La Unión Europea exige compromisos concretos para abandonar el petróleo y dejar de depender de los combustibles fósiles; pero enfrente están países como Arabia Saudí y otros productores que no quieren acabar con su gallina de los huevos de oro.
La batalla por el futuro del petróleo y el gas se sigue librando desgraciadamente para muchos y por suerte para unos pocos que se enriquecen y tiene una nueva cita en Antalya (Turquía). La COP31, que se celebrará del 9 al 20 de noviembre, llega con un enfrentamiento que amenaza con convertirse en uno de los grandes focos de tensión de las negociaciones climáticas: la Unión Europea quiere que los países productores de combustibles fósiles dejen de esquivar el debate y concreten cuándo y cómo piensan abandonar su dependencia de los hidrocarburos. ¿Es algo utópico de lograr?
Pero esta exigencia choca de lleno con los llamados petroestados, encabezados por Arabia Saudí, que como era de esperar no quieren ni oír hablar de calendarios o de acabar con su negocio y todo aquello que suponga poner en jaque sus billonarias economías y terminar con la gallina de los huevos de oro que tanto les da.
Compromiso de palabra para poner fin al petróleo, pero no hechos reales
El problema es que el compromiso internacional (que no se traduce del todo en hechos reales) para avanzar hacia el abandono de los combustibles fósiles, alcanzado en la COP28 de Dubái, sigue sin trasladarse a una hoja de ruta suficientemente concreta.
Uno se pregunta si sirven para algo las últimas cumbres ya que no se ha logrado desbloquear las diferencias y el debate vuelve a donde empezó y siempre se da de bruces con los mismos obstáculos: quién debe reducir primero su producción, quién paga la transformación energética y qué alternativas económicas tendrán los países que dependen del petróleo y el gas. Mientras tanto el planeta y buena parte de los mortales seguimos sufriendo esas consecuencias.
La resistencia de algunos países productores es uno de los principales escollos. Arabia Saudí ni siquiera se atreve a plantearse el llevar a cabo una hoja de ruta rígida que obligue a detener nuevas inversiones en exploración y producción sin disponer antes de alternativas energéticas y económicas suficientes.
Otros países, como Irak, también defienden que los ingresos actuales del petróleo son necesarios, como ellos mismos justifican, para financiar infraestructuras, garantizar el suministro eléctrico y diversificar sus economías.
Sin embargo, desde la Red de Acción Climática (CAN) Europa consideran que no puede seguir utilizándose la dependencia económica como argumento para retrasar indefinidamente las decisiones.
Su responsable de Clima, Sven Harmeling, ha denunciado que un grupo reducido de países está bloqueando los avances y reclama que la electrificación se desarrolle sin recurrir nuevamente a los combustibles fósiles. Además, la organización Kick Big Polluters Out cifra en más de 5.350 los lobistas de la industria fósil que han asistido a las negociaciones climáticas durante los últimos cuatro años.
Electrificar no sirve si la electricidad sigue dependiendo del petróleo y el gas
La resistencia de algunos países productores es uno de los principales escollos. Arabia Saudí considera inviable imponer una hoja de ruta rígida que obligue a detener nuevas inversiones en exploración y producción sin disponer antes de alternativas energéticas y económicas suficientes.
Otro de los grandes debates de Antalya será precisamente cómo se produce la electricidad. Turquía y Australia apuestan por colocar este tema en el centro del debate con la idea en mente de convencer al resto de estados de que haya un incremento del 35% para 2035. Ilusos de ellos hay un problema que no permite avanzar y es que el cambiar los motores de combustión por electricidad o electrificar la industria no acabará por sí mismo con el problema del cambio climático si para ello seguimos dependiendo del gas, el carbón o el petróleo.
La directora de Greenpeace para Oriente Medio y Norte de África, Ghiwa Nakat, considera que los países del Golfo tienen una oportunidad para aprovechar su experiencia energética y liderar una transformación que proteja también a los trabajadores y las comunidades. ¿La aprovecharán o seguirán mirando solo hacia sus ingresos multimillonarios?
Las cifras de inversión reflejan la dimensión de esta contradicción. La Agencia Internacional de la Energía prevé que la inversión energética mundial alcance los 3,4 billones de dólares en 2026. De esa cantidad, unos 2,2 billones se dirigirán a renovables, energía nuclear, redes, almacenamiento y eficiencia energética. Sin embargo, otros 1,2 billones seguirán destinados al petróleo, el gas y el carbón.
La transición está avanzando; de eso nadie duda, pero la triste realidad es que los combustibles fósiles siguen llevándose muchos recursos financieros. Y ahí está precisamente una de las grandes preguntas que deberá responder la COP31: ¿cómo se puede hablar de abandonar el petróleo y el gas mientras se continúa invirtiendo en prolongar su protagonismo?
La financiación será decisiva. Los países productores reclaman recursos para desarrollar alternativas industriales, crear empleo y garantizar su seguridad energética. La Unión Europea, por su parte, quiere que el compromiso de transición deje de ser una declaración de intenciones.
Antalya tendrá que demostrar si la comunidad internacional está preparada para pasar de las palabras a los hechos. Porque el planeta no necesita otra cumbre llena de promesas (de las que ya se celebran muchas cada año), sino decisiones capaces de poner fecha al principio del fin de los combustibles fósiles.












