En algunas montañas de China el paisaje ha cambiado. Ya no se ve solo hielo. También aparecen grandes rectángulos blancos que parecen sábanas tendidas sobre el glaciar. No es arte efímero ni una pista de esquí improvisada. Es un experimento urgente para frenar el deshielo.
Desde 2019, dentro de programas específicos para proteger la criosfera del país, equipos científicos están probando mantas geotextiles y películas de nanomateriales sobre glaciares como Dagu Glacier y Urumqi Glacier No.1. Las cifras son llamativas. Bajo estas coberturas el hielo se derrite bastante menos, con reducciones del deshielo que van de alrededor del 15% de media a valores cercanos al 34% en algunos periodos y hasta un 70% en pruebas con materiales avanzados durante el verano.
La pregunta que se hace la comunidad científica es otra. ¿Hasta qué punto estas mantas pueden cambiar el rumbo de los glaciares y qué limitaciones tienen en un planeta que sigue calentándose?
Cómo funcionan las mantas sobre el hielo
La idea física es sencilla. Las mantas están hechas de geotextiles blancos, un tejido sintético que refleja buena parte de la radiación solar. Al aumentar el albedo, la superficie de hielo absorbe menos energía y se reduce la cantidad de calor disponible para fundir nieve y hielo.
El ensayo más detallado se ha realizado en el glaciar Dagu, en el este de la meseta tibetana. Un equipo de la Chinese Academy of Sciences cubrió unos 500 metros cuadrados del glaciar Dagu 17, aproximadamente un 1% de su superficie. Después de unos dos meses de seguimiento, comprobaron que la zona cubierta había perdido cerca de un metro menos de hielo que la parte descubierta.
Los datos de un estudio posterior publicado en la revista Remote Sensing afinan el resultado. A lo largo de un año, la masa de hielo perdida bajo el geotextil fue de media un 15% menor que en las zonas sin protección, con una eficacia mayor al inicio del experimento cercana al 27% y más débil al final, alrededor del 8%. El propio equipo señala que la manta va “perdiendo fuelle” a medida que envejece y se ensucia, porque su capacidad de reflejar luz disminuye con el tiempo.
En paralelo, un artículo reciente de la UNESCO resume el resultado de forma más sencilla para el público general. Habla de una reducción aproximada del 34% en la tasa de fusión entre agosto de 2020 y octubre de 2021 en esa zona de prueba del glaciar Dagu.
En la práctica todo encaja. Las mantas son efectivas para frenar el deshielo justo donde se colocan. El problema es que solo cubren una pequeña fracción del glaciar y que su rendimiento cae con el tiempo.
Nanomateriales y nieve artificial el laboratorio al aire libre de la criosfera china
China no se ha quedado en el tejido clásico. En el glaciar Ürümqi número 1, en las montañas Tianshan, un equipo ha probado mantas de nanofibras con propiedades ópticas muy específicas. Según el relato científico que recoge la UNESCO, estos materiales han logrado reducir la tasa de fusión estival hasta en un 70% en la zona cubierta.
Algo parecido se está ensayando de forma experimental en Dagu con películas ultrafinas desarrolladas por un equipo de la Nanjing University y apoyadas por Tencent. En pruebas controladas, el profesor Zhu Bin explica que al cubrir unos 200 metros cuadrados consiguieron “ralentizar el deshielo entre tres y cuatro veces” frente a zonas sin protección. El material se fabrica a partir de acetato de celulosa y combina un alto nivel de reflexión de la luz con la capacidad de emitir calor hacia la atmósfera, un efecto conocido como enfriamiento radiativo.
Además de las mantas, los investigadores chinos han probado técnicas de nieve artificial sobre otros glaciares de montaña. Operaciones breves con generadores de humo, cohetes o aviones han llegado a aportar en torno a la mitad del agua de deshielo durante algunos episodios y a aumentar la masa del glaciar casi un 6% en periodos muy cortos, siempre a costa de desplegar una logística considerable.
Son, en esencia, soluciones de emergencia. Herramientas de laboratorio trasladadas a alta montaña para ganar tiempo en lugares concretos.
Costes, límites y lo que realmente piden los científicos
Visto desde lejos, podría parecer que bastaría con tapar los glaciares “importantes” y listo. La realidad es bastante menos cómoda.
Cubrir solo el 1% del glaciar Dagu exigió subir grandes rollos de geotextil en teleférico hasta unos 4800 metros y después moverlos a mano por terreno escarpado. Cada temporada hay que colocar y retirar el material, revisar cuerdas, lastres y puntos de anclaje. Si se rompe o se escapa un trozo, acaba convertido en residuo plástico en un ecosistema muy frágil.
Los estudios coinciden en dos ideas clave. Por un lado, las mantas funcionan bien en superficies pequeñas. Experimentos en los Alpes, en China y incluso en la Antártida indican reducciones del deshielo estival de entre un 30 y un 60% en las zonas protegidas, e incluso más con materiales avanzados. Por otro, el coste económico y ambiental de escalar estas técnicas a grandes glaciares es muy elevado.
Los investigadores lo dicen con bastante claridad. Estas intervenciones pueden servir para proteger glaciares turísticos al borde de la desaparición, sectores que abastecen de agua a pueblos concretos o infraestructuras críticas, pero no detendrán por sí solas la pérdida masiva de hielo en la cordillera tibetana ni en el resto del planeta.
El propio profesor Zhu reconoce que los nuevos materiales ofrecen un “alivio temporal” y que la única forma real de salvar los glaciares pasa por reducir las emisiones que calientan la atmósfera. La UNESCO llega a la misma conclusión y subraya que sin una caída rápida de los gases de efecto invernadero, los parches tecnológicos no harán más que comprar tiempo.
Para quien abre el grifo en casa o riega un huerto en verano, todo esto puede sonar lejano. Sin embargo, el mensaje de fondo es muy directo. Si ya tenemos que cubrir glaciares con mantas para que aguanten un poco más, es que la crisis climática va varios pasos por delante.
El estudio científico que describe en detalle el experimento con mantas geotextiles en el glaciar Dagu ha sido publicado en la revista Remote Sensing.




















