Una orca sostiene con la boca el cadáver de un gran pez luna. Otra acelera, la primera lo suelta en el último instante y el golpe dispersa sus tejidos en una nube de fragmentos. La escena parece caótica, pero detrás hay una coordinación tan precisa que ha sorprendido incluso a quienes estudian a estos grandes depredadores marinos.
El comportamiento fue registrado dos veces en el golfo de California, en julio de 2024 y septiembre de 2025. Los autores lo han denominado «embestir para fragmentar» y plantean varias explicaciones que no se excluyen entre sí. Puede facilitar la alimentación de los ejemplares jóvenes, servir para procesar la presa o ser una forma de juego social.
Un golpe calculado
El primer episodio ocurrió el 29 de julio de 2024 al mediodía, cerca de un monte submarino frente a San José del Cabo, en Baja California Sur. Un operador turístico localizó un grupo formado por tres hembras adultas, un macho y un juvenil. Poco antes, las orcas habían capturado y comido una raya mobula.
Después apareció el cadáver de un pez luna de cola afilada (Masturus lanceolatus). Una hembra lo sujetó por el clavus, la estructura posterior que funciona como una especie de timón, mientras el macho se acercaba a gran velocidad con el vientre hacia arriba. La hembra soltó la presa justo antes del choque.
No explotó todo el pez
El impacto produjo un sonido claramente audible bajo el agua y arrancó una nube de tejido que quedó suspendida alrededor de las orcas. Pero conviene matizar la imagen. El cuerpo principal siguió bastante entero y ya presentaba una gran abertura lateral, señal de que las vísceras habían sido retiradas antes de la embestida.
El juvenil entró en esa nube y comenzó a comer los trozos pequeños. Mientras tanto, los adultos se alimentaron del resto del cadáver y no fueron vistos consumiendo los fragmentos más diminutos. Esa diferencia es una de las pistas que apuntan a que el golpe pudo hacer la comida más accesible para el animal joven.
La escena se repitió
El segundo episodio fue filmado el 7 de septiembre de 2025 en el canal de la isla Cerralvo. En esta ocasión había tres hembras adultas y una cría. Una orca estabilizó otro pez luna muerto, una segunda lo embistió y una tercera se incorporó después para morder la parte principal del cuerpo.
La cría también fue grabada extrayendo tejido del cadáver. Aun así, los científicos no han podido confirmar si participaron los mismos individuos en ambos encuentros, porque faltan imágenes detalladas de las aletas dorsales y las manchas oculares. Dos escenas parecidas llaman la atención, pero todavía no prueban que sea una costumbre extendida.
¿Comida para los jóvenes?
Los peces luna están entre los peces óseos más grandes del planeta y pueden superar los tres metros y alcanzar los 2000 kilos. Su cuerpo posee una gruesa capa gelatinosa de colágeno llamada «cápsula», formada en cerca de un 90 % por agua. En Masturus lanceolatus, el clavus pronunciado también ofrece un buen punto de agarre.
«Creemos que esto puede ayudar a las orcas jóvenes a alimentarse más fácilmente o podría ser simplemente por diversión», explicó Kathryn A. Ayres, investigadora de Beneath The Waves y autora principal del estudio. El patrón encaja con una posible inversión parental, porque los adultos convierten parte de una presa grande en bocados manejables. Pero encajar no significa demostrarlo.
También podría ser un juego
Las orcas manipulan, golpean y transportan presas incluso cuando no existe una necesidad inmediata de comer. Esas interacciones pueden relacionarse con el juego, la práctica o el aprendizaje social. Por eso, los autores no descartan que la maniobra tuviera una función alimentaria y otra lúdica al mismo tiempo.
¿Qué significa esto en la práctica? Una orca mantiene el pez quieto, otra ajusta la aproximación y la primera se aparta antes del impacto. La secuencia muestra una gran precisión cooperativa, aunque dos observaciones oportunistas no permiten conocer la intención de los animales.
Un mar lleno de estrategias
El golfo de California reúne corrientes cálidas y frías que sostienen una gran abundancia de vida marina. Sus orcas mantienen una dieta flexible y algunos grupos se especializan en tiburones, rayas, cetáceos, tortugas o peces. Un trabajo anterior reunió 21 episodios de depredación sobre peces luna, con 17 orcas identificadas y al menos cuatro grupos que incluían estos animales en su dieta.
Esa versatilidad también apareció en los casos ahora estudiados. El primer grupo había cazado una raya antes de manipular el pez luna, mientras que las orcas del segundo episodio habían depredado un tiburón mako de aleta corta ese mismo día. No es poca cosa. Sugiere que pueden adaptar sus técnicas al tipo de presa disponible.
Más cámaras, más responsabilidad
El primer episodio se grabó con una cámara submarina durante una actividad turística autorizada. El segundo llegó a los investigadores gracias a un vídeo realizado por Héctor Franz. Las imágenes de operadores, drones y cámaras acuáticas están revelando conductas que antes podían suceder sin dejar registro.
Pero hay una cara menos cómoda. Más avistamientos no significan necesariamente que estas maniobras sean ahora más frecuentes, sino que hay más ojos en el agua. Además, el turismo puede perturbar a los animales, por lo que México publicó en 2025 un plan para ordenar la observación y el nado con orcas en La Ventana, Baja California Sur.
Lo que falta por saber
Los investigadores necesitan más grabaciones y mejores fotografías de identificación para descubrir si la técnica pertenece a un grupo concreto, si se transmite socialmente o si aparece de forma independiente. También falta comprobar si la fragmentación ocurre solo con Masturus lanceolatus, cuya estructura podría romperse de una manera particular, o si las orcas hacen algo parecido con otros peces luna.
Por ahora, la evidencia sostiene una conclusión más prudente que el titular. Las orcas no embistieron al pez para matarlo, porque ya estaba muerto, sino para procesar sus tejidos después de la captura. Que lo hicieran para ayudar a los jóvenes, para jugar o para cumplir ambas funciones sigue abierto. Y ahí está precisamente el valor del hallazgo.
El estudio completo ha sido publicado en Frontiers in Ethology.



