En One Tree Reef, en la Gran Barrera, la estrella de mar corona de espinas dejó coral vivo en el 72 % de sus comidas y una de cada cuatro heridas con restos rebrotó en 22 semanas

Adrián Villellas
Publicado el 20 de octubre de 2026 a las 12:36
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Estrella de mar corona de espinas sobre corales en un arrecife

Con una cámara submarina Olympus Tough TG-6 y una regla apoyada junto al coral, Shawna Foo y su equipo fotografiaron una a una las manchas de esqueleto blanco que deja la estrella de mar corona de espinas en One Tree Reef, en el sur de la Gran Barrera de Coral. Entre 2022 y 2024 reunieron cientos de esas marcas, cada una con su fecha y su género de coral.

El resultado, publicado en septiembre en la revista Ecology and Evolution, cambia la imagen de este depredador en un arrecife protegido. En 188 de 260 cicatrices de alimentación, el 72 %, la colonia conservó tejido vivo, y en una de cada cuatro cicatrices con restos que siguieron, el coral volvió a crecer sobre la herida en 22 semanas.

Un arrecife protegido con pocas estrellas

Foo es investigadora Horizon Fellow de la Escuela de Ciencias de la Vida y del Medio Ambiente de la Universidad de Sídney y firma el estudio con Matthew Clements, Adi Zweifler, Georgie Eggleton, Hayden Millican y la catedrática Maria Byrne. El trabajo se hizo desde la estación de investigación de One Tree Island, que la universidad gestiona desde 1974.

La isla es un cayo de coral de unas 4 hectáreas situado a unos 100 kilómetros de la costa de Queensland, frente a Gladstone. Su arrecife mide 5,5 kilómetros de largo y hasta 3,5 de ancho, y tiene uno de los niveles de protección más altos de toda la Gran Barrera.

Allí viven estrellas grandes, con un disco central de 37 a 38 centímetros de diámetro de media, pero en poca cantidad. Los recuentos más recientes daban unas 8 por hectárea en Shark Alley y unas 18 en Second Lagoon, los dos puntos de muestreo, con un 40 % y un 44 % de cobertura de coral vivo.

Según la nota de la Universidad de Sídney, en estas zonas las poblaciones sanas de peces mantienen a raya a la estrella y evitan las explosiones demográficas que se han visto en otras partes del arrecife.

Cuatro grandes brotes desde los años sesenta

La estrella corona de espinas (Acanthaster cf. solaris) es nativa de la Gran Barrera y se alimenta de coral. Desde los años sesenta el arrecife ha sufrido cuatro grandes brotes, aproximadamente uno cada 15 años, y la universidad recuerda que la caída de sus depredadores, como los tritones y varios peces de arrecife, lo deja más expuesto.

En esos brotes, las estrellas se agrupan para comer y dejan colonias enteras sin tejido. Según los autores, a medida que avanzan en busca de presas van dejando coral muerto a su paso, y la plaga figura junto a ciclones y el quinto blanqueamiento masivo desde 2016 entre los golpes que ha encajado el arrecife.

Sobre las poblaciones pequeñas y estables hay menos estudios. En ellas, cada estrella se mueve poco, vuelve a su refugio y deja marcas aisladas, así que el equipo pudo atribuir cada cicatriz a un solo animal y seguirla en el tiempo.

Unos 96 centímetros cuadrados de coral por comida

En Shark Alley fotografiaron 271 cicatrices frescas en invierno, verano y primavera. Su superficie iba de 1,44 a 760,29 centímetros cuadrados, con una media de 95,46, y el tamaño no cambió de forma significativa entre estaciones.

«En One Tree Reef, las estrellas corona de espinas parecen consumir una cantidad de coral relativamente constante en cada comida y seguir adelante, en lugar de demoler la colonia de coral entera», explicó Foo en la nota de la universidad. Por eso, añadió, era frecuente que quedaran restos de tejido de coral vivo.

Lo que decide si queda coral vivo es sobre todo el tamaño de la colonia. Las de Pocillopora medían de media 41 centímetros cuadrados y en mayo de 2023 desaparecieron enteras en 14 de 20 casos, mientras que las de Montipora rondaban los 710,6 y conservaron tejido en 21 de 24.

Las colonias pequeñas tenían más probabilidades de ser consumidas por completo, escriben los autores, porque muchas estaban por debajo de la ración típica de la estrella, de unos 96 centímetros cuadrados. Con esas cifras, una Pocillopora media equivale al 43 % de una ración y una Montipora media, a más de siete. Según el modelo del estudio, por cada unidad que aumentaba el logaritmo del área de la colonia, las posibilidades de que quedara un resto se multiplicaban por 2,13, es decir, casi se duplicaban.

También importaba el lugar. En Second Lagoon quedó tejido vivo en el 80 % de las comidas, frente al 62 % en Shark Alley, y en 20 casos sobrevivió un resto aunque la estrella se había comido más del 80 % de la colonia.

71 cicatrices seguidas durante 22 semanas

En noviembre de 2023 el equipo marcó 71 cicatrices, 52 en Shark Alley y 19 en Second Lagoon. Para volver a encontrarlas usaron coordenadas GPS, boyas, cinta de señalización y referencias del propio arrecife, y las fotografiaron de nuevo a la semana, a las 10 semanas y a las 22, según permitía el mar.

