La tregua de dos semanas entre Estados Unidos e Irán ha dado algo de aire al transporte marítimo en el Estrecho de Ormuz, uno de los pasos más sensibles del planeta. En superficie se habla de petróleo, comercio y precios, de esos que luego se notan en la gasolinera o en la factura del transporte.
Bajo el agua, la historia va por otro carril. En el entorno del estrecho y del Golfo viven miles de dugongos y una de las poblaciones de ballena jorobada más pequeñas y frágiles conocidas, con estimaciones por debajo del centenar. El ruido, las minas y el riesgo de contaminación no entienden de alto al fuego.
Un embudo lleno de vida
El Estrecho de Ormuz es estrecho de verdad. En su punto más angosto ronda los 33 kilómetros y, tras semanas de tensión, el tráfico intenta volver con un atasco enorme de buques esperando turno para moverse. Imagínate un gran puerto con todo el mundo arrancando a la vez, pero sin semáforos y con el suelo lleno de riesgos invisibles.
Lo fácil es mirar el mapa y ver solo rutas comerciales. Lo difícil es recordar que, justo debajo, hay un santuario biológico con alrededor de 7.000 dugongos y cetáceos que dependen del sonido para vivir en un mar ya de por sí extremo por su calor y salinidad. No es poca cosa.
El ruido que les quita el mapa
En el mar, el sonido lo es casi todo. Las ballenas usan la acústica para orientarse, buscar alimento y relacionarse, algo parecido a intentar hacer tu vida diaria guiándote solo por lo que oyes. ¿Qué pasa si, de repente, el “zumbido” de motores y sonar ocupa las mismas frecuencias que sus llamadas?
El investigador Olivier Adam lo resume con claridad cuando advierte de que los sonidos esenciales para su vida social pueden quedar “enmascarados” por el ruido submarino generado por actividades humanas. También señala que el ruido del tráfico marítimo puede afectar a la alimentación, y eso se traduce en algo muy concreto, menos buceo y, con el tiempo, un “ayuno” forzado que debilita a los animales.
Ondas de choque en un pasillo estrecho
A ese ruido constante se suma el impacto de la actividad militar. Explosiones submarinas y sonar pueden provocar cambios de presión y ondas de choque que dañan peces y, en grandes mamíferos marinos, el sistema auditivo, justo el sentido del que dependen para sobrevivir.
Aaron Bartholomew, profesor en la Universidad Americana de Sharjah, apunta que ballenas y delfines pueden alejarse temporalmente de zonas con sonar, pero en un corredor tan confinado ese “moverse un poco” tiene un coste. Adam añade otra capa inquietante, la posibilidad de perder audición de forma temporal o permanente, incluso cuando el daño no es inmediato ni espectacular.
El fantasma del petróleo
El Golfo tiene un problema añadido, se limpia despacio. Estudios oceanográficos han estimado tiempos de renovación de las aguas en rangos de 2 a 5 años, y en algunas zonas incluso más, lo que implica que un contaminante puede quedarse circulando mucho tiempo. Por eso un vertido grande no sería un susto de un día, sería un golpe que se arrastra durante temporadas.
Bartholomew advierte de que un vertido importante podría contaminar playas y afectar a zonas de anidamiento de tortugas, incluidas islas como Sir Bu Nair. Y el riesgo no termina en la superficie, los tiburones ballena que entran estacionalmente al Golfo (sobre todo entre mayo y septiembre) se alimentan cerca de arriba y son vulnerables al petróleo flotante, además de los corales si el crudo se mezcla a mayor profundidad con tormentas y oleaje.
Dugongos y praderas marinas
Para los dugongos, la amenaza clave puede parecer casi banal, perder luz. Estos animales dependen de praderas marinas que necesitan sol para hacer fotosíntesis, y una mancha de petróleo o una película de contaminación en superficie puede bloquear esa entrada de luz justo cuando más falta hace. Adam lo explica de forma directa al hablar de cómo esas manchas impiden la fotosíntesis esencial para que crezca el “pasto marino”.
Aquí hay otra consecuencia que a veces se nos escapa. Las praderas marinas no solo alimentan y refugian vida, también actúan como sumideros de “carbono azul”, capturan y almacenan CO2 en el ecosistema marino. Si se degradan, perdemos biodiversidad y también parte de esa ayuda silenciosa contra el exceso de CO2.
Qué queda después de la tregua
La guerra y la tensión no solo dañan, también apagan la vigilancia. Adam avisa de que, cuando el acceso al mar y a la costa se vuelve imposible, el trabajo de campo se frena y se abre un agujero de datos que puede durar meses o años, justo cuando haría falta medir más. Es como intentar evaluar un incendio con el humo tapando todas las cámaras.
Además, incluso las herramientas diseñadas para “escuchar” a las ballenas pierden eficacia si el ruido humano llena el mismo rango de frecuencias. Y con los barcos volviendo poco a poco, ese ruido continuo puede convertirse en el nuevo fondo permanente, aunque los disparos callen.
La parte práctica es que no todo depende de una paz perfecta. En el mundo marítimo existen directrices internacionales para reducir el ruido radiado submarino de los barcos (diseño, mantenimiento, operación), revisadas por la Organización Marítima Internacional y en vigor desde 2024, que pueden ayudar a bajar el “volumen” del tráfico comercial si se aplican en serio. En un lugar tan estrecho, cada decibelio y cada medida preventiva cuentan.
El reportaje en el que se basa esta información ha sido publicado en WIRED.











