Europa podría tener inviernos como los de Canadá con temperaturas de -40ºC y los expertos claman porque las consecuencias para la agricultura son devastadoras

Publicado el: 28 de abril de 2026 a las 20:44
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Ciudad europea congelada con temperaturas extremas por el debilitamiento de la AMOC y el cambio climático.

Europa lleva siglos viviendo con una “calefacción” natural encendida. Es la gran circulación oceánica del Atlántico, de la que forma parte la corriente del Golfo, la que empuja calor desde los trópicos y ayuda a que el oeste del continente no tenga inviernos tan crudos como otras zonas a la misma latitud.

El problema es que esa calefacción no es indestructible. Un nuevo análisis científico apunta a un debilitamiento mucho mayor de lo estimado hasta ahora y, en paralelo, otros modelos exploran qué pasaría si el sistema se desploma de verdad. No es un guion para el próximo invierno, pero sí una advertencia seria sobre el tipo de extremos con los que Europa podría acabar lidiando.



La calefacción del Atlántico

La AMOC (siglas en inglés de Atlantic Meridional Overturning Circulation) es un sistema de corrientes que mueve agua cálida hacia el norte y devuelve agua fría hacia el sur, en profundidad. NOAA lo describe como una parte de la “cinta transportadora” global del océano, clave para repartir calor y también nutrientes.

El mecanismo es sencillo de imaginar. El agua cálida viaja en superficie, se enfría en latitudes altas, se vuelve más densa por la sal y se hunde, iniciando el retorno. Es un ciclo lento a escala planetaria, del orden de siglos para completar todo el recorrido, pero su efecto sobre el clima regional se nota cada invierno.



Qué la está frenando

Para que el sistema funcione, el agua tiene que hundirse. Si llega demasiada agua dulce al Atlántico Norte, la mezcla pierde salinidad, se vuelve menos densa y le cuesta más “bajar”, como si a la cinta transportadora le faltara tracción.

Aquí entra en juego el calentamiento global. NOAA y el IPCC llevan tiempo señalando que el cambio climático favorece el aporte de agua dulce por deshielo y cambios en las lluvias, y que eso puede reforzar el debilitamiento de la AMOC. Dicho de otra manera, no es solo una corriente, es un engranaje sensible al CO2 que emitimos.

Un 50% menos

La novedad de estas semanas es la magnitud. Un estudio publicado en abril de 2026 en Science Advances estima que la AMOC podría desacelerarse entre un 43% y un 59% para 2100, una caída más intensa que la de muchas proyecciones anteriores. La estimación central ronda un 51% de debilitamiento respecto a niveles de finales del siglo XIX.

¿Por qué sale una cifra tan alta? Los autores comparan modelos con observaciones y, en vez de fijarse en una sola pista, combinan temperatura y salinidad de la superficie del Atlántico. En ese ajuste usan una técnica estadística (ridge regression) que, según recoge Live Science, reduce el error de predicción de forma notable frente a enfoques más estándar.

Aun así, los propios expertos piden prudencia con los plazos exactos. La oceanógrafa María Paz Chidichimo recuerda que “la magnitud y el momento” del declive siguen siendo inciertos, porque los modelos no se comportan igual y el sistema tiene variabilidad natural. Ese matiz es importante para no convertir un resultado en una fecha marcada en rojo.

Cuando llega el frío

La pregunta que flota en el aire es la más incómoda. Si el planeta se calienta, ¿cómo puede Europa acabar con inviernos más fríos? La respuesta es que el calentamiento global no reparte el calor de forma uniforme y, si se apaga la “calefacción” oceánica regional, el balance local cambia.

Un trabajo de 2025 en Geophysical Research Letters (van Westen y Baatsen) cuantifica extremos térmicos europeos bajo distintos estados de la AMOC con el modelo CESM. En su análisis, cuando la AMOC colapsa y el calentamiento se mantiene en un escenario intermedio, “las temperaturas invernales europeas” tienden a enfriarse y los extremos fríos se intensifican.

