Adelgazar no termina cuando baja el número de la báscula. Para muchas personas, ahí empieza otra batalla, porque el organismo responde con más hambre y un menor gasto de energía. No es solo una cuestión de fuerza de voluntad.
Una revisión científica de 2025 liderada por investigadores de la Universidad de Copenhague explica que el cerebro coordina buena parte de esta defensa del peso. La llamada «memoria» corporal describe cambios persistentes que pueden favorecer el regreso hacia un peso anterior, no un recuerdo consciente ni una cifra exacta grabada en el cerebro.
El cerebro protege sus reservas
La homeostasis energética es el sistema que equilibra lo que comemos, la energía que gastamos y la grasa almacenada. El cerebro recibe señales del intestino y del tejido adiposo, y ajusta el hambre o el consumo energético.
Este mecanismo tuvo sentido durante la evolución humana. Cuando escaseaba la comida, conservar grasa ayudaba a sobrevivir, pero hoy ese mismo freno actúa entre alimentos muy calóricos y rutinas con poco movimiento.
El trabajo está firmado, entre otros, por Valdemar Brimnes Ingemann Johansen y Christoffer Clemmensen, del Centro de Investigación Metabólica Básica de la Fundación Novo Nordisk, en la Universidad de Copenhague. Su equipo estudia cómo el sistema nervioso regula el peso y cómo podrían diseñarse tratamientos más duraderos.
Una memoria sin recuerdos
Hablar de «memoria» no significa que el cerebro archive un número como una contraseña. Se refiere a cambios persistentes en los circuitos del apetito y el uso de energía, una capacidad llamada neuroplasticidad.
Un estudio en ratones publicado en eLife halló que la obesidad atenuaba la respuesta de unas neuronas que favorecen el hambre cuando detectan grasa. Parte de esa alteración persistió tras adelgazar, aunque esto no demuestra que el cerebro humano funcione exactamente igual.
Además, algunos investigadores creen que el cuerpo no defiende un único «peso ideal», sino una franja con límites superiores e inferiores. En la práctica, la reacción puede variar entre personas y la biología no marca un destino inevitable.
El hambre vuelve con fuerza
Tras adelgazar, suele caer la leptina, una hormona producida por la grasa que informa al cerebro sobre las reservas disponibles. A la vez, pueden aumentar la grelina y el hambre, y un estudio observó que varias de estas adaptaciones seguían presentes un año después.
En algunas personas también aparece la termogénesis adaptativa, un nombre técnico para algo sencillo. El organismo puede gastar menos energía de la esperada para su nuevo tamaño, lo que facilita recuperar kilos si vuelve la ingesta anterior.
La nevera no ha cambiado, pero las señales internas sí. Por eso mantener el peso perdido puede exigir más esfuerzo que perderlo al principio. También ayuda a entender por qué dos personas parecidas obtienen resultados distintos.
Qué hacen Wegovy y Mounjaro
Medicamentos como Wegovy y Mounjaro imitan señales hormonales del intestino que llegan al cerebro y reducen el apetito. No borran una memoria, pero pueden bajar el volumen de las señales que empujan a comer.
En STEP 1, 327 participantes que dejaron la semaglutida recuperaron cerca de dos tercios del peso perdido durante el año siguiente. En SURMOUNT-4, 670 adultos continuaron con tirzepatida o pasaron a placebo, y este último grupo recuperó un 14 por ciento, mientras quienes siguieron el tratamiento perdieron otro 5,5 por ciento.
Estos fármacos no funcionan igual para todo el mundo y pueden causar efectos adversos, sobre todo digestivos. La Organización Mundial de la Salud los sitúa dentro de un tratamiento integral y prolongado, junto con alimentación, actividad física y seguimiento sanitario.
El reto es frenar el rebote
La investigación busca terapias que mantengan el efecto tras terminar el tratamiento. Un equipo de la Universidad de Copenhague combinó semaglutida con una versión prolongada de LEAP2, que bloquea el receptor de la grelina, y observó una pérdida de peso sostenida en ratones.
El hallazgo es preclínico. Aún no demuestra eficacia ni seguridad en personas, pero apunta a reducir el hambre sin que el organismo recorte tanto su gasto energético.
Clemmensen resume el problema con una imagen directa. Después de adelgazar, «el cerebro piensa que te estás muriendo de hambre», por lo que se intenta evitar que interprete el descenso como un fallo que debe corregir.
La salud no cabe en un número
La báscula tampoco resume toda la salud. Una revisión de 70 estudios encontró que pérdidas inferiores al 5 por ciento podían mejorar algunos indicadores y el 60 por ciento de los trabajos notificó beneficios, aunque los resultados no fueron uniformes.
Dormir bien, moverse con regularidad y seguir una alimentación equilibrada pueden aportar beneficios aunque el peso cambie poco. Al final del día, el organismo intenta protegerse, no sabotear a la persona.
La OMS define la obesidad como una enfermedad crónica y recurrente en la que influyen la genética, la neurobiología, la conducta y el entorno. Eso desplaza el foco desde la culpa individual hacia tratamientos sostenidos y políticas sobre alimentos, publicidad y espacios para moverse.
La revisión principal se publicó en Cell en 2025.



