Investigadores españoles descubren que los mamuts y los dinosaurios eran más lentos de lo que se pensaba

Publicado el: 15 de febrero de 2026 a las 15:33
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Mamut lanudo caminando en paisaje prehistórico según estudio que revela su velocidad real.

Durante años nos hemos imaginado a los gigantes del pasado como corredores formidables. Una investigación liderada por equipos de la Universidad de Granada y laUniversidad Complutense de Madrid viene ahora a enfriar esa imagen. El trabajo, publicado en la revista Scientific Reports, concluye que mamuts, mastodontes y grandes dinosaurios saurópodos se movían a velocidades máximas mucho más bajas de lo que se venía calculando, en rangos similares a una marcha atlética humana.

La clave está en la relación entre masa corporal y velocidad máxima en animales de gran tamaño. El equipo analiza datos de 150 mamíferos terrestres y se centra en los elefantes como mejor modelo de comparación. Los resultados confirman que por encima de unos 100 kilos de peso la velocidad máxima deja de crecer y empieza a descender. A partir de cierto tamaño más grande no significa más rápido, sino lo contrario.



Al aplicar estos modelos ajustados a las especies extintas, las cifras resultan mucho más modestas que las que aparecían en algunos documentales. El mamut lanudo (Mammuthus primigenius), de unas seis toneladas, sería el proboscídeo más veloz, con algo más de 20 kilómetros por hora como límite teórico. Para los dinosaurios gigantes, como Argentinosaurus hiunculensis, con unas 75 toneladas, el máximo se sitúa por debajo de los 10 kilómetros por hora, mientras que otros saurópodos enormes se moverían en torno a los 12 kilómetros por hora.

La marcha atlética de élite ronda los 14 o 15 kilómetros por hora y un velocista humano puede acercarse a 40 durante unos segundos. Dicho de otra forma, muchos de estos colosos se desplazarían, como máximo, a un ritmo parecido al de una persona caminando muy deprisa, no al de una persecución de película.



¿Por qué se habían sobrestimado tanto sus velocidades? En buena parte por la herramienta usada hasta ahora. Era habitual apoyarse en huellas fósiles y en ecuaciones generales que trataban por igual a animales con anatomías y formas de andar muy diferentes. El nuevo trabajo muestra que esos modelos llegaban a inflar la velocidad real de los elefantes actuales en torno a un setenta por ciento. 

Para corregir ese sesgo, los investigadores recalculan la relación entre masa y velocidad máxima utilizando solo datos empíricos de elefantes vivos, es decir, de especies graviportales con extremidades tipo columna adaptadas a soportar grandes pesos. Primero ponen a prueba los modelos matemáticos más utilizados con la base de datos de mamíferos y después comprueban que los elefantes se sitúan de forma sistemática por debajo de lo que predicen esas fórmulas. A partir de ahí ajustan los cálculos y ofrecen valores límite para los mamuts, mastodontes y dinosaurios saurópodos.

Detrás hay una cuestión de biomecánica intuitiva. Cada vez que un animal acelera, las fuerzas que se generan en el apoyo viajan por huesos, articulaciones y tendones. En cuerpos tan pesados, aumentar mucho la velocidad significaría acercarse peligrosamente al punto de fallo de esas estructuras. De ahí que, para los saurópodos más voluminosos, que rondaban o superaban las cincuenta toneladas, los autores sitúan el máximo alrededor de diez kilómetros por hora y planteen que lo más probable es que se limitaran a una marcha estable, más similar a un “paseo rápido” que a una carrera.

Esta revisión no es solo una curiosidad de récords. Cambia la forma en que entendemos la vida cotidiana de aquellos gigantes y sus ecosistemas. Si los grandes herbívoros avanzaban despacio, sus migraciones, el uso del territorio y la manera en que abrían claros en la vegetación serían distintas de lo que muchos modelos habían supuesto. Algo parecido ocurre con los grandes depredadores, que encajarían mejor en un escenario de acecho y ataques a corta distancia que en persecuciones espectaculares a toda velocidad.

Además, el trabajo enlaza con un debate más amplio sobre el papel de la megafauna en el funcionamiento de los ecosistemas. Hoy sabemos que grandes herbívoros como los elefantes actúan como “ingenieros del ecosistema”, moldeando el paisaje, dispersando semillas y creando hábitats para otras especies. Diversos estudios señalan que la desaparición de la megafauna del Pleistoceno dejó un vacío ecológico que otros animales no han terminado de rellenar, algo que se tiene en cuenta cuando se discuten estrategias de conservación y restauración de la naturaleza. 

El estudio completo ha sido publicado en la revista Scientific Reports.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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