Cuando le propongo a un amigo que esta pensando comprarse un coche que se compre un híbrido observo su expresión facial e intuyo que lo va a pensar, que no está tan lejos de su inclinación natural; su cara es de curiosidad, de interés. Cuando le propongo que piense si necesita coche realmente, que quizás podría simplemente abonarse a una empresa de coche compartido…, veo que le aparto de su deseo/necesidad/inclinación natural de comprarse un automóvil nuevo. Su cara es de perplejidad.
Las distintas expresiones observables en la cara de mi amigo reflejan bien las diferencias entre el cambio “suave” a la sostenibilidad y el cambio “profundo”. El cambio suave es comprar un grifo ahorrador sin perder el confort al lavarse las manos. El cambio suave es comprarse una camiseta de algodón orgánico, pero seguir comprando dos camisetas al trimestre. El cambio suave es evolucionar, significa mejorar.
El problema que tenemos hoy, a comienzos del siglo XXI, es que ya no basta un cambio suave. Ahora necesitamos hacer una revolución en todos los continentes y en todas las políticas públicas. Necesitamos un giro brusco hacia la sostenibilidad. Quizás si hubiéramos empezado este cambio antes, si no hubiéramos dejado que los problemas ambientales se agravaran del modo que lo han hecho…
Pero no es muy eficiente lamentarse por el pasado. Centrémonos en el hoy que vivimos. Y la situación actual, con un planeta habitado por más de 7 000 millones de habitantes nos dice con claridad que no basta con realizar una suave evolución de nuestras pautas de consumo, no basta que cambiemos, por ejemplo, vehículos que consumen 8 litros por otros que consumen 4,5. Sobre todo porque todavía hay muchos seres humanos sin automóvil que sueñan con hacerse con uno, tenga el consumo que tenga. Quieren uno como símbolo de que ya forman parte del mundo desarrollado, del mundo que aparece en las películas de Holywood.
¿Es bueno el cambio de un automóvil más contaminante por otro que consume menos petróleo y daña menos el clima?, sí. ¿Es suficiente?, no. Necesitamos un cambio abrupto, de enfoque, que reduzca drásticamente nuestro impacto sobre la Tierra. Necesitamos un cambio disruptivo. Un giro rápido, un giro profundo.
Hay muchas razones para argumentar la necesidad de ese cambio urgente, masivo y profundo. El Stockholm Resilience Centre hace pocos años publicó un magnífico informe en colaboración con varias universidades de todo el mundo. Se titulaba The nine planetary Boundaries. En él se identificaban 9 límites planetarios que no deberíamos cruzar si no queríamos poner en grave riesgo todo el ecosistema global. La mala noticia es que tres de esos límites ya los hemos sobrepasado y en otros tres estamos muy cerca de hacerlo.
Los tremendos daños del reciente huracán Sandy en el Caribe y Nueva York ilustran con claridad que no hacer nada contra el cambio climático acarrea costes económicos enormes. Este nuevo fenómeno atmosférico catastrófico ha vuelto a poner encima de la agenda global la necesidad y urgencia de actuar con rotundidad frente al cambio climático.
Pero el desafío es gigantesco. Lograr que la temperatura no suba más de 2 grados es una tarea muy difícil que, como aseguraba un informe de WWF, exige que la economía verde crezca en el mundo, en todo el mundo, un 4% anual desde ahora al año 2050. Sí, es una tarea hercúlea más propia de dioses que de humanos. Es la tarea del siglo XXI.
¿Cómo dar ese giro profundo y rápido? En el tiempo de la hegemonía de los números que vivimos hoy, el discurso verde se asocia a inventar y desarrollar nuevas tecnologías y nuevas fuentes de energía que nos saquen del atolladero en el que nos hemos metido. Si antes utilizamos energía de los combustibles fósiles que arrancábamos a la tierra, ahora se trata de usar la energía del viento con molinos eólicos bien diseñados que extraigan esa energía renovable que flota en el aire.
Claro que una parte del cambio que necesitamos tiene que ver con el cambio tecnológico. Unas veces son meras evoluciones de artefactos ya existentes, en otras ocasiones son tecnologías que cambian radicalmente el enfoque, que abren la puerta a desarrollos y posibilidades antes inexistentes.
