Un iceberg gigante que se desprendió de la Antártida en 1986 acaba de llegar a su “punto final”. El A-23A, uno de los más grandes y longevos que se han seguido con satélite, ha terminado fragmentado en aguas más cálidas del Atlántico Sur, al norte de Georgia del Sur y de las islas Sandwich del Sur. Una imagen tomada el 3 de abril de 2026 muestra lo que quedaba del gigante convertido en piezas y “migas” de hielo.
Los analistas que lo han vigilado durante años estimaron que, para el 27 de marzo de 2026, el bloque principal se había reducido a algo más de 170 kilómetros cuadrados, una sombra del “megaberg” que superaba los 6.000 kilómetros cuadrados cuando aún estaba encallado cerca de la costa antártica en 2020. ¿Por qué debería importarnos algo que ocurre tan lejos? Porque el océano absorbe cerca del 90% del exceso de calor del planeta, y eso cambia el mapa del hielo, la navegación y la vida marina.
Cuarenta años de viaje hasta el Atlántico Sur
A-23A nació como parte de un gran desprendimiento de la plataforma de hielo Filchner, en la Antártida. Poco después del “parto” helado, quedó anclado durante décadas en el mar de Weddell, un detalle que ayuda a explicar por qué ha sido tan duradero comparado con otros gigantes que se rompen mucho antes.
Cuando por fin volvió a moverse, su ruta no fue una línea recta. El iceberg avanzó a tirones, con paradas y giros, y llegó a quedar atrapado en remolinos oceánicos (las llamadas columnas de Taylor) antes de retomar el camino hacia latitudes más templadas.
En 2025, el viaje lo acercó a Georgia del Sur, una zona donde estos colosos suelen entrar en un corredor conocido como “iceberg alley”. Allí, el agua más templada y el oleaje empiezan a morder el hielo por los bordes, y se nota en cuestión de semanas.
El deshielo que lo rompió desde dentro
En sus últimos meses, A-23A cambió de aspecto de forma llamativa. Las imágenes mostraron extensas balsas de agua de deshielo, con tonos azul intenso, sobre la superficie del iceberg, una señal de que el hielo estaba “empapado” y debilitándose.
El proceso tiene una lógica sencilla. El agua se acumula, se cuela por grietas y añade presión, ensanchándolas. Ted Scambos, investigador de la Universidad de Colorado Boulder, lo resumió así, “tienes el peso del agua metida en las grietas y eso las va abriendo”.
Ese “azul” también dejó pistas de un colapso en cadena. En enero de 2026, la NASA describía incluso un posible “reventón” de agua dulce, cuando la presión de las balsas habría perforado el borde del hielo y dejado caer el agua hacia el mar en forma de pluma de descarga.
Un iceberg que, al romperse, alimenta el océano
Mientras A-23A se deshacía, el océano a su alrededor no se quedó quieto. El 25 de enero de 2026, el satélite PACE de la NASA detectó plumas de clorofila-a alrededor de los fragmentos, una señal que se usa como indicador de abundancia de fitoplancton (microalgas y otros organismos diminutos que hacen fotosíntesis).
Aquí viene lo sorprendente. Grant Bigg, oceanógrafo emérito de la Universidad de Sheffield, señaló que “esta floración (bloom) es demasiado grande y se extiende demasiado desde los icebergs como para no estar ligada a ellos”, aunque recordaba que en esa región también hay floraciones que aparecen sin relación directa con el hielo.
La explicación mezcla física y química. Heidi Dierssen, oceanógrafa de la Universidad de Connecticut, apunta a dos empujones principales, una capa superficial más estable por el agua dulce y plumas de deshielo ricas en hierro, un nutriente clave que puede escasear en esta parte del Atlántico Sur. Y cuando el fitoplancton crece, se mueve algo más que el color del agua, porque forma la base de la red alimentaria marina y participa en el “bombeo biológico” que ayuda a transferir CO2 desde la atmósfera hacia el océano profundo.
¿Sube el nivel del mar con un iceberg así?
Es una duda muy común, y conviene despejarla sin rodeos. Un iceberg como A-23A ya está flotando, así que, al derretirse, no es un gran “chorro extra” que se sume al mar como ocurre con el hielo que está sobre tierra firme.
Dicho esto, hay matices. La NASA explica que el deshielo de hielo flotante puede tener un efecto pequeño por la diferencia entre agua dulce y salada, pero no es el motor principal del aumento del nivel del mar, que depende sobre todo de la expansión térmica del océano y del agua que aportan glaciares y mantos de hielo en tierra.
Por qué este iceberg seguirá en los laboratorios
A-23A no solo ha sido grande, también ha sido un caso de estudio casi perfecto. Su vida quedó registrada desde los Landsat de los años ochenta hasta instrumentos modernos como VIIRS y misiones recientes como PACE, con imágenes suficientes para reconstruir cambios de forma, grietas, deshielo y hasta efectos en el ecosistema. En ese seguimiento también entra la “letra pequeña” de cómo se pone nombre a estos bloques, con el U.S. National Ice Center documentando icebergs a partir de 69 kilómetros cuadrados o 19 kilómetros de longitud.
En febrero de 2026, el centro estadounidense dejó de incluir A-23A en su área de análisis y pasó el seguimiento a un servicio meteorológico argentino al entrar en rutas de tráfico marítimo. Christopher Shuman lo resumió con una idea muy clara, “la tecnología que nos permite contar ‘historias de icebergs’ es un tributo a los sensores en órbita y a los datos accesibles”.
Lo más interesante es que el final no cierra la carpeta, la abre. Con todo lo observado, quedan preguntas sobre cómo influyen las corrientes, el relieve del fondo marino y el oleaje en la trayectoria de cada bloque, grande o pequeño, y por qué algunos se resisten durante décadas mientras otros se rompen en meses. Es un cierre simbólico para un iceberg que ha atravesado toda la era de los satélites.
La nota oficial más reciente sobre el final de A-23A ha sido publicada en NASA Earth Observatory.













