Venezuela ha anunciado un objetivo ambiental con números sobre la mesa y una idea muy clara, producir y sembrar 11 millones de plantas forestales y frutales en 2026, con la intención de recuperar cuencas y proteger los suelos. La propuesta aparece en una nota de prensa del Ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo, con la Compañía Nacional de Reforestación (Conare) como pieza operativa y con un mensaje que apunta a la organización comunitaria para sostener el esfuerzo en el tiempo.
La pregunta que importa no es solo cuántos plantones se ponen en tierra, sino cuántos llegan a convertirse en árboles. Y aquí el contexto pesa, según Global Forest Watch, entre 2001 y 2024 Venezuela perdió 2,6 millones de hectáreas de cobertura arbórea, una cifra asociada a 1,1 gigatoneladas de emisiones de CO2 equivalente. ¿Qué significa esto en la práctica? Que reforestar ayuda, pero proteger lo que todavía queda sigue siendo igual de urgente.
11 millones de plantas y 200 especies
El anuncio oficial fija la meta en 2026 y habla de 11 millones de plantas forestales y frutales, dentro del Vértice 2 «Sembrar para la Vida» de la Gran Misión Madre Tierra. También sitúa a Conare en el centro de esa tarea y recuerda que la entidad celebra su 50 aniversario, una forma de señalar que el plan quiere continuidad y no quedarse en una campaña de temporada.
Hay otro dato que cambia el enfoque, el objetivo de recolectar más de 11 millones de semillas de 200 especies diferentes. Esto no suena tan llamativo como “millones de árboles”, pero suele ser la diferencia entre plantar lo que hay y plantar lo que encaja con cada suelo, cada altitud y cada régimen de lluvias. Y eso se nota.
Agroforestería para que el árbol se cuide
Conare describe un modelo de agroforestería familiar que mezcla especies forestales autóctonas como cedro, caoba o bucare con frutales como cacao, café, guanábana y merey. La lógica es sencilla de explicar, si la plantación también da alimento o ingresos, hay más incentivos para cuidarla, reponer marras y protegerla cuando llegan los meses duros.
El plan incluye además la producción de 250.000 plantas de cacao y la promoción de especies como el bambú para la protección de los suelos. No es poca cosa, porque ahí se ve que no se está pensando solo en “verde”, sino en sistemas que puedan estabilizar terrenos degradados y, a cambio, aportar algo útil a la comunidad.
Cuencas, agua y luz en casa
El propio titular del comunicado resume la prioridad, recuperar cuencas y proteger los suelos. Cuando se pierde cubierta vegetal, el agua escurre más rápido, aumenta la erosión y el suelo fértil se va con cada lluvia intensa, un problema que luego se nota en la agricultura, en los ríos y hasta en el grifo cuando aprieta la sequía.
Y hay un enlace menos visible, pero muy real, el energético. Venezuela depende sobre todo de la generación hidroeléctrica y, según análisis recientes, el país obtiene la mayor parte de su electricidad del agua, con un peso enorme de grandes instalaciones como Guri. Por eso, cuidar cuencas no es solo naturaleza, también es estabilidad para servicios básicos que la gente nota al instante cuando fallan.
El ejemplo del Parque Hugo Chávez
La nota de prensa baja la idea a terreno con un caso concreto. Lismar Lemus, integrante del vivero Cacique Tiuna, explica su experiencia en la producción de plantas y en la elaboración de abonos orgánicos, y relata la recuperación de 23 hectáreas en el Parque Hugo Chávez con especies frutales, con apoyo de Conare.
Este tipo de ejemplos importa por una razón muy práctica, muestra que la reforestación no termina cuando se planta, empieza ahí. Si hay seguimiento, abono, reposición y cuidado local, la supervivencia sube y el resultado se consolida, que es justo lo que convierte una plantación en un proyecto de restauración de verdad.
El riesgo que nadie celebra
Aquí conviene meter un dato que a veces estropea el titular, pero mejora la realidad. Un análisis sobre restauración forestal en regiones tropicales y subtropicales encontró que, de media, muere el 18% de los plantones en el primer año y la mortalidad sube al 44% a los cinco años, aunque con mucha variación según el lugar y las especies. En otras palabras, contar árboles plantados es fácil, contar árboles vivos es la medida que de verdad importa.
Los propios autores apuntan a causas muy terrenales, densidad de plantación, elección de especies, condiciones del sitio, eventos climáticos extremos y, sobre todo, manejo y mantenimiento. Esto no invalida la meta de los 11 millones, pero sí marca el listón, el éxito dependerá de cuánto se invierta en cuidar, no solo en plantar.
Qué habría que medir a partir de ahora
Si el plan va en serio, se debería poder seguir con indicadores fáciles de entender. Supervivencia a 12 meses, a 3 años y a 5 años, diversidad real de especies según la zona, superficie restaurada con continuidad y no solo puntos sueltos, y publicación de dónde se actúa y con qué especies, para que la gente pueda comprobarlo sin necesidad de ser experta.
En paralelo, el ministerio plantea sumar a «viveristas» y llegar al objetivo de establecer un vivero en cada comuna, una red que, bien organizada, puede ser clave para reponer plantones y mantenerlos cerca de quien los cuida. Si la meta se traduce en árboles vivos y cuencas recuperadas, el impacto se notará en agua más estable, suelos menos erosionados y comunidades más fuertes.
La nota de prensa oficial con el detalle de este plan ha sido publicada en la web del Ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo.
Foto: Ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo












