La gran corriente del Atlántico que lleva calor hacia el norte podría perder mucha más fuerza de la que indicaba el promedio de los modelos climáticos. Dos estudios recientes aportan nuevas pistas desde ángulos distintos y refuerzan una conclusión incómoda, la AMOC se habría debilitado y podría perder todavía más intensidad durante este siglo.
Eso no significa que Europa vaya a congelarse de repente, como ocurre en la película «El día de mañana». Los cambios se desarrollarían durante años o décadas, pero podrían modificar temperaturas, lluvias, tormentas y ecosistemas. Es menos cinematográfico. También es más real.
Qué es la AMOC
La Circulación Meridional de Retorno del Atlántico, conocida como AMOC por sus siglas en inglés, es un enorme sistema de corrientes. Transporta agua cálida y salada hacia el Atlántico Norte y devuelve agua fría hacia el sur por las capas profundas del océano.
La corriente del Golfo forma parte de este sistema, aunque no son exactamente lo mismo. Cuando el agua llega a latitudes altas, libera calor, se enfría, gana densidad y se hunde. Ese movimiento ayuda a que Europa occidental tenga un clima más suave de lo que correspondería por su latitud.
La burbuja fría
Al sur de Groenlandia e Islandia existe una zona que se ha enfriado desde el siglo XIX mientras casi todo el planeta se calentaba. Los científicos la llaman «burbuja fría» o «agujero de calentamiento», y lleva años apareciendo en mapas climáticos que a veces circulan sin suficiente contexto.
El equipo de Stefan Rahmstorf analizó reconstrucciones basadas en observaciones del contenido de calor del océano y de los intercambios de energía con la atmósfera. Sus resultados indican que el enfriamiento alcanza distintas profundidades y no puede explicarse solo porque la superficie pierda más calor.
En el fondo, la explicación que mejor encaja es que llega menos energía transportada por el océano. El trabajo apoya así la interpretación de la burbuja fría como una señal de una AMOC debilitada, aunque reconoce que desde 1955 las tendencias estudiadas no alcanzan significación estadística por la gran variabilidad natural y la falta de datos profundos más antiguos.
Una caída del 51%
El segundo estudio, dirigido por Valentin Portmann, comparó cuatro métodos para combinar observaciones reales con modelos climáticos. Bajo el escenario intermedio SSP2-4.5, el promedio sin corregir proyectaba un debilitamiento del 32% con una incertidumbre muy amplia para finales de siglo.
Al ajustar los modelos según su capacidad para reproducir variables observadas, la estimación subió al 51% con un margen de ocho puntos porcentuales dentro de un intervalo del 90%. La comparación toma como referencia el periodo 1850-1900 y calcula el estado medio de la AMOC entre 2091 y 2100.
Conviene detenerse aquí. Ese 51% no es la probabilidad de que la corriente colapse, sino la reducción estimada de su fuerza. «La AMOC va a disminuir más de lo esperado», explicó Portmann, pero el estudio no fija ni el umbral exacto de un posible punto de inflexión ni la fecha en que podría alcanzarse.
Qué cambiaría en Europa
Una AMOC más débil transportaría menos calor hacia el Atlántico Norte. Eso podría enfriar esa región respecto al resto del planeta, alterar los recorridos de las borrascas y cambiar los patrones de lluvia, sobre todo durante el invierno.
¿Significa que Europa dejará de calentarse? No necesariamente. El calentamiento global seguiría actuando, pero algunas zonas podrían calentarse menos de lo previsto, sufrir inviernos más duros o experimentar contrastes estacionales distintos. Y eso se nota en el campo, la gestión del agua y la demanda de energía.
Para España, el resultado concreto todavía es difícil de precisar. Los cambios en la circulación atmosférica del Atlántico pueden influir en las lluvias y las sequías, pero la intensidad y la distribución regional siguen teniendo una incertidumbre considerable. No hay un único mapa del futuro.
No será de un día para otro
La AMOC mueve cantidades enormes de agua y posee una gran inercia. Una ralentización importante no apagaría el sistema como quien pulsa un interruptor, sino que se desarrollaría durante años o décadas y sus efectos se irían acumulando.
Santiago Giralt, investigador de Geoscience Barcelona-CSIC, lo resume con una frase sencilla sobre «El día de mañana». «La física es correcta, pero los tiempos no». La película comprime en días procesos que, en el mundo real, necesitarían mucho más tiempo.
El último gran informe del IPCC concluyó que la AMOC se debilitará muy probablemente durante este siglo. También indicó una confianza media en que no se producirá un colapso abrupto antes de 2100. Los nuevos trabajos elevan la preocupación, pero no convierten una ralentización del 51% en una catástrofe inmediata.
El debate sigue abierto
La cifra de Portmann no es la única estimación disponible. Un estudio publicado en 2025 aplicó otro tipo de restricción observacional y calculó una reducción de entre el 18% y el 43% antes de finales de siglo, bastante menor que el 51%.
¿Cómo pueden surgir resultados distintos con observaciones parecidas? Cada método decide qué variables son más útiles para corregir los modelos. Unos dan más peso a la salinidad del Atlántico Sur y otros a la profundidad y la estructura actual de la circulación.
Los propios autores del trabajo de Portmann piden cautela. Su cálculo reduce mucho la incertidumbre, pero depende de supuestos estadísticos fuertes y de la selección de variables. Además, las principales series de vigilancia directa y continua apenas abarcan unas dos décadas, muy poco frente a un sistema con cambios naturales lentos.
Qué debemos vigilar ahora
Los próximos años serán decisivos para ampliar las series de temperatura, salinidad, densidad y transporte de calor. Las boyas, los barcos, los satélites y las redes de instrumentos que cruzan el Atlántico permitirán separar mejor una tendencia causada por el calentamiento de las oscilaciones naturales.
No hay motivos para esperar una glaciación mañana, pero tampoco para restar importancia a una corriente que influye en el clima del Atlántico y de regiones conectadas. Reducir las emisiones limita la presión sobre el sistema, mientras que mejorar la adaptación ayuda a preparar la agricultura, las costas, la energía y las infraestructuras para escenarios que ya no parecen tan lejanos.
La ciencia todavía debe afinar la magnitud y el calendario del riesgo.
El estudio más reciente sobre la «burbuja fría» puede consultarse en Science Advances.



