Putin regaló 4 tigres a Kazajistán, los soltaron en la naturaleza y ahora por primera vez en 70 años Asia Central tiene al mayor felino del mundo campando por sus campos

Publicado el: 18 de junio de 2026 a las 09:42
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Cuatro tigres de Amur trasladados a la reserva natural de Ile-Balkhash para su reintroducción en Kazajistán

Kazajistán acaba de dar uno de esos pasos que parecen pequeños en una foto, pero enormes para la naturaleza. Cuatro tigres de Amur procedentes de Rusia han llegado al reserva natural estatal de Ile-Balkhash, en el sureste del país, para iniciar la recuperación del tigre en una región donde desapareció hace más de 70 años. Son dos adultos y dos crías, capturados en la región rusa de Jabárovsk dentro de un programa internacional de conservación.

Pero conviene no confundir llegada con éxito. Los animales no han sido soltados sin más en la estepa. Ahora pasan por una fase de cuarentena, adaptación y vigilancia veterinaria en recintos preparados, antes de que los especialistas decidan cuándo pueden pasar a la vida salvaje. En la práctica, lo que se está probando no es solo si cuatro tigres se adaptan, sino si un ecosistema entero puede volver a sostener a un gran depredador.



Un regreso histórico

La escena tiene mucho de simbólica. Kazajistán perdió al tigre del Turán, también conocido como tigre del Caspio, a mediados del siglo XX. Según las autoridades kazajas, la reintroducción busca devolver al gran felino a una zona donde formó parte de la cadena natural durante siglos.

El lugar elegido no es casualidad. Los estudios conjuntos de expertos kazajos, rusos e internacionales señalaron el sur de Balkhash, en la zona del delta del río Ili, como el territorio más adecuado para intentar el regreso. Allí se ha creado infraestructura para la adaptación, el seguimiento y la futura liberación de los animales.



¿Puede un territorio recuperar a un depredador que perdió hace décadas? Esa es la gran pregunta. Porque un tigre no necesita solo espacio. Necesita presas, refugio, agua, control humano y tiempo. Mucho tiempo.

No es una suelta cualquiera

Los cuatro tigres llegaron al reserva de Ile-Balkhash tras el plan firmado por Kazajistán y Rusia en noviembre de 2025. Ese documento fijó los mecanismos para importar los animales, adaptarlos y hacer seguimiento del proyecto. Según el Ministerio de Ecología kazajo, antes de cualquier liberación llevarán collares satelitales para controlar sus movimientos y reaccionar rápido si aparece algún problema.

Rusia ha detallado que los dos adultos, un macho y una hembra de más de tres años, podrían necesitar unos dos meses de adaptación antes de una posible suelta. Las dos crías, de unos ocho meses, tendrán un camino más largo. Deberán aprender a cazar y, si todo va bien, podrían ser liberadas en verano de 2027. No es poca cosa.

Los animales ya tienen nombre. El macho adulto se llama Amur, la hembra Үміт, el cachorro macho Тұран y la cachorro hembra Ussuri. El Ministerio de Ecología de Kazajistán afirma que los cuatro se están adaptando a las nuevas condiciones naturales y climáticas, con estado estable y vigilancia constante.

La clave está en el ADN

La elección del tigre de Amur no se ha hecho por estética ni por cercanía política. Tiene una base científica. El tigre del Caspio ya no existe como población salvaje, pero varios trabajos genéticos han mostrado una relación muy estrecha entre aquel animal y los tigres de Amur actuales.

Un estudio publicado en PLOS ONE analizó ADN antiguo de muestras de tigre del Caspio conservadas en museos y lo comparó con tigres vivos. El resultado fue llamativo. Los autores encontraron que el haplotipo principal del tigre caspio difería en un solo nucleótido del encontrado en los tigres de Amur actuales, lo que apunta a una relación muy cercana y a un ancestro común relativamente reciente.

En palabras sencillas, no se está «resucitando» un animal con laboratorio. Lo que se intenta es usar la población viva más cercana para reconstruir una función ecológica perdida. Es decir, devolver al paisaje un gran carnívoro que mantenía a raya a otros animales y ayudaba a equilibrar el ecosistema.

Primero el hábitat

Un tigre no vive de titulares. Vive de jabalíes, ciervos, cobertura vegetal y tranquilidad. Por eso el proyecto de Ile-Balkhash lleva años preparando el terreno antes de recibir animales de Rusia.

Las autoridades rusas señalan que Kazajistán creó en 2018 el reserva natural de Ile-Balkhash, con unas 415 000 hectáreas, y que allí se ha reforzado la protección, se han aumentado las poblaciones de ungulados y se han construido instalaciones de observación, recintos, zonas de rehabilitación y un punto veterinario. Entre las especies clave aparecen el ciervo de Bujará, el kulán, la gacela y el jabalí.

En el fondo, esto es lo que separa una buena noticia de una foto bonita. Si no hay presas suficientes, los tigres pueden acercarse al ganado. Si no hay vigilancia, pueden surgir conflictos. Y si no hay continuidad política y económica, el proyecto se queda a medias.

Un plan de décadas

El regreso del tigre a Kazajistán no se mide en semanas. Rusia indica que el programa de reintroducción fue aprobado en 2017, está planteado a 35 años y tiene tres grandes fases. Primero se prepara el territorio, después se liberan los animales y, por último, se vigila el crecimiento de la población.

Kazajistán ya había recibido en 2024 dos tigres de Amur procedentes de un centro especializado de Países Bajos, dentro de la cooperación con WWF y el PNUD. Aquellos ejemplares, Bodhana y Kuma, llegaron para reproducción en recintos y para que su futura descendencia pudiera contribuir al proyecto.

Ahora, con los cuatro tigres llegados desde Rusia, empieza una fase más delicada. Son animales vinculados a la vida salvaje y, por tanto, más cercanos al objetivo final. Pero la naturaleza no funciona con atajos. Harán falta años para saber si el sur de Balkhash vuelve a tener una población estable.

Lo que está en juego

La recuperación del tigre no es solo una historia de animales grandes y cámaras de seguimiento. También habla de ríos, bosques de ribera, presas silvestres y comunidades humanas que viven cerca de un territorio en transformación. Si sale bien, el proyecto puede reforzar la biodiversidad en una de las zonas naturales más importantes de Asia Central.

También puede dejar una lección útil para otros países. Restaurar naturaleza no significa solo plantar árboles o soltar especies. Significa reconstruir relaciones. Entre depredadores y presas. Entre reservas y pueblos. Entre ciencia y política. Y eso se nota cuando el reloj de la conservación corre más deprisa que los trámites.

El comunicado oficial más reciente ha sido publicado por el Ministerio de Ecología y Recursos Naturales de Kazajistán.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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