El propio artículo muestra hasta dónde pueden llegar esos extremos en escenarios de AMOC muy debilitada. En un caso preindustrial con AMOC “apagada”, el extremo frío de referencia (un evento que ocurre aproximadamente una vez cada 10 años) cae por debajo de los menos 50 ºC en zonas de Escandinavia. Eso suena a Canadá por una razón evidente.

Heladas que cambian la rutina

Los impactos no se entienden bien con una media anual, se entienden con el día a día. En el mismo estudio, al fijarse en De Bilt (Países Bajos) como referencia, el número medio de “días de helada” sube de 12,4 al año a 153,2 al año cuando se compara un escenario preindustrial con AMOC activa frente a uno con AMOC apagada. En el año más extremo llegan a 186 días con helada.

Piensa lo que significa eso sin dramatizar, pero sin maquillar. Más demanda de calefacción durante más semanas, más presión sobre redes eléctricas en picos de consumo y más episodios complicados para carreteras, trenes y logística. La factura de la luz en enero no vive en una burbuja, depende de cómo se comporte el clima. Y eso se nota.

También hay un matiz relevante. En ese modelo, un colapso de la AMOC no “anula” el calentamiento en verano, pero sí cambia el reparto de extremos en el noroeste europeo. Por ejemplo, el extremo cálido de verano a 10 años en De Bilt es mayor en un RCP4.5 sin colapso que en un RCP4.5 con colapso. Es una manera de ver que el riesgo no es solo “más calor”, sino más volatilidad y más temporadas difíciles.

Más tormentas y más bandazos

El frío no llega solo. El estudio de Geophysical Research Letters también relaciona el colapso de la AMOC con un aumento de la actividad de las borrascas del Atlántico Norte, lo que se traduce en oscilaciones más fuertes de temperatura de un día para otro.

Hay un dato que lo deja claro sin necesidad de metáforas. En De Bilt, la “varianza” de temperatura asociada a esas trayectorias de tormentas pasa de 1,50 K² a 21,6 K² cuando se compara un estado preindustrial con AMOC activa frente a otro con AMOC apagada, un salto de un factor 14. No es poca cosa.

Lo que aún no se sabe

Aquí conviene separar tres niveles. Primero, el IPCC considera “muy probable” que la AMOC se debilite durante este siglo, aunque reconoce baja confianza en la magnitud exacta del declive. Segundo, el mismo IPCC ha evaluado que un colapso antes de 2100 es “muy poco probable”, pero también lo define como un escenario físicamente plausible si el debilitamiento es grande.

Tercero, los modelos que exploran colapsos suelen mirar muy lejos en el tiempo. El propio estudio de 2025 aclara que las condiciones equilibradas de esos nuevos estados se esperarían “más allá de 2200”, y que su objetivo es cuantificar cómo sería el clima una vez estabilizado, no predecir lo que ocurrirá dentro de cinco inviernos. Este detalle evita titulares engañosos.

Qué conviene vigilar y preparar

A nivel de prevención, la idea es casi aburrida, pero es la base. Menos emisiones de gases de efecto invernadero implica menos calentamiento, menos deshielo y menos presión sobre ese engranaje oceánico. La transición a renovables, la eficiencia energética en edificios y redes más resilientes no son solo “sostenibilidad” en abstracto, también son un seguro ante inviernos más exigentes.

Y a nivel de vigilancia científica, hay otra realidad. El seguimiento continuo de la AMOC es relativamente reciente, con mediciones modernas sostenidas desde 2004, así que aún estamos aprendiendo a distinguir tendencia humana de variabilidad natural. Por eso cada estudio nuevo mueve el debate, y por eso conviene leerlos con la cabeza fría.

El estudio más reciente que reaviva esta discusión ha sido publicado en Science Advances

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ECOticias.com El periódico verde

Equipo editorial de ECOticias.com (El Periódico Verde), integrado por periodistas especializados en información ambiental: naturaleza y biodiversidad, energías renovables, emisiones de CO₂, cambio climático, sostenibilidad, gestión de residuos y reciclaje, alimentación ecológica y hábitos de vida saludable.

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