Uno de los múltiples efectos de la crisis ha sido demostrar la alta volatilidad del bienestar económico. En muy poco tiempo las clases medias, que pensaban disponer de una cierta solidez en este terreno, se han dado cuenta de la fragilidad de la posición social asociada al dinero. Y como muy acertadamente se subraya desde Cáritas, tan peligrosa es la caída en la pobreza de una franja significativa de la sociedad, como el acercamiento de otra franja no menos importante a una situación de vulnerabilidad. Esta sensación de retroceso no sólo está relacionada con el bienestar material, sino que se hace evidente, como se puede comprobar ahora mismo en muchas decisiones políticas que parecen tocar terreno consolidado en relación con los derechos fundamentales.
Hay otros síntomas de esta tendencia. Últimamente se percibe una disminución de la conciencia ambiental en medios empresariales y políticos en el sentido de que la necesidad de crecimiento económico para mitigar el paro hace pasar a segundo término otras consideraciones: las pasadas amenazas al Parque agrario del Baix Llobregat bajo la sombra de Sheldon Adelson han sido un buen ejemplo de este estado de espíritu. La velocidad con la que ciertos avances pueden desaparecer es el auténtico indicador de hasta qué punto estos avances habían arraigado verdaderamente en una comunidad. Podríamos decir lo mismo del grado de rapidez con que el exalcohólico retorna a la antigua adicción cuando llegan las dificultades.
Un factor que parece muy relevante para evitar esta volatilidad que afecta al ámbito material y del pensamiento es la consolidación de los modelos. Los hechos nos muestran que la riqueza o las convicciones obtenidos en poco tiempo y que no responden a un patrón bien establecido son frágiles. Miremos un país como Gran Bretaña donde la democracia, por imperfecta que sea y a pesar de las circunstancias , no ha vuelto nunca a la dictadura. Esta ley se cumple en otras escalas. La excelencia de la educación finlandesa se sostiene en el tiempo porque no está sujeta a un cambio de modelo en función de las mayorías parlamentarias. Los países que funcionan razonablemente persisten en la defensa de las estructuras que van bien, o crean nuevas, con el máximo consenso, para encarar el futuro. Esto es lo que hace Dinamarca cuando se pone como meta dejar de depender de los combustibles fósiles para 2050. La ambición del objetivo es remarcable, pero aún lo es más la voluntad de construir los mecanismos que lo harán posible.
Todo ello, nos lleva inevitablemente a preguntarnos hasta qué punto nosotros hemos asentado modelos desde 1976 -económicos , sociales y políticos- o más bien hemos ido improvisandolos. Que cada lector responda a esta pregunta. Yo sólo quiero recordar que en estos días estamos asistiendo a una representación llamada El desbarajuste eléctrico situada a medio camino entre el drama y la ópera buffa, con un argumento que tiene mucho que ver con la desidia de no pensar en el largo plazo.
Antes del siglo XVIII nadie habría entendido un debate sobre el progreso porque este concepto no estaba en circulación. Esto no significa que, como mínimo en el mundo occidental, no existiera una noción sobre la posibilidad de mejora de las sociedades a través del tiempo. Pero la visión racional -industrial en la que vivimos desde hace más de dos siglos tiene una dimensión mayor. Según esta visión, toda la humanidad está abocada al progreso y cada época tiene que ser necesariamente superior a la anterior. Esto implica expansión de la tecnología, crecimiento económico, aumento constante del bienestar material. Los acontecimientos del siglo XIX, y más aún los del XX, se encargaron de matizar este optimismo sin fin ligado al progreso. Y en el siglo XXI la sostenibilidad supone un nuevo desafío para un concepto nacido , por qué no decirlo, de una cierta ingenuidad ante la condición humana.
Sin embargo, el progreso sigue siendo muy útil. Sin ir más lejos porque, si en este momento y en este país no lo tuviéramos como referente, seríamos incapaces de valorar la gravedad de lo que vivimos, donde los retrocesos de todo tipo aumentan, sin que nadie pueda garantizar si esta tendencia se detendrá.

















