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España no tiene nada que celebrar el ‘Día Mundial del Agua’

  • Greenpeace lleva años denunciando desigualdades en el acceso al agua, una situación que afecta negativamente tanto a las personas como a los ecosistemas acuáticos.

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La proliferación de pozos y regadíos ilegales, la falta de control en los vertidos contaminantes o la construcción de infraestructuras desmesuradas como embalses y trasvases continúan siendo una constante en España. En vísperas del Día Mundial del Agua, que se celebra mañana 22 de marzo bajo el lema “No dejar a nadie atrás”, las políticas hídricas en España se alejan cada vez más de este objetivo.

Greenpeace lleva años denunciando desigualdades en el acceso al agua, una situación que afecta negativamente tanto a las personas como a los ecosistemas acuáticos. La proliferación de pozos y regadíos ilegales, la construcción de infraestructuras desmesuradas como embalses y trasvases o la falta de control en los vertidos contaminantes a las aguas continúan siendo una constante en España.

España no tiene nada que celebrar el ‘Día Mundial del Agua’

Mientras, las reservas de agua superficiales se sitúan en un 58,57% (32.845 hectómetros cúbicos a 19 de marzo), niveles similares a los de 2017, cuando se produjo la última gran sequía. España sigue siendo el país más árido de Europa y el 75% de su territorio es susceptible de sufrir desertificación. Sin embargo, en los últimos años, la sobreexplotación ilegal e indiscriminada del agua para regadíos y desarrollo urbanístico -muy especialmente del agua subterránea- ha provocado la proliferación de pozos y sondeos ilegales, que podrían ascender a más de un millón, según una filtración del Ministerio de Medio Ambiente en 2017.

“Esta cuestión parece no importar demasiado a gobiernos y administraciones competentes, quienes continúan mirando hacia otro lado sin cumplir la legalidad vigente, que les obliga a controlar, sancionar y cerrar estos pozos”, asegura Julio Barea, responsable de la campaña de Aguas de Greenpeace. Solo el daño económico que causan estas extracciones a las reservas estratégicas de aguas suponen al menos 15 millones de euros en daños al patrimonio natural (en concreto, al dominio público hidráulico), según una investigación de Greenpeace.

Esta cifra podría ascender a varios miles de millones de euros si se tuviera en cuenta el millón de pozos ilegales existentes, según una filtración del Ministerio de Medio Ambiente en 2017. Además, las administraciones llevan años permitiendo el uso de miles de hectáreas para regadíos ilegales, secando ríos y acuíferos y beneficiando únicamente a grandes corporaciones agroindustriales, como ya denunció Greenpeace en su informe “La trama del agua en la cuenca del Segura, diez años después”.

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No todo son malas noticias en torno a la gestión del agua en España. La reciente sentencia del Tribunal Supremo, que anula parcialmente el Plan Hidrológico del Tajo y hace prevalecer el valor del río y sus ecosistemas para la sociedad, es un paso adelante hacia la correcta gestión de los recursos hídricos. Desde que el trasvase Tajo-Segura se hizo efectivo y comenzó a acaparar el agua de los caudales desde la cabecera del Tajo, el río no ha hecho más que deteriorarse. Greenpeace ya demostró en 2017 que el trasvase podría clausurarse en menos de tres años sin perjuicio para la cuenca del Segura, “un plan que, tras la sentencia del Supremo, debería tenerse en cuenta”, señala Barea.

Sin embargo, la Administración planea realizar un nuevo trasvase, en esta ocasión desde la cuenca del Tinto-Odiel-Piedras en Doñana, que serviría para consolidar más hectáreas ilegales de regadío y suplir así el actual aporte de los más de 1.000 pozos ilegales que existen en la zona y que están desecando el parque nacional. España es el país de la Unión Europea con mayor número de grandes embalses (1.225) y el quinto a nivel mundial, tal y como ha reconocido el propio Ministerio de Transición Ecológica (Miteco).

