Un río sin botellas ni bolsas flotando puede parecer limpio, pero un nuevo estudio publicado en la revista New Contaminants muestra que la contaminación plástica va mucho más allá de lo que vemos. Los microplásticos liberan de forma continua al agua una mezcla de compuestos orgánicos que la luz solar transforma y multiplica, creando “nubes químicas” invisibles que alteran los ecosistemas y pueden complicar el tratamiento del agua potable.
Microplásticos que se vuelven contaminación disuelta
Los investigadores recuerdan que los microplásticos son omnipresentes en ríos, lagos y océanos, con concentraciones que pueden alcanzar miles de partículas por litro. El contacto constante con el agua y con la radiación solar hace que esos fragmentos suelten miles de moléculas orgánicas diferentes, conocidas como materia orgánica disuelta derivada de microplásticos, o MPs‑DOM por sus siglas en inglés. En aguas muy contaminadas, este material puede aportar hasta un 10 % del carbono orgánico disuelto en la fina película superficial del agua, aunque esta parezca cristalina.
Cuatro plásticos muy comunes bajo el sol
El equipo se centró en cuatro plásticos habituales en envases y productos de un solo uso como polietileno, PET y dos materiales considerados biodegradables, PLA y PBAT. Colocaron sus microplásticos en agua, en oscuridad y bajo luz ultravioleta, y midieron cuánta materia orgánica disuelta se liberaba. En todos los casos apareció carbono orgánico en el agua, pero con sol la liberación se disparó y los plásticos biodegradables fueron los que más carbono soltaron por su estructura más frágil.
Los modelos cinéticos mostraron que la velocidad de liberación se mantiene prácticamente constante, un goteo químico que no se frena aunque el agua ya esté “cargada”. En lenguaje técnico, el proceso sigue una cinética de orden cero y está controlado por una fina película de agua alrededor del plástico que limita, pero no detiene, la salida de moléculas.
Una sopa de moléculas muy distinta a la natural
El análisis químico de esa materia orgánica disuelta reveló una mezcla de aditivos industriales y pequeños fragmentos de polímeros, con miles de fórmulas diferentes. En plásticos con estructuras aromáticas, como el PET o el PBAT, la diversidad química resultó especialmente alta. La exposición solar aumentó los grupos ricos en oxígeno, como alcoholes y ácidos, y liberó aditivos como los ftalatos, poco anclados al polímero, que pasan con facilidad al agua.
Los autores señalan que la “firma” de esta materia orgánica plástica es muy distinta de la materia orgánica natural procedente de hojas o suelos. Se parece más a compuestos ligados a la actividad microbiana y cambia con el tiempo, lo que la convierte en un componente dinámico y difícil de predecir en la química del agua.
Impactos en ecosistemas y en el agua del grifo
Las moléculas pequeñas y disueltas entran con facilidad en las redes microbianas y pueden estimular o frenar la actividad de bacterias y algas, alterando los ciclos de carbono y oxígeno en el agua. Esta materia orgánica derivada de plásticos también interacciona con metales pesados, modifica su movilidad y puede generar especies reactivas de oxígeno bajo la luz solar, capaces de transformar otros contaminantes o acelerar el envejecimiento del propio plástico.
Parte de esa agua termina en plantas potabilizadoras que ya están lidiando con otros contaminantes. La presencia de esta nueva materia orgánica de origen plástico puede favorecer la formación de subproductos indeseados durante la desinfección, un riesgo añadido que los sistemas actuales consideran poco y obliga a replantear cómo se evalúa la calidad del agua.
Más allá del plástico que flota
El estudio recuerda que la contaminación plástica no acaba cuando una bolsa se rompe en trocitos o cuando las fibras son demasiado pequeñas para verlas. A partir de ahí empieza una fase silenciosa y química en la que los microplásticos actúan como pequeñas fábricas de moléculas reactivas mientras sigan recibiendo luz solar. El equipo apunta que entender esa fase será clave para valorar riesgos en ecosistemas, redes de agua y ciclo del carbono.
Reducir la entrada de plásticos en ríos y mares, apostar por envases reutilizables y mejorar la recogida y el reciclaje no solo evita “islas de basura”, también frena una contaminación disuelta que ya está cambiando la química del agua aunque esta parezca limpia.
El estudio científico original, titulado “Molecular-level insights into derivation dynamics of microplastic-derived dissolved organic matter”, se ha publicado en la revista New Contaminants.




