Al principio, casi todas se cubrieron de algas filamentosas, una especie de césped de algas pequeñas. A las 10 semanas asomaron las primeras algas coralinas incrustantes, unas algas rojas que fabrican carbonato cálcico y que, según el estudio, favorecen el asentamiento de las larvas de coral.

Cicatrices de alimentación de la estrella corona de espinas recién hechas y semanas después
Arriba, cicatrices recién hechas; abajo, las mismas zonas después, cubiertas de algas filamentosas (A), algas coralinas incrustantes (B), tejido de coral regenerado (C) y una mezcla de tejido y algas (D) (Imagen: Foo et al. / Ecology and Evolution, CC BY 4.0)

De las 71 cicatrices, 46 tenían tejido vivo en los bordes. Las 25 que se quedaron sin nada no mostraron ningún signo de recuperación, y entre las 46 con restos, el 26 % había crecido sobre al menos parte de la herida en la semana 22. Son unas 12 heridas, una de cada seis de las 71 marcadas.

Ese rebrote solo apareció en Isopora, Montipora y Porites. Todas las colonias de Montipora observadas conservaron restos, mientras que ninguna cicatriz de Acropora se regeneró y todas siguieron cubiertas de algas.

Colonia de coral Montipora con una cicatriz de alimentación de la estrella corona de espinas
Colonia de coral Montipora con una cicatriz blanca de alimentación de la estrella corona de espinas (Foto: Dr Shawna Foo / Universidad de Sídney)

Ninguno de los esqueletos se vino abajo durante el seguimiento. Los autores lo comparan con el calor extremo, que en One Tree Reef ha llegado a convertir coral muerto en cascajo en cuestión de meses, y escriben que los daños físicos de la estrella pueden ser menos destructivos para la estructura del arrecife que los del calentamiento del océano.

Menos Acropora, más sitio para los corales lentos

Acropora e Isopora están entre los géneros de coral que crecen más rápido y tienden a ocupar el espacio libre. Si la estrella se los come y no rebrotan, como pasó con Acropora en este estudio, los corales lentos tienen más sitio.

«Al alimentarse de corales de crecimiento rápido como Acropora, las poblaciones de baja densidad de estrellas corona de espinas crean espacio para que persistan especies de coral de crecimiento más lento, lo que ayuda a aumentar la diversidad de corales», dijo Foo.

Maria Byrne, coautora del trabajo, lo encaja en una idea clásica. «Los resultados son coherentes con la hipótesis de la perturbación intermedia, un marco importante en ecología y conservación», afirmó. Esa hipótesis sostiene que una perturbación ocasional y moderada ayuda a mantener la biodiversidad.

Los resultados sugieren, según el estudio, que en una población de baja densidad cada estrella se alimenta probando varias colonias en lugar de comerse colonias enteras. Ese reparto pesa en un momento en que el 44 % de las especies de corales formadores de arrecifes está amenazado.

Qué cambia para los programas de sacrificio

Foo insiste en que el estudio no resta gravedad a los brotes, de los que el coral se recupera con mucha dificultad. «Es importante distinguir entre las poblaciones de estrellas corona de espinas que cumplen su papel natural como depredadoras de coral y los brotes que provocan un declive sostenido del arrecife», dijo.

En la Gran Barrera hay programas de sacrificio de estas estrellas, y la investigadora cree que el trabajo puede orientarlos. «Las implicaciones de nuestro trabajo pueden ayudarnos a decidir cuándo y por qué debe hacerse un sacrificio y cuál es el objetivo ecológico final», señaló.

Una vez suprimido un brote, añadió, el objetivo no tendría por qué ser eliminar del todo a estas estrellas, y el sacrificio debe ir acompañado de una gestión marina sólida que proteja a sus depredadores y mantenga sus poblaciones bajo control.

Cinco meses de seguimiento en un solo arrecife

El seguimiento duró 22 semanas, unos cinco meses, y en la última visita se volvieron a fotografiar 37 de las 71 heridas. Los autores creen que, con más tiempo, probablemente un porcentaje mayor de cicatrices habría mostrado signos de regeneración, y proponen estudios de más de un año y medio.

Tampoco saben por qué Acropora no rebrotó; según ellos, puede deberse al tipo de daño o a que no hubo tiempo suficiente. Las áreas se midieron en fotos de dos dimensiones, y para calcular con precisión el tejido que come cada estrella harían falta modelos en 3D.

Además, todo ocurrió en un arrecife muy protegido y con pocas estrellas, así que las conclusiones no se trasladan a un brote. Una pregunta pendiente es si las estrellas vuelven a las colonias que ya han rebrotado, lo que las convertiría, según el estudio, en auténticas jardineras ecológicas.

Para el equipo, entender estas poblaciones pequeñas y estables es esencial para valorar qué papel cumple la estrella corona de espinas en los arrecifes y qué pasaría si se retirara del ecosistema. Es una línea de trabajo cercana a la de quienes intentan seguir a los corales recién asentados en la Gran Barrera.

El estudio completo se ha publicado en Ecology and Evolution.

El trabajo recibió financiación del Australian Research Council, de la Westpac Scholars Trust y de una beca Horizon de la Universidad de Sídney.

Foto: Dr Shawna Foo / Universidad de Sídney

Adrián Villellas

Adrián Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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