Pakistán está intentando una de esas tareas que suenan enormes incluso antes de empezar. El país quiere recuperar tierras degradadas, reforzar sus bosques y plantar o regenerar miles de millones de árboles en un territorio muy golpeado por inundaciones, sequías y olas de calor. No es poca cosa.
El plan se conoce como Ten Billion Tree Tsunami Programme y después quedó integrado en el Green Pakistan Upscaling Programme. La cifra más llamativa es la meta de 10.000 millones de árboles, pero la clave está en otra pregunta mucho más terrenal. ¿Cuántos sobreviven, crecen y vuelven a formar ecosistemas reales? El propio Ministerio de Cambio Climático de Pakistán informó de 2.068,86 millones de plantas acumuladas entre 2019 y 2023 y de unas 716.000 hectáreas restauradas en esa fase.
Un país con poco margen
Pakistán emite menos que las grandes potencias industriales, pero está muy expuesto a los golpes del clima. El Ministerio de Cambio Climático y Coordinación Ambiental reconoce que el país aporta menos del 1 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, aunque se considera extremadamente vulnerable a sus impactos.
El problema se agrava porque la cobertura forestal nacional sigue siendo baja. Según el mismo ministerio, los últimos datos del Forest Reference Emission Level sitúan la superficie forestal en 4,786 millones de hectáreas, alrededor del 5,45 % del país. En la práctica, eso deja menos protección natural frente a erosión, avenidas de agua, pérdida de suelo y calor extremo.
De una provincia al país entero
El origen del plan está en Khyber Pakhtunkhwa, una provincia del norte donde antes se impulsó el Billion Tree Tsunami. Aquella experiencia mezcló plantaciones, regeneración natural, vigilancia contra la tala y participación de comunidades locales. Luego llegó el salto nacional.
El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente explicó en 2021 que la iniciativa, apoyada por el organismo, buscaba plantar 10.000 millones de árboles y que entonces acababa de alcanzar el hito de los 1.000 millones. Dechen Tsering, directora regional del PNUMA para Asia y el Pacífico, defendió que Pakistán estaba «liderando este importante esfuerzo».
La fase I del plan se diseñó para el periodo 2019-2023, con un coste oficial de unos 125.184 millones de rupias y un objetivo de 3.296 millones de plantas mediante forestación, reforestación, distribución de plantas y regeneración natural. La promesa de 10.000 millones, por tanto, sigue siendo una meta de largo recorrido, no una cifra ya cerrada.
Lo que vio la ciencia
La pregunta incómoda es sencilla. ¿Funciona de verdad un plan así o solo produce grandes titulares? Un estudio publicado en Environment, Development and Sustainability analizó el impacto del Billion Trees Tsunami Afforestation Project en una zona forestal del Hindukush, dentro de Khyber Pakhtunkhwa.
Los autores usaron datos de teledetección, imágenes Landsat, Google Earth de alta resolución y observaciones de campo para medir cambios en la vegetación. No se limitaron a contar plantones sobre el papel. Miraron el terreno desde arriba y lo contrastaron con controles sobre el suelo.
El resultado llama la atención. En el área estudiada, la cobertura forestal sana cayó del 20 % al 2 % entre 1990 y 2010, pero subió hasta el 35 % en 2021 tras el programa. Los investigadores relacionan esa recuperación con la plantación de árboles, la prohibición de talas, la vigilancia y la participación comunitaria.
Plantar no basta
Aquí conviene frenar un poco el entusiasmo. Plantar árboles no es lo mismo que restaurar un bosque. Un bosque necesita agua, especies adecuadas, suelo vivo, sombra, fauna, tiempo y protección frente a talas, incendios o sobrepastoreo.
El propio balance oficial reconoce que la supervivencia es una de las medidas importantes. Según el Ministerio de Cambio Climático, un consorcio externo formado por IUCN, WWF y FAO informó de rangos medios de supervivencia del 72 % al 93 % en plantaciones y regeneración. Es una señal relevante, aunque no elimina la necesidad de seguir midiendo año tras año.
Y ahí está el detalle que no cabe en una foto de campaña. Un árbol de un año no cumple la misma función que un bosque maduro. La restauración se decide con paciencia, no con una ceremonia de plantación.
El lado incómodo
Los megaproyectos verdes también pueden dejar gente fuera. Un informe del International Institute for Environment and Development, recogido por la FAO, advirtió de que el Ten Billion Tree Tsunami Programme mostraba un patrón de ganadores y perdedores. Según ese análisis, los beneficios llegaron en mayor medida a grupos con más recursos, mientras pastores y personas sin tierra quedaron excluidos.
Esto importa mucho. En zonas rurales, un terreno cerrado para regeneración natural puede ser bueno para los árboles, pero complicado para quien depende del pastoreo o de la recogida de leña. Si la restauración se hace sin escuchar a esas familias, el conflicto acaba llegando tarde o temprano.
Por eso, el éxito no se medirá solo en millones de plantas. También habrá que mirar quién cuida esos bosques, quién cobra por hacerlo, quién pierde acceso a recursos y quién participa en las decisiones. La naturaleza no se recupera bien si la gente que vive allí queda al margen.
La prueba final
Pakistán ha puesto sobre la mesa una apuesta enorme en un momento difícil. El plan puede ayudar a recuperar laderas, proteger cuencas, mejorar hábitats y crear empleo verde en zonas vulnerables. Pero el reloj corre y el clima no espera.
La mejor noticia es que ya hay datos que muestran recuperación en algunas áreas de Khyber Pakhtunkhwa. La advertencia es igual de clara. Si se relajan la vigilancia, la financiación y la participación local, una parte de esos avances puede perderse con rapidez.
El verdadero «tsunami» no será haber anunciado 10.000 millones de árboles. Será conseguir que una parte importante de ellos sobreviva, forme ecosistemas sanos y mejore la vida de las comunidades que los rodean.
El estudio completo ha sido publicado en Springer Nature.










