Sandro, un elefante asiático de unos 54 años, llegó el 18 de septiembre de 2026 al Santuario de Elefantes Brasil, en Mato Grosso. Venía del zoo de Sorocaba, en São Paulo, donde vivía desde 1982, tras recorrer unos 1615 kilómetros.
Un mes después, sus cuidadores se centran en algo menos visible que el viaje. Sandro tiene que ganar peso y músculo, y ya muestra señales de artritis en las rodillas.
El traslado lo organizó el santuario con Global Sanctuary for Elephants (GSE), la ONG estadounidense que lo fundó. Llegó tras años de pleitos con el Ayuntamiento de Sorocaba, que quería conservarlo.
De un circo itinerante a un recinto en solitario
Según los registros que recoge el santuario, Sandro fue capturado en Asia en 1971, cuando era una cría. Pasó por el zoo de Cauberg, en los Países Bajos, donde lo entrenó un conocido adiestrador.
Ese mismo año, el circo Orlando Orfei contrató al adiestrador, que viajó a Brasil con tres elefantes. Sandro era uno de ellos y pasó unos diez años de circo en circo.
En agosto de 1982 entró en el Parque Zoológico Municipal Quinzinho de Barros, según el Ayuntamiento. Allí vivió solo hasta 1995, cuando llegó la elefanta Haisa.
Compartieron recinto 25 años. Haisa murió en noviembre de 2020 y su necropsia señaló la artrosis entre las causas, según el santuario.
La soledad pesa en esta especie. En libertad, la hembra más vieja guarda el mapa de los puntos de agua de la manada.
Un pleito de años con el Ayuntamiento
El Ayuntamiento se opuso al traslado en los tribunales. En julio de 2025 recurrió una orden de transferencia y un magistrado del Tribunal de Justicia de São Paulo la suspendió por un tiempo.
En junio de 2026, el tribunal volvió a decidir sobre el caso y el municipio anunció otro recurso. Sostenía que «Sandro está bien cuidado» y que el viaje suponía un «riesgo elevado» para él.
GSE lo ve de otra manera. En su página del rescate llama al recinto de Sorocaba «deficiente e inadecuado para cualquier elefante».
La ONG añade que Sandro no había pasado exámenes veterinarios completos ni análisis de sangre. También cita pérdida de peso, pies en mal estado y conductas estereotipadas, que son movimientos repetitivos típicos del cautiverio.
Dos días y medio sin sedantes
La caja de transporte llegó al zoo el 11 de septiembre. El equipo del santuario usó premios de comida para que Sandro entrara en ella por su cuenta.

El 16 de septiembre, una grúa subió la caja a un camión. El Ayuntamiento cuenta que el alcalde, Rodrigo Manga, estuvo allí desde la madrugada. También acudieron visitantes y manifestantes contrarios al traslado.
El santuario no seda a los elefantes para viajar. Su cofundador, Scott Blais, ha trasladado así a más de 50, y el equipo vigiló a Sandro con cámaras dentro de la caja.
Hubo paradas para que descansara, comiera y bebiera. Como resume el Santuario de Elefantes Brasil, «es el elefante quien marca el ritmo».
Sandro llegó el 18 de septiembre y salió de la caja en pocos segundos, según GSE. Había comido y bebido durante todo el trayecto.
Un recinto propio en 1200 hectáreas
El santuario abrió en 2016 en Chapada dos Guimarães y se presenta como el único de elefantes en América Latina. Ocupa unas 1200 hectáreas de cerrado, la sabana del centro de Brasil.
Allí viven las elefantas Maia, Rana, Mara, Bambi, Guillermina y Baby. Sandro, el único macho, tiene un hábitat propio con tres patios, y desde uno de ellos puede ver a las hembras.
Sus vallas miden unos 2,75 metros. GSE calcula que Sandro se acerca a los 3 metros de altura.
Heno remojado para ganar peso
En el zoo comía unos 250 kilos de alimento al día, según el Ayuntamiento. Aun así, GSE calcula que debe ganar varios cientos de libras, más de 100 kilos.
Al principio mostró poco interés por el heno de las hembras. El 12 de octubre, el equipo contó que le da un heno precocinado. Viene en bloques que se remojan varias horas, y le gusta más.
Su dieta incluye frutas y verduras, unas cocidas y otras crudas. Las medicinas las toma escondidas en bolas de salvado y en manzanas con mantequilla de cacahuete.
El 15 de octubre, un cuidador lo vio comer primero las verduras. Luego sopló puñados de heno hacia la boca con la trompa. El equipo vigila cuánto come para que engorde sin agravar problemas antiguos.
Un árbol, un retumbo y una rodilla
El 9 de octubre, Scott Blais grabó a Sandro derribando su primer árbol pequeño. Por esos días, en la comida nocturna, soltó por primera vez un retumbo suave y grave.
El equipo lo tomó como una señal de que está a gusto. Los elefantes usan estos sonidos graves para comunicarse, como explica un trabajo sobre los coros de los elefantes.
Algo parecido se ha visto en elefantes reintroducidos tras años de cautiverio, que recuperan conductas propias de su especie.
El 20 de octubre, GSE informó de un problema en sus rodillas traseras. Cuando camina despacio se nota un pequeño tambaleo, señal de desgaste, «casi con toda seguridad en forma de artritis grave».
El equipo también ha visto rigidez en las caderas y algo de atrofia muscular. Caminar más y los nuevos suplementos le ayudan, y por ahora no muestra más dolor.
Lo que todavía no se sabe
El Ayuntamiento tenía recursos pendientes cuando Sandro salió del zoo. Sus comunicados no aclaran cómo terminaron.
Tampoco se conoce el alcance real de sus lesiones. Según el equipo, Sandro aún aprende las posturas necesarias para una revisión completa.
Las distancias varían: el santuario habla de 1615 kilómetros, GSE de 1650 y el Ayuntamiento de algo más de 1600. Casi todo lo que se sabe de su salud procede de quienes lo cuidan.
La historia del rescate está en la página oficial del Santuario de Elefantes Brasil. La última actualización sobre su salud es del 20 de octubre de 2026, en el blog de GSE.
GSE y el santuario siguen publicando vídeos y notas sobre Sandro casi a diario en ese blog y en sus redes sociales.
Foto: Global Sanctuary for Elephants









