En Acora, en la región peruana de Puno, cinco waru waru recuperados por comunidades aymaras ya han dado su primera cosecha. Las plataformas produjeron papas nativas durante la campaña 2025-2026 para comer, replantar, transformar y vender.
El resultado importa por algo más que su valor histórico. En Acora, situada a más de 3.800 metros de altitud, una helada nocturna o una temporada seca pueden arruinar meses de trabajo, pero estos campos elevados ayudan a gestionar el agua y a suavizar los cambios de temperatura. Es una tecnología sin motores ni cables, pero muy bien adaptada al terreno.
Cinco campos vuelven a producir
La recuperación se desarrolló durante cerca de un año mediante el trabajo de World Monuments Fund Perú, la Asociación Aymara Suma Yapu y las comunidades de Acora. El proyecto oficial confirma la rehabilitación de cinco waru waru en cuatro comunidades, sobre unas diez hectáreas, y su primera cosecha de papas nativas.
A finales de agosto de 2026, representantes de cuatro comunidades llevaron a Lima cerca de cuatro toneladas de esas papas para su venta, intercambio y degustación. La muestra de Barranco reunió además fotografías, vídeos y conversaciones con los agricultores.
Pero el viaje a la capital fue solo la parte más visible. Una porción de la producción quedó en las familias, otra se reservó como semilla y el excedente abrió una pequeña vía de ingresos. Aquí el patrimonio no se contempla detrás de una vitrina, se come y vuelve a sembrarse.
Agua que abriga las patatas
Un waru waru consiste en una franja de cultivo elevada y rodeada por canales. Cuando llueve demasiado, el agua puede salir del terreno plantado y, cuando escasea, los canales conservan humedad cerca de las raíces. Parece sencillo, pero esa geometría cambia las condiciones del cultivo.
Durante el día, el agua acumula parte del calor solar y, junto con la disposición de los canales, modifica el aire frío alrededor de las plantas. Un estudio de campos reconstruidos registró cerca de 1 °C más a 50 centímetros sobre las plataformas durante noches despejadas y con poco viento. Parece poco, pero cerca del punto de congelación puede marcar la diferencia.
La FAO explica que las camas elevadas y los canales permiten producir pese a heladas, inundaciones y sequías frecuentes cerca de los 4.000 metros. ¿Significa eso que las patatas quedan a salvo de cualquier episodio extremo? No, pero el sistema reduce riesgos y gana margen cuando el tiempo se pone difícil, y eso se nota.
Es anterior al Imperio inca
A los waru waru se les llama a menudo tecnología inca, aunque esa etiqueta se queda corta. La misma publicación de la FAO sitúa su aparición en el altiplano peruano hace unos 3.000 años, mucho antes del desarrollo del Imperio inca.
Las investigaciones arqueológicas ubican los primeros campos elevados del Titicaca entre el 1000 y el 800 antes de nuestra era, asociados a las culturas Chiripa y Qaluyu. Después fueron ampliados y adaptados por otras sociedades andinas. No hablamos de una invención repentina, sino de conocimiento acumulado durante generaciones.
Esa precisión también cambia la forma de mirar el proyecto. Acora no está copiando una reliquia inmóvil. Está reactivando una herramienta que evolucionó mediante observación, ensayo y trabajo colectivo, justo lo que hace falta ante un clima cada vez menos previsible.
Semillas para los próximos años
En este primer ciclo se priorizaron las papas nativas. Además del consumo directo y la reserva de semilla, parte de la cosecha se transformó en chuño y tunta, alimentos deshidratados que aprovechan el frío del altiplano y pueden conservarse mucho más tiempo que una patata fresca.
La diversidad también cuenta. MATER y el Centro Internacional de la Papa colaboran en un catálogo de más de 85 variedades cultivadas y de los saberes asociados a ellas. No todas las papas responden igual al frío, la sequía o los suelos, por lo que conservar variedades significa conservar opciones.
En la práctica, cada tubérculo guardado para la siguiente siembra funciona como una pequeña póliza frente a los meses difíciles. Y cada receta de chuño o tunta evita que toda la cosecha dependa de venderse o consumirse de inmediato. No es poca cosa.
Un patrimonio que necesita cuidados
Los campos agrícolas de Acora fueron seleccionados para el World Monuments Watch 2025, un programa de WMF que reunió 25 lugares históricos sometidos a desafíos como el cambio climático, los desastres y el abandono. Su recuperación forma parte de Cultivating Resilience, que utiliza paisajes culturales para reforzar la adaptación climática.
Pero el waru waru no es una receta que pueda copiarse sin más en cualquier lugar. Depende del suelo, del agua, de las semillas y, sobre todo, de personas que sepan cuándo limpiar un canal o reconstruir una plataforma. Como señaló Juan Pablo de la Puente, director ejecutivo de WMF Perú, «registrar y difundir estos saberes es tan importante como recuperar el propio sistema agrícola».
La conclusión es bastante clara. La innovación agrícola de Acora no ha llegado en una caja nueva, sino desde tres milenios de experiencia local.
El comunicado oficial sobre la primera cosecha y la presentación de los resultados ha sido publicado por el World Monuments Fund.












