El Mar de Aral no solo perdió el agua. El antiguo fondo de uno de los mayores lagos del planeta lleva décadas expuesto al aire y, según una nueva investigación liderada desde España, ya ha liberado alrededor de 748 millones de toneladas de CO₂ desde 1960.
La conclusión cambia la forma de mirar este desastre ambiental. Reinundar parte del lecho podría evitar que salgan otras 605 millones de toneladas de CO₂, reducir algunos daños locales y abrir una vía de financiación mediante créditos de carbono. La idea es ambiciosa, pero también está llena de obstáculos.
Un mar convertido en desierto
Situado entre Kazajistán y Uzbekistán, el Mar de Aral fue el cuarto lago más grande del mundo. Empezó a encogerse en la década de 1960, cuando los ríos Amu Daria y Sir Daria fueron desviados para alimentar grandes sistemas de regadío. Hoy, cerca del 90 % de su superficie ha desaparecido.
Donde antes había agua, pesca y puertos, ahora se extiende el desierto salino de Aralkum. El viento levanta polvo, sales y contaminantes desde el antiguo fondo, una mezcla que afecta a las comunidades cercanas y complica todavía más la recuperación de los ecosistemas. No es una cicatriz del pasado. Sigue activa.
El carbono salió a la luz
Los lagos almacenan materia orgánica en sus sedimentos durante años, décadas o incluso siglos. Mientras permanece bajo el agua, buena parte de ese carbono queda protegido. Cuando el fondo se seca y entra en contacto con el oxígeno, la materia orgánica se descompone y libera CO₂.
El equipo calcula que el lecho expuesto del Aral ha perdido 204 ± 53 millones de toneladas de carbono desde 1960. Convertido a dióxido de carbono, el valor central equivale a unos 748 millones de toneladas de CO₂. La vegetación que ha crecido en el terreno seco compensó menos del 1 % de esa pérdida.
Cómo llegaron a la cifra
Los resultados se apoyan en una expedición científica realizada en 2022. Los investigadores extrajeron testigos de sedimento, midieron directamente los flujos de CO₂ y combinaron esos datos con imágenes de satélite, estimaciones de biomasa vegetal y fotogrametría con drones.
También compararon áreas que quedaron al descubierto en momentos diferentes. Es una forma de reconstruir más de cinco décadas de cambios sin disponer de un medidor funcionando desde 1960. Por eso conviene hablar de estimaciones con margen de incertidumbre, no de un contador exacto.
La propuesta de reinundación
¿Qué ocurriría si el agua volviera a cubrir esos sedimentos? En gran medida, se limitaría su contacto con el oxígeno y se frenaría la descomposición de la materia orgánica. Rafael Marcé, investigador del CEAB-CSIC y autor principal, lo resume con una frase sencilla, «Existe un tesoro oculto de carbono bajo el mar de Aral».
El estudio no plantea necesariamente recuperar cada kilómetro cuadrado perdido. Pone el foco en devolver agua a una parte relevante del antiguo fondo mediante mejoras en el riego, una infraestructura de transporte de agua más eficiente y una gestión coordinada de toda la cuenca. En la práctica, esto significa ahorrar agua antes de decidir dónde usarla.
El dinero del carbono
Los autores proponen valorar las emisiones evitadas dentro del mercado voluntario de carbono. Tomando como referencia los precios de 2024 para proyectos forestales y de uso del suelo, las 605 millones de toneladas de CO₂ que aún podrían conservarse tendrían un valor potencial de entre 3.600 y 18.000 millones de dólares.
No es un cheque listo para cobrar, sino una estimación económica cuya amplia horquilla muestra cuánto varía el precio de estos créditos. Aun así, la pregunta merece atención. ¿Puede la financiación climática pagar una parte de la restauración?
Los escenarios analizados calculan que una inversión cercana a 9.700 millones de dólares en mejoras de la gestión hídrica podría aportar agua suficiente para recuperar alrededor del 50 % de la superficie de 1960. Ese escenario se asociaría a unos 323 millones de toneladas de CO₂ equivalente en créditos comercializables, si la propuesta llegara a aplicarse.
El norte demuestra que se puede
Hay un precedente. La presa de Kok-Aral, terminada en 2005, separó el Pequeño Mar de Aral del sector sur y permitió retener mejor el agua del Sir Daria. En 2008, el volumen de la parte norte había aumentado un 68 %, la salinidad se había reducido a la mitad y la producción pesquera se había multiplicado por más de tres.
Ese éxito no garantiza que la misma receta funcione a gran escala, porque las dimensiones, las necesidades de agua y la situación política son diferentes. Pero sí demuestra que una recuperación parcial bien diseñada puede devolver agua, peces y actividad económica. Y eso se nota.
El gran obstáculo
El problema es que el agua del Aral no pertenece a un único país. La cuenca se reparte entre Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán, que también necesitan esos recursos para regar cultivos, abastecer a la población y sostener sus economías.
La restauración completa sigue siendo un reto técnico, social y político enorme, según reconocen los propios autores. Los créditos de carbono pueden ayudar a pagar obras y mejoras, pero no crean agua ni sustituyen los acuerdos entre gobiernos. Un crédito no llena un lago.
Una advertencia global
El Mar de Aral es un caso extremo, pero no está solo. La investigación señala riesgos parecidos en el Gran Lago Salado, el mar de Salton, el lago Urmía, el lago Chad y el mar Caspio, donde el retroceso del agua también puede exponer sedimentos ricos en carbono.
En el fondo, el estudio añade una pieza que faltaba en muchas cuentas climáticas. Cuando desaparece un lago, no solo se pierde agua y biodiversidad, también puede abrirse una nueva fuente de CO₂ que seguirá funcionando durante décadas.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Science.