Sin embargo, en la construcción de un desarrollo sostenible se infravalora lo que no se ve, lo intangible, lo que tiene que ver con la manera de vivir, con los valores presentes en una sociedad, con la cultura existente. Desde mi punto de vista ese cambio cultural condiciona la extensión y generalización de las tecnologías y, también, condiciona la posibilidad de crear regulaciones públicas que, a través del “palo” o de la “zanahoria”, construyan un marco favorable para el desarrollo de la economía verde, inclusiva y responsable que necesita nuestro planeta.
Hoy, la innovación tecnológica avanza más rápido que la innovación social. Muchas de las tecnologías para avanzar con más fuerza hacia la sostenibilidad ya están casi todas aquí. El problema es que las políticas públicas para incentivarlas escasean y la cultura para generalizarlas tampoco abunda.
Por eso quiero profundizar en la limitación cultural que está frenando el cambio hacia un desarrollo sostenible. Pondré un ejemplo de lo que para mi significarían los cambios culturales disruptivos que necesitamos.
De la economía del propietario a la economía compartida
El otro día hice cuentas. Conclusión: utilizo mi automóvil un 3 % del tiempo. En el 97 % del tiempo restante los 2 000 kilos de mi coche esperan pacientes a que me decida a ponerlo en marcha. Desanimado, hice más cuentas: el apartamento que mis padres tienen en la playa lo utilizaron el año pasado una semana de las 52 posibles. Más o menos un 2 % del tiempo. Las otras 51 semanas fue pasto del olvido y las telarañas.
Rachel Botsman, en su libro What´s mine is yours menciona un dato espeluznante: “Si usted es como la mayoría de la gente usará su taladradora eléctrica entre 6 y 13 minutos en toda su vida”. Ella habla de que muy posiblemente en EEUU habrá unos 50 millones de estos aparatos que, a juzgar por los números, tienen una vida muy “relajada”.
Hemos llenado nuestras casas y el planeta entero de cacharros que empleamos escasamente. Para fabricarlos hemos empleado cantidades enormes de recursos escasos y, además, tenemos serios problemas para deshacernos de ellos sin llenar nuestro entorno de residuos contaminantes. En resumen: un ciclo completo de estupidez colectiva.
Rachel Botsman cita datos sobre Australia. Datos sobre la compra de cosas que NUNCA usaremos. En Australia, cuenta, sus habitantes gastan de media cada año 9 900 millones de dólares en cosas que NUNCA van a usar. ¡Más de lo que el Gobierno gasta en universidades!
Animo a los lectores de este artículo a que autoexaminen el grado de utilización de las cosas que poseen. Muy posiblemente encuentren a su alrededor taladros ociosos y muchos otros “cachivaches” que apenas utilizamos. Nuestro modelo económico anima a comprar cosas…, para usarlas una parte ínfima del tiempo posible. Es como si fuéramos a un restaurante, pidiéramos 100 platos, los pagáramos, solo tomáramos dos o tres y el resto lo tiráramos a la basura.
Semejante despilfarro es malo para nuestro bolsillo y es muy malo también para nuestro planeta. Desde hace unos pocos meses vivimos 7 000 millones de personas y la Tierra ya está diciendo, de múltiples modos, que no puede más. Nuestra prima de riesgo ambiental crece y crece porque estamos consumiendo más recursos de los que tenemos. Vivimos por encima de nuestras posibilidades. Es una frase que hemos oído estos días hablando de la crisis financiera. No sé cómo es de cierta con respecto al mundo financiero. Pero sí tengo la total seguridad de que, en relación con los recursos naturales estamos consumiendo más recursos de los que pertenecen a nuestra generación. La prima de riesgo ambiental es más alta, y más difícil de resolver, que la prima de riesgo de nuestra deuda financiera.
Nuestro planeta no tiene recursos para posibilitar que todos seamos propietarios de tantos cacharros. Ni tiene alfombras tan grandes para esconder los desechos que generan todas nuestras “particulares propiedades”.
La “solución” que hemos encontrado hasta ahora es robar recursos a nuestros hijos, aprovechando que están entretenidos viendo Disney Chanel. Les hemos robado los ríos, los mares, los bosques, miles de animales y de flora que ya no conocerán… Lo que van a conocer ya no será lo que deberían conocer. Pero esta apropiación del patrimonio de nuestros hijos es, reconozcámoslo, una mala solución… para nuestros hijos y también para nuestra tranquilidad de conciencia, que es la garantía de un buen dormir.
