El Mar Menor también agoniza en invierno

Durante todo el invierno el Mar Menor no ha dejado de hacer sentir su grito de dolor, en forma de efluvios hediondos y pestilentes. Pero como no es época de vacaciones, nadie lo abraza o grita de indignación ante sus orillas.

Un clamor cíclico

Hace ya muchos años que el Mar Menor está sufriendo un deterioro pronunciado y progresivo, que a estas alturas resulta casi imparable. Hay equilibrios que los biólogos han dejado claro que ya se han roto y que solo un cambio drástico, que incluya el cese inmediato de las plantaciones, la urbanización, el turismo, etc., le daría alguna esperanza de recuperación.

Y en cada temporada todo empeora, caen cuatro gotas y aparecen miles de peces y crustáceos muertos, la gente se indigna, se pone camisetas, hace marchas y realiza todo tipo de actos de solidaridad para con el Mar Menor, pero en cuanto se termina la temporada desaparecen las banderitas y salvo unos pocos que no abandonan la lucha, la mayoría no se acuerda de esta pobre albufera agonizante hasta que toca preparar las maletas para el verano siguiente.

Esto NO es nuevo

En 2016 el evento de mortandad de peces fue espeluznante y ello se volvió a repetir en 2019, en 2020 y en 2021. Y cada vez que sucede se empiezan a buscar culpables y cabezas que hacer rodar por un lado y por el otro se esgrimen las más peregrinas e imaginativas excusas y explicaciones, para esta muerte anunciada desde hace décadas.

Que si los agroquímicos de las plantaciones de lechugas, brócolis, alcachofas, melones y demás cultivos que unos ‘iluminados’ plantan en terrenos de secano, que si la urbanización asesina que se ha cargado gran parte de la costa, que si la pesca, que si los vertidos industriales, que si las aguas residuales, que si la lluvia, en realidad el daño es un poco culpa de cada sector, aunque todos se rasgan las vestiduras, se proclaman inocentes y culpan a algún otro, en plan ‘y tu más’.

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Todo sucede ante las narices de quienes deberían poner coto, regular, aplicar las leyes de protección medioambiental que existen, no derogar las normativas protectoras (como sucedió con la Ley del Mar Menor de 1987), vigilar y controlar férreamente el patrimonio natural.

Porque en realidad se han dedicado a mirar para otro lado y según varias causas que ya se han llevado ante la Justicia, presuntamente se han ‘dejado convencer’ de no ejercer su mandato como corresponde. Y los que los votan, a ellos y a sus ‘colegas’ de trapisondas son tan culpables de lo que hacen, como los elegidos.

Salvo los vecinos, un puñado de visitantes fieles y algunas organizaciones ambientalistas y plataformas de defensa del Mar Menor que siguen peleando por salvarlo, la enorme mayoría de los que se manifestaron en verano, que gritaron de pura indignación y blandieron pancartas, consignas y banderas en cuanta oportunidad tuvieron, desaparecieron como por ensalmo, exactamente igual que en ocasiones anteriores.

Mientras tanto, los que dependen de la época estival como son la restauración, la hostelería y prácticamente todos los comercios y empresas de servicio locales se debaten entre su amor por el Mar Menor y su supervivencia.

Y para ‘ayudar’ los hay que se inventan soluciones aberrantes, como la colocación de plataformas que permiten ‘saltarse’ las orillas colmadas de algas putrefactas y basura de todo tipo y zambullirse mar adentro, en aguas cristalinas (aunque presumiblemente no muy sanas).

En la imagen de este artículo puede apreciarse el estado real de las orillas en La Manga del Mar Menor, lo que explica que el olor a podrido se perciba a varios kilómetros de distancia, según sople el viento. Y con las lluvias que han caído este fin de semana, los vecinos rezan para que no haya una nueva mortandad. Pero, mientras el Mar Menor da sus últimos coletazos, quienes deberían velar por su seguridad siguen buscando a quien echarle la culpa de su ineptitud e inacción.

 

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