En los últimos años, un equipo de investigadores de la Universidad de Talca y otras instituciones chilenas y argentinas ha estudiado qué pasa con las abejas que forrajean cerca de torres de alta tensión y antenas de telefonía. Su trabajo combina experimentos de laboratorio y mediciones en campo.
Las conclusiones son claras. Cerca de las líneas eléctricas activas midieron campos electromagnéticos unas diez veces más intensos que en zonas de referencia. En esos puntos, las abejas mostraban una fuerte respuesta de estrés; por ejemplo, aumentaba la producción de proteínas de choque térmico (las conocidas “heat shock proteins”) y otros marcadores bioquímicos relacionados con el estrés oxidativo.
En palabras del propio equipo, «cada vez que una abeja se acerca a un tendido eléctrico o una antena de celular se estresa». Ese estrés se traduce en un incremento de la temperatura interna del insecto y en una menor capacidad para polinizar flores cercanas. En experimentos con la amapola de California, las plantas situadas junto a las torres activas recibieron muchas menos visitas de abejas y produjeron menos semillas que las que crecían lejos de la infraestructura.
El mismo trabajo, publicado en la revista Science Advances, también confirma que los campos electromagnéticos artificiales alteran la expresión de genes vinculados con el comportamiento, la orientación magnética y los sistemas de defensa frente al estrés. Es decir, no hablamos solo de un pequeño “susto”, sino de cambios medibles en la fisiología y el comportamiento de las abejas.
Otras revisiones recientes sobre efectos de las ondas electromagnéticas en seres vivos insisten en lo mismo. Hay diversidad de resultados según la intensidad, la frecuencia y el diseño de los estudios, pero se observa un patrón de respuestas de estrés y cambios de comportamiento en distintos grupos de animales, incluidos polinizadores. Los autores recuerdan que las evidencias son suficientes para pedir prudencia, aunque todavía no resuelvan todas las dudas.
Importante matiz que a veces se pierde en redes sociales. Este trabajo se centró en torres de alta tensión y antenas, no en paneles solares domésticos. El mecanismo, sin embargo, es el mismo; campos electromagnéticos de origen humano que se superponen al campo magnético natural que usan las abejas para orientarse.
Y los parques solares, ¿cómo encajan en esta historia?
Cuando hablamos de plantas fotovoltaicas grandes, el impacto sobre las abejas no viene solo por los campos electromagnéticos de inversores y líneas de evacuación. También cuenta el cambio físico del hábitat.
Un estudio reciente en veinte parques solares del sur de Francia, publicado en la revista Biological Conservation, comparó la presencia de polinizadores y las interacciones flor–insecto bajo los paneles, entre filas y en zonas sin sombra dentro del mismo recinto. El resultado fue claro. Bajo los paneles había alrededor de un 76 % menos de polinizadores y un 86 % menos de interacciones de polinización que en las zonas sin sombreado, con valores intermedios entre las filas.
El estudio apunta sobre todo a efectos de microclima y vegetación. Menos luz significa menos flores y, por tanto, menos alimento para los insectos. Además, el tipo de gestión del terreno cuenta bastante. Donde se usaba pastoreo intensivo, la diversidad y la abundancia de polinizadores eran menores que en las plantas gestionadas con siega cuidadosa y praderas más ricas.
En paralelo, otros trabajos y experiencias de campo señalan justo lo contrario cuando se planifican bien las instalaciones. Grandes eléctricas europeas han empezado a instalar colmenas y sembrar mezclas de flores autóctonas bajo y alrededor de los paneles, creando refugios para abejas y mariposas en terrenos que antes se dedicaban a monocultivos o estaban degradados.
En la práctica, eso significa que un parque solar puede ser un problema para los polinizadores si solo es grava y metal, o una oportunidad de biodiversidad si se diseña con franjas floridas, menos pesticidas y una gestión del suelo más suave.
Entonces, ¿hay que abandonar los paneles solares?
Todo apunta a que no. La energía fotovoltaica sigue siendo una pieza clave para reducir emisiones de CO₂ y frenar un calentamiento que también está afectando a las abejas con olas de calor, sequías y cambios en la floración. Pero los estudios nuevos nos recuerdan que la transición energética no es solo cuestión de megavatios. También de cómo convive esa nueva infraestructura con la naturaleza. En el día a día, esto se traduce en varias ideas sencillas.
Para quien tiene paneles en el tejado, la situación no es comparable a vivir bajo una línea de alta tensión. Los campos electromagnéticos se reducen mucho con la distancia y en los sistemas domésticos provienen sobre todo del inversor y el cableado, no de la placa en sí. Aun así, si tienes terraza o jardín, puedes sumar plantas melíferas y evitar pesticidas; es ahí donde más puedes ayudar a las abejas.
En grandes plantas solares, los expertos proponen separar lo máximo posible los equipos eléctricos de alta intensidad de las zonas de máximo interés para polinizadores, limitar el pastoreo intensivo, diseñar corredores floridos entre hileras y aprovechar que el campo electromagnético de las líneas se atenúa mucho a partir de unas pocas decenas de metros.
En el fondo, la pregunta no es si paneles o abejas. Es cómo conseguir ambas cosas a la vez. La buena noticia es que la ciencia ya ofrece pistas concretas y que muchos proyectos solares empiezan a incorporar criterios de biodiversidad desde el diseño. El reto ahora es que esa forma de trabajar deje de ser la excepción.
El estudio científico sobre campos electromagnéticos y abejas ha sido publicado en la revista Science Advances.



