¿Debemos renunciar a disfrutar de la playa, de la montaña, de la movilidad, para limitar nuestro impacto sobre la biosfera? Es una pregunta necesaria. Es necesario rebajar fuertemente nuestro consumo de recursos naturales. ¿Cómo hacerlo? Seguramente tendremos que caminar por distintas vías a la vez: cambios tecnológicos, prohibiciones radicales de determinadas tecnologías, mas economía local…
Una de las líneas de trabajo que, desde mi punto de vista, encierra más oportunidades de mejora es cambiar nuestra actual economía del propietario por la economía compartida. Pasar del mío al nuestro. Pasar de la economía de las cosas a la economía funcional, a la economía de los servicios. Ese cambio implica muchos cambios: tecnológicos, legales… Pero sobre todo exige un cambio de valores. Digo esto sabiendo que doy una mala noticia porque los valores son muy testarudos, son difíciles de mover, tienen mucha inercia. Sin embargo hay esperanza, hay buenas noticias : la nueva economía compartida ya esta aquí, ha llegado y está creciendo.
Veamos algunos ejemplos. En Zaragoza 35 000 personas somos copropietarias de 1 500 bicicletas que están disponibles en 130 lugares de la ciudad. No tenemos una bici exclusiva para cada uno, pero tenemos 1 500 bicis compartidas. No tengo mi bici en mi garaje, pero tengo mis 1 500 bicis compartidas en 130 “garajes”. Cifras similares existen en París, Roma, Barcelona, Sevilla…
En el área metropolitana de Barcelona a través de Avancar, una empresa de coche compartido, más de 5 400 asociados comparten más de 100 vehículos estacionados en 35 aparcamientos. En Europa ya hay más de 40 operadores como Avancar que prestan su servicio en más de 250 ciudades.
Pero la economía compartida esta aquí en muchas otras dimensiones. Antes, cada cual, en los estantes de su salón, tenía centenares de discos o CD, con los que podía oír, quizás, en el mejor de los casos, cientos o miles de canciones. Ahora, como usuario de Spotify o de otras iniciativas similares, millones de personas pueden oír cuando quieran millones de canciones en su salón o dondequiera que se encuentren. Antes, para satisfacer nuestras lagunas de conocimiento estábamos obligados a adquirir pesadas y costosas enciclopedias con cientos o miles de páginas. Ahora, millones de personas consultamos Wikipedia a la vez desde los cinco continentes.
Almacenar mis datos o mis correos electrónicos en la “nube” y no en mi ordenador particular quiere decir que en algún lugar hay un gran ordenador que almacena a la vez mis datos, los de mi vecino de al lado y los de vecinos de un pueblo de Australia. Todos esos “vecinos del mundo” compartimos un mismo “cacharro”, que no sabemos exactamente dónde está. Todos esos vecinos del mundo no tenemos la “cosa”, el CD o la enciclopedia, pero la disfrutamos sin poseerla en exclusiva. Tenemos el servicio, pero no somos propietarios de la “cosa” que da el servicio.
Todas estas iniciativas suenan a nuevas y raras. Pero, en realidad, son la extensión de una marea de fondo que viene de lejos. Los transportes públicos, los parques, los hospitales, los hoteles… son ejemplos maduros de una economía compartida que ya existe y que señala el camino de cómo conciliar el bienestar personal con el menor consumo de recursos naturales. Como propietarios exclusivos hay muchas cosas de las que no podríamos gozar. Como co-propietarios y como beneficiarios de una economía compartida podemos disfrutar de más bienes, de mejores bienes.
Hoy la economía compartida está teniendo y va a tener todavía más un enorme desarrollo. Hay varios factores que empujan en esa dirección. Mencionaré tres muy importantes: Internet, la crisis económica y el cambio cultural.
Hoy, gracias a Internet, podemos dar más pasos en esa dirección. Internet está posibilitando que la economía compartida se extienda en varias direcciones.
1) Alargando la vida de los productos ya existentes. Un ejemplo de esto sería Ebay o, por ejemplo, iniciativas, dirigidas a que la ropa o los juguetes de los niños tengan una segunda o cuarta oportunidad (minilodgers.co.uk, busybeebabies.co.uk…). Son bienes que se comparten sucesivamente.
2) Compartiendo bienes físicos como automóviles, bicis… Ejemplos de esto sería Avancar en Barcelona, Bicing en Zaragoza, City Car Club en el Reino Unido…Estas iniciativas han transformado un negocio de venta de artefactos en un negocio de prestación de servicios. Se podría hablar de que se comparten bienes “a la vez”.