Esto provoca que la práctica totalidad de ríos y cauces estén segmentados y artificializados. A pesar de ello, y de la necesidad de eliminar muchas de estas barreras artificiales, siguen vigentes nuevos proyectos para ampliar y construir más embalses (Yesa, Biscarrués o Alcolea son algunos de ellos) con inmenso impacto social y ambiental y un único beneficiado: las empresas que los construyen. La deficiente gestión hídrica no solo afecta a la cantidad, también a la calidad del agua. De hecho, Europa ha sancionado a España en varias ocasiones por el vertido de aguas sin depurar.

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La contaminación por aguas residuales es, por su volumen e intensidad, el factor que más afecta a la calidad de las aguas continentales españolas. Las aguas subterráneas son especialmente vulnerables a la contaminación. Según datos oficiales del Instituto Geológico y Minero de España (IGME), actualmente el 44% de las masas de aguas subterráneas se encuentra en mal estado cuantitativo y/o químico (321 de 761). Una cifra que, de no controlarse, podría seguir aumentando y poner en grave peligro las reservas de aguas subterráneas para el futuro cercano.

A pesar de ser un derecho fundamental recogido por la ONU, el agua es un negocio controlado a menudo por empresas y corporaciones. Un dato: en España, el 52% del suministro municipal de agua se encuentra en manos privadas, con una tendencia ascendente. “Actualmente tan solo Sevilla, Cádiz y Córdoba siguen las recomendaciones de la ONU y la OMS de garantizar el suministro de 100 litros diarios a la ciudadanía, aunque no dispongan de recursos para hacer frente a los recibos. Esta iniciativa debería extenderse a nivel estatal, puesto que el agua es un recurso básico”, concluye Barea.

