Los investigadores registran ecos repetidos y señales acústicas de baja frecuencia en una zona alejada de las rutas comerciales, pero admiten que la identificación depende del análisis de ADN ambiental, aún en curso
Un equipo de investigación oceanográfica ha comunicado la detección de un gran animal marino en aguas oceánicas alejadas de las rutas marítimas habituales, tras registrar durante horas ecos repetidos en sensores remotos y patrones acústicos de baja frecuencia. La expedición, que trabaja con boyas autónomas, drones y una red de hidrófonos, subraya que la evidencia apunta a un organismo de gran tamaño, aunque insiste en que la especie sigue sin poder confirmarse por falta de imágenes nítidas.
Los datos difundidos por el grupo describen un perfil que aparece en el radar como una traza alargada y que se repite desde distintos ángulos. La principal grabación se obtuvo, según el equipo, mediante una boya de superficie equipada para detectar vibraciones de baja frecuencia. La triangulación posterior, apoyada en algoritmos de reconocimiento de patrones, redujo la hipótesis de un artefacto instrumental, siempre según los responsables de la campaña.
“Observamos un perfil que no tiene un gemelo real en las bases de datos conocidas”, afirma el biólogo marino L. Wagner en el comunicado. En su descripción, el cuerpo del animal sería “compacto” y con contornos “cerrados”, un rasgo que, a juicio del equipo, encaja peor con grandes filtradores y mejor con depredadores de natación activa.
Mediciones prudentes, preguntas abiertas
La expedición trabaja con una horquilla de longitud de entre 16 y 20 metros, con un peso que sitúa de forma tentativa entre 40 y 70 toneladas, cifras que el propio comunicado define como conservadoras. Los científicos reconocen que la estimación depende del desplazamiento de agua inferido y de la respuesta de los sensores, un método útil para acotar tamaños, pero insuficiente para determinar identidad taxonómica. En la tabla comparativa aportada por el equipo se detectan, además, inconsistencias en algunas unidades, un detalle que aconseja prudencia hasta contar con un informe técnico completo.
Para contextualizar, los cachalotes, el mayor cetáceo odontoceto, alcanzan longitudes en torno a 14 o 16 metros en machos adultos según fichas divulgativas de referencia, con variación por edad y región. En ese umbral, la horquilla comunicada por la expedición situaría al animal observado en el rango superior de grandes depredadores conocidos, aunque sin rebasarlo de forma inequívoca.
El papel del ADN ambiental
El elemento clave para avanzar en la identificación es el análisis de ADN ambiental, el material genético que los organismos liberan al agua mediante piel, mucosas, heces o células desprendidas. El equipo asegura que sus minidrones ya han recogido muestras y que los primeros marcadores apuntan a peces cartilaginosos, si bien también aparecen secuencias que no encajan de forma limpia en catálogos de referencia, un resultado compatible tanto con contaminación de la muestra como con mezclas de ADN de varias especies o con lagunas en las bases de datos.
La literatura científica y los organismos públicos que emplean esta metodología advierten de sus límites. El ADN ambiental sirve para detectar presencia y ampliar inventarios de biodiversidad, pero no siempre permite inferir tamaño, abundancia o ubicación exacta en el momento de la muestra, porque las corrientes pueden desplazar el material genético.
Un hallazgo con implicaciones ecológicas
Si la detección acabara confirmando la presencia estable de un gran depredador en la zona, la consecuencia más relevante no sería el efecto “récord”, sino lo que implicaría sobre la red trófica local. Un animal de ese tamaño exige flujos de energía relativamente constantes, lo que puede señalar corredores de migración, concentraciones de presas o montes submarinos con alta productividad. El oceanógrafo M. Berger, citado en el comunicado, lo resume así. “Un animal de este tamaño no es una casualidad, sino el resultado de flujos de energía estables”.
La expedición sostiene que trabaja con métodos pasivos para minimizar el impacto acústico y evitar la persecución directa del posible animal, una práctica alineada con recomendaciones habituales en investigación de grandes vertebrados marinos. El siguiente paso, según el equipo, es desplegar más hidrófonos y reforzar la captura de imágenes multiespectrales en puntos donde convergen corrientes y se agrupan bancos de peces.
Por ahora, el caso queda en una fase preliminar. La señal es consistente, pero la prueba concluyente depende de que el análisis genético identifique una especie de manera robusta y de que se obtenga documentación visual que descarte interpretaciones alternativas. En la práctica, el propio relato de los investigadores conduce a una conclusión sobria. La tecnología ha detectado un fenómeno repetido, pero aún no ha nombrado al animal.



















