Conservar el bosque urbano

El árbol, una de las unidades básicas estructurales que conforman cualquier bosque, posee una serie de características físicas y funcionales que le permiten subsistir, reproducirse exitosamente, interactuar con su entorno y sobre todo brindarnos los beneficios de los que disfrutamos a lo largo de su existencia.

Cuando hablamos de un bosque urbano nos estamos refiriendo a un contexto muy particular, a grupos de individuos (árboles) que quedaron inmersos en la trama de construcciones cuando se fue desarrollando un pueblo o ciudad, o a aquellos que se sembraron y se introdujeron acompañando avenidas, plazas, parques o solares de edificaciones levantadas progresivamente para satisfacer las necesidades de vivienda de una población creciente. Visto así, podemos decir que el bosque urbano es la expresión natural y cultural de una población y es la expresión del grado de respeto que tienen autoridades y vecinos por la naturaleza. Ahora bien, para que esa expresión natural creada de buena fe -sin lugar a dudas- permanezca en el tiempo su escogencia debe ser pensada y acertada, de lo contrario podría generar destrucción de las instalaciones básicas que permiten que el pueblo o la ciudad funcione, al igual que sus servicios, o podría generar costos cada vez más elevados de las labores de mantenimiento de los espacios públicos o privados.

Escogencia de la especie

Las principales características que deben tomarse en cuenta a la hora de escoger una especie arbórea para ser implantada en un ambiente urbano son su adaptación en el contexto espacial en el cual se desarrollará y su necesidad de mantenimiento.

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Muy a menudo se observa que se siembran en avenidas y calles especies cuyo sistema de raíces se desarrolla de forma extendida y superficial, lo que hace que a medida que van creciendo vayan levantando aceras o dañando instalaciones de servicio. También se puede observar que se siembran especies introducidas desde otras latitudes ocasionando que se vayan desplazando nuestras especies autóctonas y se incrementen los costos de mantenimiento, aunque lo que suele suceder es que en realidad se construyen espacios que luego son abandonados porque sencillamente no se pueden afrontar los elevados costos y complicaciones de mantenimiento.

La mala escogencia de las especies para implantar un bosque urbano termina trayendo como consecuencia la existencia de lugares abandonados, destrozo de infraestructura urbana, impactos negativos y mutilaciones a los árboles al querer arreglar con podas severas lo que no se puede arreglar con ellas y deterioro de nuestro espacio público y entorno.

Por su parte, si existe el planificador y constructor sensibilizado con la naturaleza y respetuoso de su entorno, cuando decide preservar árboles al levantar ciudades y construcciones, éstas deben ser ejecutadas con todas aquellas técnicas constructivas y ecológicas existentes que permitan la subsistencia de la especie en el tiempo y su desarrollo natural, de manera que además de obtener los beneficios básicos e indispensables que obtenemos de ellos, podamos disfrutar estéticamente de su majestuosidad, arquitectura armónica, color, floración e inclusive de la fauna silvestre asociada a ellos.

Cuando se escoge correctamente un árbol para construir un bosque urbano se elimina la posibilidad de someterlo a mutilaciones, impactos o daños o en el caso extremo a su tala.

Podas adecuadas

Las podas son prácticas culturales que no escapan a las consideraciones que ya hemos expuesto y mucho menos al desconocimiento público de cuándo ellas son pertinentes y cómo deben practicarse.

Aquellos organismos públicos cuya competencia abarca el mantenimiento, mejora y conservación de los bosques, y en especial de los bosques urbanos, deben ser celosos del estricto respeto a las buenas prácticas de poda ya que hacerlo incorrectamente puede desbalancear la estructura y peso de los árboles y convertirlos en elementos potenciales de riesgo a la hora de venir los ciclos naturales de lluvias o vientos en cada una de nuestras regiones.

En general, una poda sólo debe hacerse cuando existe una enfermedad, para eliminar material muerto o corregir alguna deformación de crecimiento, entre otras razones de peso. En ningún caso deben hacerse podas que rompan el equilibrio del árbol o de sus raíces; podar una raíz de sostén en un árbol sería equivalente a quitarle una de sus bases a un edificio, o de quitarle una pata a una mesa. Podar la mitad de las ramas de la copa de un árbol porque ellas se extienden sobre una calle, equivale a desbalancear su peso y construir una estructura inestable de riesgo que puede caer con la lluvia o un ventarrón, con el agravante de que la masa vegetal que se desprende puede pesar toneladas en el caso de los árboles adultos. Podar ramas y dejar muñones sin desinfectar las heridas hechas a los árboles -bien con machetes o motosierras- ocasiona infecciones y posterior pudrición de la rama y, eventualmente, muerte del árbol; sería equivalente a abrir una herida en un humano que al no limpiarla hasta que cierre ocasionaría una infección.

Otro error en el que incurren muchas veces es podar los árboles en forma de chupeta, es decir, podar todas sus ramas inferiores y dejar solamente las ramas superiores, práctica común pero nefasta ya que genera inestabilidad en la estructura y elimina las ramas que servirían de parabán para amortiguar la posible caída de ramas superiores, sobre todo cuando la especie es de madera de fácil fractura y de tamaños mayores a seis metros de altura.

La ñapa

Como ñapa a este conjunto de recomendaciones podríamos promover la eliminación de la práctica de pintar los árboles, sólo les genera toxicidad sin añadir ningún beneficio. Sería más provechoso usar esa pintura para proteger los bancos y rejas de nuestros espacios públicos que bien merecen un cariñito.

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