pomología trabaja en varios proyectos para entender y anticipar los efectos del cambio climático en los frutales. Los dirige María Ángeles Moreno (investigadora científica del CSIC), con el apoyo técnico de Lucía Mestre, Rosa Giménez y Francisco Rufas y de los estudiantes de máster Dorra Khechine y Karima Kazem y de prácticas universitarias Lucía Ciudad y Julio San Martín.
«En realidad, estamos trabajando en tres proyectos a la vez», explica. El primero es una red europea de evaluación de 16 variedades de melocotonero en países mediterráneos, como España, Grecia, Italia, Francia y Rumanía. «Se trata de estudiar esas mismas variedades en condiciones ambientales distintas», indica Moreno. El segundo de los proyectos, de ámbito nacional, analiza durante tres años los efectos climáticos del calentamiento global sobre el comportamiento agronómico del melocotonero y la calidad del fruto.
Para ello, se utiliza el Banco de Germoplasma de Melocotonero de la Estación Experimental de Aula Dei, donde se conservan y evalúan más de 150 variedades, muchas de ellas autóctonas y de cultivo tradicional en décadas pasadas. Se ha observado que algunas variedades no fructifican correctamente por la falta de horas frío en invierno.
En otros casos, las deformaciones del fruto (pico o protuberancia de la zona pistilar o huesos abiertos) se deben a episodios inusuales de elevadas temperaturas tras la floración, en los meses de marzo y abril, aunque este año, con una primavera más fresca, los frutos han recuperado una forma más habitual.
Las primeras conclusiones están ayudando a los técnicos a identificar variedades de maduración más temprana, como ‘Carla’, ‘Patty’ o ‘Boreal’, que antes no eran viables en zonas más frías y ahora sí que podrían adaptarse a las nuevas condiciones más cálidas del Bajo Cinca.
También se investigan variedades tardías como ‘Gladys’, y otras más antiguas como ‘Fraga’, ‘Miraflores’ o ‘Tempranillo de Aytona’, que ya tienen o podrían tener un futuro comercial por su singularidad.Un tercer proyecto, concedido recientemente por el CSIC, busca valorar los recursos genéticos españoles en el ámbito de los recursos fitogenéticos, acuáticos, forestales y ganaderos.
El futuro de los cultivos de fruta
Con más de 150 investigadores implicados, entiende esos recursos como «el mejor kit de supervivencia ante plagas emergentes y nuevas enfermedades», resume la investigadora.
Los efectos del clima no se reducen solo a la producción, sino que también influyen en el aspecto y calidad del fruto. Por ello, en el laboratorio se analizan parámetros básicos de calidad del fruto (color, firmeza, contenido de azúcares y acidez), así como compuestos antioxidantes (polifenoles, flavonoides, antocianinas y vitamina C). «La calidad nutricional es un aspecto cada vez más demandado por la sociedad», recuerda Moreno. En este sentido, las condiciones climáticas también pueden influir en la calidad nutricional del producto.
Sin embargo, las condiciones climatológicas extremas provocan problemas cada vez más frecuentes. Este año, por ejemplo, las frecuentes lluvias durante la floración dificultaron la actividad de los polinizadores naturales, como las abejas. «El resultado ha sido un mal cuajado de la flor en muchas variedades y falta de uniformidad en la maduración de los frutos», apunta. En otros años, las olas de calor extremo durante el verano anterior han causado frutos dobles, o incluso triples.
Además, episodios de heladas tardías tras inviernos cada vez más cálidos afectan en mayor medida a los frutos tipo nectarina: esta campaña muchas variedades ni han llegado a producir por las heladas de marzo. Otras tipologías de fruto, como los paraguayos, sufren un mayor rajado o apertura de la zona pistilar, por donde proliferan hongos y plagas como las tijeretas, lo que impide su comercialización. Y lo mismo ocurre con otras frutas de hueso —albaricoque, ciruela o cereza— y también con frutas de pepita, como la manzana y la pera.
Y en este contexto, Moreno reconoce el «mérito» que tienen los agricultores, cultivando en condiciones cada vez más difíciles, que van desde la pérdida de rendimiento hasta problemas de forma y calibre del fruto, que afectan tanto al mercado en fresco como a la industria de transformación.
Las plagas y enfermedades también están cambiando más drásticamente por influencia de los factores extremos asociados al cambio climático y el marco legal limita cada vez más el uso de productos fitosanitarios, lo que deja a los agricultores «en una situación límite, porque no tienen materias activas eficaces para combatir enfermedades fúngicas como la causada por Monilia», explica.
Además, las restricciones ambientales y legislativas en el uso de productos fitosanitarios hacen que muchos tratamientos eficaces ya no estén autorizados, lo que reduce notablemente el margen de maniobra del agricultor. Y aquí aparece uno de los principales retos para la investigación en cultivos frutales.
«En la Estación Experimental de Aula Dei no contamos con investigadores especialistas en control de plagas y enfermedades en frutales», lamenta Moreno, quien reconoce que «sería un gran avance tener aquí un perfil científico capaz de identificar plagas, proponer estrategias de control y seleccionar material vegetal tolerante». Contar con biólogos o ingenieros agrónomos especializados en protección vegetal permitiría no solo avanzar en el control de enfermedades y plagas, sino también mejorar la selección de variedades resistentes.
En resumen, el cambio climático representa una amenaza (como era de esperar) para la estabilidad de los cultivos de frutas, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria y los ingresos de los agricultores. Por todo ello resulta clave implementar y poner en marcha prácticas agrícolas sostenibles, diversificar los cultivos y ayudarse de las nuevas tecnologías para mitigar estos efectos. EFE / ECOticias.com





