3) Desmaterializando el consumo de determinados bienes “intangibles”: música, conocimiento… Esta desmaterialización nunca es total ya que el mantenimiento, por ejemplo, de los data center es muy intensivo en energía. Ejemplos de esta línea sería Spotify, Wikipedia…
4) Posibilitando estilos de vida colaborativos, comunidades de nueva confianza en el que se comparten espacios para trabajar, habitaciones para viajar, jardines, herramientas, tiempo… Ejemplos de está línea: landshare.net, hubculture.com, park-uk.com
En todas las culturas, también en las más tradicionales, ha habido siempre una economía compartida, de colaboración. La diferencia ahora es que ese pequeño círculo en el que esa colaboración se establecía se ha ampliado… a todo el planeta gracias a Internet. Ahora las comunidades pueden ser de millones de personas y pueden provenir de cualquier parte del mundo.
El otro factor que está ayudando a la extensión de esta economía compartida es la crisis. En la escasez de recursos económicos las soluciones comunitarias se presentan como una opción empujada por la necesidad. Ahora en España hay varias iniciativas de taxi compartido en Oviedo, Zaragoza, Candelaria, en Canarias… Y estas experiencias están promovidas desde dentro del sector del taxi, como una manera de responder a la atonía de la demanda. La necesidad siempre es partera de la historia. Y en este caso va a empujar a la sociedad en la buena dirección: ser mucho más eficientes en el uso de los recursos naturales del planeta.
Estas iniciativas de economía compartida que la crisis extiende se transforman en nuevos negocios, empresas de coche compartido, por ejemplo, o simplemente cambian la conducta de los compañeros de trabajo que ahora sí comparten sus automóviles personales y llenan los asientos de los coches que antes iban reiteradamente vacíos.
Muy posiblemente un beneficio colateral de la crisis en España va a ser la emergencia de esta nueva economía más austera, más ecológica, más innovadora y, paradójicamente, más conectada con la cultura tradicional de nuestros pueblos, de la España profunda.
Pero, además, hay un factor adicional que refuerza las ventajas de la economía compartida, la economía del no-propietario. Con frecuencia, al usar estos bienes compartidos nos damos cuenta “del lujo de la no propiedad”. Gozamos de un bien (bicicleta, automóvil…) sin tener las preocupaciones, ni las presiones, ni la carga de ser propietario de ese bien. ¿Acaso no hemos comprobado en muchas ocasiones que la opción de ir a tu propio apartamento en la playa es mucho peor, desde el punto de vista del disfrute personal, que estar alojado en un hotel? Sí, si lo miramos con otros ojos, hay “un lujo particular” en disfrutar de algo sin ser su propietario.
La economía compartida, con mucha frecuencia, no es menos placentera que la economía del propietario. Y esa convicción en muchos usuarios de estos bienes comunes esta creando una nueva cultura en la que los consumidores quieren disfrutar de buenos servicios pero sin tener la servidumbre de ser los propietarios. Y ésta es mi tesis: muy posiblemente las personas “entrarán” en la economía compartida por la crisis, pero seguirán en esa economía porque habrán descubierto que, con mucha frecuencia, es más placentero compartir que poseer en exclusiva. Harán de la necesidad, virtud.
Esos cambios culturales, tan intangibles, tienen, sin embargo, grandes implicaciones en el medio físico. Imaginemos, haciendo historia-ficción, que el lujo de la no propiedad y la cultura de la economía compartida hubieran sido hegemónicos en las últimas décadas en nuestro país ¿Se imaginan la costa mediterránea española si no hubiera apartamentos privados y los turistas disfrutaran del mar alojados en establecimientos hoteleros de todo tipo y condición? Aun recibiendo los mismos millones de turistas que hasta ahora, habríamos dañado mucho menos nuestras playas, nuestros paisajes, y generaríamos muchísimo más empleo. Por otro lado, tendríamos menos hipotecas y más ahorros. Ninguna de ambas situaciones es despreciable.
Esa economía compartida está cambiando el mundo y va a cambiarlo más porque los motores que empujan esta marea de fondo son muy potentes. Las posibilidades que crea la conexión online de enormes sectores de la población mundial van a seguir creciendo. Las limitaciones ambientales van a empujar también en la dirección de encontrar maneras de satisfacer necesidades sociales con menor consumo de recursos. La crisis económica, que aqueja a grandes áreas de la economía mundial, también promueve soluciones colaborativas en todos los sectores económicos. Y a eso hay que añadir que más y más personas están descubriendo que lo importante no es tener cosas, lo importante es disfrutarlas.
Sí, la economía compartida ha venido para quedarse y constituye uno de los cambios disruptivos que necesitamos.
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