El glaciar Thwaites, en la Antártida Occidental, se ha convertido en un termómetro incómodo del planeta. Mientras los equipos científicos intentan entender por qué se derrite tan deprisa, ha aparecido una propuesta tan llamativa como discutida. La idea consiste en instalar una “cortina” anclada al fondo del océano para frenar el agua cálida que llega por debajo del hielo.
Suena a ciencia ficción, pero la amenaza es muy real. Thwaites ya empuja el nivel del mar hacia arriba y, si el sistema se desestabiliza más, el efecto se nota en las costas y en los puertos. ¿Es una solución salvadora o un parche caro que solo compra unos años?
Por qué Thwaites preocupa
Thwaites es el glaciar más ancho de la Tierra, con unos 120 kilómetros, y drena una cuenca enorme, comparable al tamaño de Gran Bretaña. Su pérdida actual de hielo aporta alrededor del 4 % del aumento global del nivel del mar, según el programa internacional que lo estudia.
El dato que más impresiona es el del posible colapso total. Si Thwaites llegara a colapsar por completo, el nivel medio del mar podría subir unos 65 centímetros, y además abrir la puerta a pérdidas adicionales en glaciares vecinos de la Antártida Occidental. No es poca cosa.
El océano lo derrite desde abajo
La amenaza no viene solo del aire. En buena parte, el problema es el agua oceánica relativamente cálida y densa que se cuela por canales y alcanza la base del glaciar, justo en su punto más frágil, cerca de la línea de apoyo.
A finales de enero de 2026, el British Antarctic Survey y el Korea Polar Research Institute anunciaron una campaña para perforar unos 1.000 metros de hielo con agua caliente y bajar instrumentos que midan corrientes y temperatura. El oceanógrafo Peter Davis lo dijo sin rodeos, “por fin podremos ver qué pasa donde más importa”.
Esa idea encaja con otra pista reciente. En marzo de 2026, un estudio liderado por British Antarctic Survey explicó que el motor principal de grandes retrocesos pasados en la Antártida Occidental fue el agua cálida del océano y lo resumió así, “cuando el océano se calienta, el hielo retrocede”.
La cortina en el fondo marino
La propuesta se parece, en el concepto, a una cortina gigante colocada donde no la vemos. No sería una pared rígida, sino una estructura flexible, de “tela” técnica reforzada, fijada al fondo para desviar parte del flujo de agua cálida profunda antes de que llegue a la base del hielo.
En la web del Seabed Curtain Project se plantea una cortina de unos 80 kilómetros de longitud y unos 150 metros de altura, anclada en fondos de alrededor de 650 metros frente a Thwaites. El propio proyecto sostiene que el objetivo es limitar el acceso del agua cálida a las zonas más vulnerables del hielo y retrasar la pérdida de masa.
La hoja de ruta, por ahora, va por fases. Hablan de un programa de tres años para desarrollar tecnología y probar prototipos en un fiordo de Noruega, y también de medir corrientes en la zona del mar de Amundsen para diseñar mejor cualquier barrera futura. Y ahí está el detalle. Antes de tocar la Antártida, quieren datos y pruebas.
Lo difícil no es imaginarlo, es hacerlo
El primer choque con la realidad es físico. La Antártida es un lugar extremo y la logística es limitada, con hielo a la deriva, tormentas y una ventana de trabajo corta. Además, aunque la cortina sea flexible, no puede funcionar como un tapón perfecto, y el agua puede buscar caminos alternativos.
Luego está la factura, y aquí conviene ser transparentes. En un análisis de viabilidad publicado en PNAS Nexus, los autores estiman costes iniciales del orden de 40.000 a 80.000 millones de dólares y un mantenimiento anual de 1.000 a 2.000 millones, según el diseño y el lugar. También advierten que no están pidiendo un despliegue inmediato, porque aún faltan prototipos, evaluación ambiental y debate público.
Y, por supuesto, está la gobernanza. Cualquier intervención en la Antártida tendría que encajar en el Sistema del Tratado Antártico, con evaluaciones de impacto y acuerdos internacionales. Ese debate puede ser tan duro como la propia ingeniería.
Qué significa esto para España
Puede parecer un asunto lejano, pero el nivel del mar no entiende de mapas. La Agencia Europea de Medio Ambiente calcula que el nivel medio global ha subido aproximadamente 23 centímetros desde 1900 y que alcanzó su valor más alto en 2024. Para 2100, sus rangos “probables” van desde 0,28 a 0,55 metros con emisiones muy bajas, hasta 0,63 a 1,02 metros con emisiones muy altas.
En España, los registros y estudios también apuntan a una tendencia al alza. Un trabajo divulgado por SINC señala que, desde 1993, el nivel del mar sube en torno a 2,8 milímetros al año, y que aproximadamente la mitad de ese aumento se relaciona con el deshielo en Groenlandia y la Antártida. Traducido a lo cotidiano, es más presión sobre playas, puertos y zonas bajas cada vez que llega un temporal. Y eso se nota.
Ganar tiempo no sustituye recortar CO2
Incluso si una cortina submarina lograra reducir la entrada de agua cálida bajo Thwaites, seguiría siendo una medida para ganar tiempo. El hielo responde al calor acumulado en el océano, y ese calor viene, en gran parte, del exceso de gases de efecto invernadero.
Por eso, el propio programa científico que estudia Thwaites insiste en que la mejor opción para retrasar estas pérdidas es una mitigación inmediata y sostenida, es decir, descarbonizar de verdad. A la vez, toca planificar la adaptación en costa, porque el mar ya está subiendo y las decisiones urbanas de hoy se quedarán décadas.
El análisis científico más citado sobre estas “cortinas submarinas” se ha publicado en la revista PNAS Nexus.












