Cada primavera y otoño, el cielo del norte de Utah se llena de aves que llegan para descansar y comer. El Gran Lago Salado funciona como una enorme estación de servicio natural en sus viajes entre Alaska, Canadá y lugares tan lejanos como la Patagonia.
La evaluación más reciente de la National Audubon Society actualiza el recuento a unas 12 millones de aves migratorias de 339 especies cada año. Pero el lago sigue por debajo de niveles saludables y la sequía de 2026, unida a una acumulación de nieve excepcionalmente baja, amenaza con acercarlo de nuevo a mínimos históricos.
Una despensa de sal
El Gran Lago Salado es terminal, lo que significa que recibe agua de ríos y arroyos, pero no tiene salida al mar. El agua se evapora y deja las sales, mientras los aportes de agua dulce mantienen el equilibrio que permite vivir a organismos muy especializados.
Entre ellos están las artemias y las moscas de la sal, pequeños animales que aparecen en cantidades enormes y alimentan a millones de aves. Cuando el nivel cae demasiado, la sal se concentra y puede reducir su reproducción y abundancia, debilitando la base de toda la cadena alimentaria.
El falaropo de Wilson puede duplicar su peso durante la parada migratoria antes de continuar hacia Sudamérica. El zampullín cuellinegro también depende de las artemias y, durante parte de su muda, queda prácticamente atado al alimento disponible en el lago. No hay mucho margen de error.
Cuando el agua retrocede
Décadas de desvíos agrícolas y municipales, una demanda urbana creciente y largos periodos de sequía han reducido el agua que llega a la cuenca. Al retroceder la orilla desaparecen bahías poco profundas, se secan humedales y quedan expuestas estructuras parecidas a arrecifes, llamadas microbialitos, cuyas algas alimentan a las artemias y las moscas.
La retirada del agua también puede unir las islas de nidificación con tierra firme. Esos pasos permiten la entrada de coyotes a colonias de pelícanos blancos americanos y gaviotas, que eligieron esos lugares precisamente porque estaban aislados.
Después queda el polvo. Un estudio de la Universidad de Utah y una investigación de la Universidad Estatal de Utah han detectado concentraciones elevadas de elementos como arsénico, litio y uranio en sedimentos o polvo del lecho expuesto, aunque todavía se está precisando cuánto llega a las zonas pobladas y cuál es el riesgo exacto.
Lo que revela el análisis
El trabajo de 2026 fue dirigido por Emily Hamel y elaborado junto con Joanna Grand, Zachary Posnik, Max Malmquist y otros especialistas de Audubon. El equipo combinó modelos de hábitat para 19 especies indicadoras, proyecciones climáticas hasta mediados de siglo y un mapa de las rutas por las que el agua puede alcanzar el lago.
La conclusión principal es sencilla, aunque aplicarla no lo sea. Proteger un humedal sirve de poco si queda desconectado del río, canal o retorno de riego que lo mantiene húmedo, por lo que conservar las vías de agua resulta tan importante como conservar el terreno.
El análisis señala como prioridades el agua abierta del lago y complejos como Bear River, Farmington Bay, Ogden Bay y Willard Spur. También identifica terrenos agrícolas y antiguos humedales degradados donde la restauración podría conservar valor para las aves incluso con un clima más cálido.
El plan de Utah
Utah ha creado una oficina específica, un plan estratégico y nuevas herramientas para arrendar, donar y transferir derechos de agua al lago. También regula el paso entre sus dos brazos mediante el dique ferroviario, una medida que ha mantenido la salinidad del brazo sur en un intervalo adecuado pese a los bajos niveles de 2025 y 2026.
El Great Salt Lake Watershed Enhancement Trust estimó que las transacciones formalizadas en 2025 equivalían a unos 89 millones de metros cúbicos. Sus programas habían protegido o restaurado unas 8.255 hectáreas de humedales en junio de 2026, y otra operación nacida del ahorro urbano aportará unos 3,1 millones de metros cúbicos al año durante un máximo de diez años.
Utah abrió además un programa de 50 millones de dólares para transacciones voluntarias, mejoras en los sistemas de agua y trabajos de hábitat. «Cada gota de agua que llega al Gran Lago Salado importa», resumió el entonces comisionado Brian Steed al anunciar una de las nuevas entregas.
El caudal que falta
Las medidas son relevantes, pero todavía no igualan la escala del problema. El resumen técnico estatal de 2026 estima que harán falta aportes adicionales sostenidos del orden de cientos de millones de metros cúbicos al año para devolver el lago a cotas más saludables bajo el clima actual.
Eso no implica cerrar de un día para otro el riego o el suministro urbano. En la práctica, exige ahorrar agua en agricultura, ciudades e industria, medir ese ahorro y proteger legalmente su recorrido para que no sea utilizada de nuevo antes de llegar al lago.
Los inviernos húmedos pueden dar un respiro, como ocurrió después del mínimo de 2022, pero no sustituyen una asignación estable para el ecosistema. Las aves siguen llegando y el lago aún conserva una productividad extraordinaria. La ventana para mantenerla abierta, eso sí, parece cada vez más estrecha.
El informe principal se ha publicado en la National Audubon Society.