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Comentario/s

  • arturo manuel - jueves 21 marzo 2019

    En el Día Mundial del Agua Sobre ella acunada, se gestó la vida, y gracias a ella, se conserva y perpetúa. Sirvió, y sirve, de asiento a las grandes civilizaciones y urbes; por ella, se auguran guerras entre naciones para asegurar su presencia entre los contendientes; es una molécula de solo dos elementos que llenan escaños distinguidos en la Tabla Periódica de Dimitri Mendeleiev (1834-1907): hidrógeno y oxígeno. Desde bien temprano, los humanos aprendieron a almacenarla y, luego, a conducirla, mediante zanjas y cañerías, de un lugar a otro. El ingenio domeñó el precioso líquido gracias a los acueductos. Aztecas, babilonios, chinos, egipcios, incas, indios y romanos construyeron redes de conducción del agua. La arquitectura romana empleó el arco y la bóveda en sus edificaciones, bajo la escrutadora mirada de los conocidos ediles curules. Los acueductos romanos se extendían por todo el territorio conquistado, y con sus largas hileras de arcos a manera de puentes, llevaban la corriente de agua desde un manantial en las montañas hasta una fuente de abasto en la ciudad. Ya en el suelo, el agua corría a través de canales abiertos a base de ladrillos y morteros; las calles contaban con cloacas para el desagüe de las aguas pluviales y albañales. Los acueductos romanos de Segovia (Hispania) y de Pont de Gand (Galia) fueron importantes en su momento, cuyas estructuras todavía se aprecian. El uso y disfrute de las aguas fluviales y pluviales, vale decir, de ríos y lluvias, fue regulado por el derecho romano clásico. Ordenaba el numeral 7 de la Tabla VIII, De los predios, que “si por causa de un artefacto pudiese el agua de lluvia perjudicar al vecino, nombre el pretor tres árbitros, y dese acción al dañado”. Mas la disciplina hidráulica no terminaba aquí. Al amparo de su derecho civil, los romanos regularon la institución de la servidumbre. La servidumbre no es más que un derecho sobre una cosa ajena que beneficia a su titular. De tal modo, el derecho romano desarrolló las servidumbres de “saca de agua” (o facultad de sacar agua del pozo o fuente); de “acueducto” (o derecho de conducir agua a través del predio ajeno); de “vertimiento de aguas” (o hacer pasar al contiguo, aguas del predio propio para desecarlo); de “abrevadero” (o llevar el ganado a abrevar al predio vecino), y la de “permitir el vertimiento del agua de lluvia al predio colindante”. El quebranto de estas reglas hidráulicas provocaba, en el perjudicado, reclamaciones ante las autoridades edilicias y judiciales de entonces. Jalón histórico en la evolución de los acueductos cubanos, sin duda lo es la construcción del Acueducto de Albear, maravilla de la ingeniería civil criolla, levantado en 1858 (su terminación se prolongó hasta 1893) por el ilustre Don Francisco de Albear y Fernández de Lara (1816-1887). Un siglo después, la voluntad hidráulica del Estado cubano ha impulsado, a lo largo y ancho del archipiélago, la construcción de numerosos embalses (242), trasvases intramontañosos, acueductos y redes de distribución del líquido, para su uso racional (más de 7 mil millones de metros cúbicos), bajo la tutela del nuevo texto constitucional que en su artículo 76 reconoce el derecho al agua de los ciudadanos cubanos, pero…el antillano entró en la liza con insaciable sed y afán de despilfarro del recurso natural. La mesurada utilización del agua, se trocó en incontenible sobreconsumo, como veremos, a pesar de la recién promulgada Ley de Aguas y en pleno desplante a la ley romana, devenida en criolla, en parodia de la nacional. Así pues, bajo la túnica legal invocada anteriormente, nuestros conciudadanos han llevado a abrevar y bañar sus caballos a los ríos, corriente abajo y muy cerca del vaso colector del acueducto (esto, haciendo uso de su derecho de servidumbre de abrevadero); ha cortado el flujo de agua de arroyos tributarios de ríos, y los ha derivado hacia su parcela (al amparo de la servidumbre de acueducto); ha abierto zanjas y perforado conductoras principales de agua para tomar el líquido vital (todo ello al socaire de la servidumbre de “saca de agua”); ha represado aguas arriba, las corrientes de ríos y arroyos, con el propósito de estancarlas y tomar en secano el precioso líquido para sus tierras y ganado (¡plena adecuación del precepto latino!); con su sagaz ingenio, ha drenado sus tierras bajas y con ello, vertido el agua en planos inferiores al suyo (de modo que cumple con la servidumbre de permitir el vertimiento del agua de lluvia al predio colindante, amén de beneficiar su finca con la desecación oportuna por exceso de lluvias). Ni corto ni perezoso, el cubano de a pie, ha inclinado a su favor el balance de agua. Así, ha construido piscinas y yacusis en sus hogares, en clara remembranza de las termas de sus ancestros itálicos, para solaz suyo y de los suyos, en pos de la pérdida de lípidos abdominales; friega, escrupulosamente, sus amados vehículos de motores de combustión interna y motorinas (algunos ciudadanos se han dedicado a esta modalidad del trabajo por cuenta propia); canta, bajo la ducha, lo mismo una canción popular como Despacito que La traviatta de Verdi (aunque sin el pecho de un Pavarotti o un Plácido Domingo), de acuerdo con su cultura (¡son más los no cultivados!) pero exhiben como denominador común, el correr del agua a mares; se afeita, si lo hace, con la llave del grifo abierta a toda su capacidad; desprovisto de memoria reciente, recuerda abrir el grifo de agua para comprobar que corre, si no, la deja abierta (¡qué desmemoriado!), para cuando pongan el agua; las gomas de sus carros aplastan, sin miramientos compasivos, las cañerías de agua (¡no importa, son del pueblo y él es del pueblo!); no sustituye zapatillas, flotadores y válvulas de cierre defectuosos; riega con sumo esmero su jardín o sus cultivos organopónicos; en el fregado de vajillas y utensilios domésticos, la espumeante agua se desliza a borbotones; vierte mondongos de cerdos, bolsas plásticas, desechos orgánicos contaminados, neumáticos, escombros y aguas negras en aguas mansas; rompe los relojes contadores del consumo de agua, y para colmo, ¡le añade agua a la cerveza y al ron!, y reafirma con su estribillo refranero: ¡Agua que no has de beber, déjala correr, déjala correr, déjala correr! Si se suma a este balance de agua el cambio climático y su consecuente escasez de lluvias, podemos sostener que nuestro enjuto archipiélago se convertirá (¡a no dudarlo!), dentro de poco, en un árido desierto caribeño, por obra y gracia de sus habitantes, a pesar de la tutela constitucional y su ley complementaria de aguas. ¡Es responsabilidad de todos evitarlo! Arturo Manuel Arias Sánchez 22 de marzo de 2019, Día Mundial del Agua

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