Durante más de 160 años, la ciencia creyó que la víbora de foseta del Himalaya era una sola especie extendida por una enorme franja de montañas entre Pakistán, India y Nepal. Ahora, un nuevo estudio acaba de cambiar esa historia. Lo que parecía un único animal era, en realidad, un grupo de cinco especies distintas, tres de ellas desconocidas hasta ahora para la ciencia.
La clave no estaba solo en nuevas expediciones por zonas remotas. También estaba guardada en museos, en serpientes conservadas desde el siglo XIX y principios del XX. Esos ejemplares antiguos, junto con ADN recién obtenido, huesos, escamas, distribución geográfica y datos ecológicos, han permitido separar lo que durante generaciones se había metido en el mismo saco. Y eso, para la conservación, no es poca cosa.
Cinco especies
El nombre conocido hasta ahora era Gloydius himalayanus, descrita por primera vez en 1864. Pero el nuevo análisis reduce su identidad estricta al noroeste de la India, donde vive normalmente entre los 1000 y los 3500 metros de altitud. Es decir, no desaparece como especie, pero deja de representar a todas las poblaciones que antes se le atribuían.
A su lado aparece Gloydius chambensis, descrita en 2022 en el distrito indio de Chamba y ahora con una distribución ampliada hacia el oeste, hasta el valle de Cachemira. También están las tres nuevas. Gloydius hazarensis, de la región de Hazara en el noreste de Pakistán, Gloydius hindukushensis, de las estribaciones orientales del Hindu Kush en el noroeste paquistaní, y Gloydius nepalensis, registrada en el oeste y centro-oeste de Nepal.
¿Qué significa esto en la práctica? Que una especie que parecía tener una gran área de distribución se divide ahora en piezas mucho más pequeñas. Sobre el mapa puede sonar a detalle académico, pero en la naturaleza cambia casi todo.
ADN de museo
Los investigadores no se limitaron a mirar serpientes actuales. El estudio incorporó material recién recolectado y ADN obtenido de especímenes de museo de los siglos XIX y XX, incluido uno de los ejemplares originales usados para definir Gloydius himalayanus. Esa comparación fue esencial para saber qué serpiente debía conservar el nombre histórico y cuáles eran linajes diferentes.
Daniel Jablonski, de la Universidad Comenius de Bratislava, lo resumió de forma clara al explicar que el equipo descubrió “linajes evolutivos ocultos durante más de un siglo”. La frase encaja bien con lo ocurrido. La serpiente no cambió de repente. Lo que cambió fue la capacidad de la ciencia para leer lo que tenía delante.
El análisis fue amplio. Según el resumen científico, el equipo estudió cuatro genes mitocondriales y tres genes nucleares, además de rasgos externos, osteología y datos de distribución. Las diferencias genéticas entre los linajes alcanzaron niveles compatibles con especies separadas, con distancias de entre el 9,2 % y el 12,6 % en cyt b y entre el 8,1 % y el 14,1 % en ND4.
Montañas que aíslan
El Himalaya y el Hindu Kush no son una simple línea de montañas en un mapa. Son valles profundos, pendientes duras, ríos enormes, pasos difíciles y climas que cambian mucho en pocos kilómetros. Para una serpiente de montaña, eso puede actuar como una pared invisible.
Los autores señalan que estas víboras forman linajes bien apoyados en el Himalaya occidental y central y en el Hindu Kush. En parte, ese aislamiento puede explicar por qué poblaciones que parecían cercanas han seguido caminos evolutivos propios. No hace falta imaginar grandes distancias. A veces basta un valle, un río o una cordillera para separar vidas durante miles de años.
La propia Sylvia Hofmann, del Museum Koenig de Bonn, recordó que “los especímenes de museo no son solo registros del pasado”. Hoy funcionan como herramientas científicas. Y en este caso han servido para reconstruir una historia que estaba guardada en frascos y cajones desde hacía más de cien años.
Conservar lo pequeño
El hallazgo tiene una consecuencia directa. Si una especie se considera amplia y común, puede parecer menos urgente protegerla. Pero si esa misma “especie” se divide en cinco, cada una con un territorio más reducido, el riesgo cambia. Lo que parecía abundante quizá no lo sea tanto.
El comunicado de Pensoft recoge que cada una de las especies recién reconocidas parece ocupar un rango relativamente restringido en ambientes montañosos frágiles. Esa frase es importante porque apunta al corazón del problema. No se puede proteger bien lo que ni siquiera se reconoce como distinto.
Además, estas víboras no son solo animales llamativos por ser venenosas. Forman parte de la red ecológica de la montaña, controlan pequeñas presas y sirven como indicadores de ecosistemas difíciles de estudiar. Cuando una pieza así se pierde, el efecto no siempre se ve al día siguiente. Pero se nota.
Lo que falta por saber
El estudio también deja preguntas abiertas. Aún queda por investigar mejor cómo evolucionaron estas especies, si existe flujo genético entre algunas poblaciones y qué amenazas concretas pesan sobre cada una. En zonas remotas, con acceso complicado y presión humana creciente, conseguir esos datos no es tan sencillo como salir al campo una mañana.
También conviene mantener el tono justo. No estamos ante una invasión de nuevas serpientes ni ante un peligro nuevo para las personas. Son especies que ya estaban allí. Lo novedoso es que ahora tienen nombre, límites más claros y una historia evolutiva propia.
En el fondo, este descubrimiento recuerda algo muy simple. La biodiversidad no siempre está escondida en selvas lejanas o en criaturas nunca vistas. A veces está delante de nosotros, mal clasificada durante décadas, esperando a que una nueva técnica permita mirar mejor.
El estudio completo ha sido publicado en la revista científica ZooKeys.











