Durante décadas hemos repetido una idea cómoda, que para aprender, recordar o decidir hace falta un cerebro y neuronas. ¿Y si no fuera del todo cierto? Un trabajo reciente con la planta Mimosa pudica, la típica que pliega sus hojas cuando la tocas, plantea que esa frontera quizá no sea tan rígida.
Los autores son Peter Vishton y Paige Bartosh, de la Universidad William & Mary, y publicaron el estudio el 28 de diciembre de 2025 en la revista “Cognitive Science”. Sus datos apuntan a que estas plantas ajustan su movimiento según un patrón repetido de luz y oscuridad, como si “llevaran la cuenta” de los eventos de iluminación.
La planta que se esconde
Mimosa pudica también se conoce como “planta tímida”. Sus hojas se cierran al mínimo toque o vibración, y en unos minutos vuelven a abrirse, algo que cualquiera puede comprobar con un dedo curioso.
Además, tiene un movimiento diario que no depende de que la toques. Por la noche suele plegarse y con la luz del día se abre de nuevo, un comportamiento llamado nictinastia (una forma de seguir el ritmo de luz y oscuridad). Ese “reloj” natural es justo lo que hace interesante el experimento.
Un ciclo de luz y oscuridad
El equipo trabajó con las plantas en una tienda de campaña húmeda dentro de una sala sin ventanas, para controlar la iluminación al milímetro. Allí repitieron un ciclo sencillo durante días, dos jornadas con 12 horas de oscuridad y 12 de luz, seguidas de un tercer día con oscuridad continua.
Tras varias repeticiones, las mimosas empezaron a moverse más en las horas previas al amanecer solo cuando “tocaba” luz. En el tercer día, cuando seguía la oscuridad, ese aumento no aparecía, como si la planta distinguiera entre el primer, el segundo y el tercer “capítulo” del patrón. Ese cambio, además, fue gradual y encajó con una curva logarítmica, parecida a la que se ve cuando un animal aprende una secuencia.
La prueba del reloj interno
La gran duda era si la planta solo estaba siguiendo el paso del tiempo. Muchas especies tienen ritmos circadianos de 24 horas, así que el equipo cambió la duración del día para ver si la mimosa “se perdía” o se adaptaba.
Primero pasaron de un ciclo de 24 horas a uno de 20 y vieron que el comportamiento se ajustaba casi de inmediato. Luego variaron la duración de cada ciclo de tres días de forma aleatoria, desde 10 hasta 32 horas, y el patrón se mantenía sobre todo cuando esos “días” estaban entre 12 y 24 horas. Fuera de ese rango, la respuesta se rompía, lo que sugiere un límite de procesamiento y también un límite de memoria.
Contar sin neuronas
En este contexto, “enumerar” no es recitar números. Es distinguir eventos separados y mantener un registro interno, algo así como notar que han pasado dos “episodios de luz” y que el siguiente podría ser distinto. Suena raro, pero es una forma útil de anticipar el entorno sin moverse del sitio.
Vishton lo explicó de forma directa al decir que las plantas pueden “llevar la cuenta del número de eventos en su entorno”. Y remató con una idea incómoda para la biología clásica, que las teorías de memoria y decisión suelen apoyarse en neuronas, pero aquí no las hay. Lo que aparece sería, como mínimo, una conducta parecida a lo cognitivo, no una “mente” vegetal.
Lo que puede cambiar en el mundo real
Esto no se queda solo en una curiosidad de laboratorio. ¿Qué significa para alguien que cuida un huerto o un parque urbano? Las plantas viven en un planeta que cambia deprisa, con más olas de calor, noches más cálidas y patrones de luz alterados por la urbanización, y comprender cómo integran experiencias repetidas ayuda a interpretar por qué algunas especies se adaptan mejor que otras cuando el estrés ambiental se repite.
También toca la sostenibilidad en un sentido práctico. Si sabemos qué señales de luz y oscuridad “aprenden” los cultivos, podríamos afinar el manejo de invernaderos y agricultura interior, donde la iluminación artificial pesa en consumo energético y emisiones de CO2. Y los autores mencionan posibles usos futuros como sensores basados en plantas o incluso sistemas de computación biológica, aunque todavía suene a ciencia en fase muy temprana.
Conviene mantener la cautela. El artículo reconoce que hace falta replicación con controles adicionales para confirmar que realmente se trata de enumeración y no de otra explicación escondida, y eso es parte del proceso científico.
El estudio se ha publicado en Cognitive Science.











