¿Te imaginas pasar días bajo el agua en pleno invierno y salir “tan campante” en primavera para arrancar una nueva vida? Pues algo muy parecido les ocurre a las reinas de abejorro cuando las lluvias o el deshielo inundan el suelo donde están enterradas.
Un equipo de la Ottawa (Canadá) ha observado que las reinas de abejorro en diapausa (ese letargo invernal bajo tierra) pueden sobrevivir a una inmersión completa durante, al menos, una semana. Y lo más llamativo es el “cómo”: combinan una respiración subacuática muy limitada con un metabolismo aún más frenado y un apoyo extra de rutas anaeróbicas (las que no dependen del oxígeno).
Por qué importa esto (más allá de la curiosidad)
Las reinas son, literalmente, el reinicio de la colonia. En muchas especies de abejorros, la reina es la única que sobrevive al invierno y, si llega viva a primavera, funda una nueva colonia. Si el refugio subterráneo se encharca por una tormenta o por episodios de deshielo, el riesgo de “ahogamiento” debería ser enorme. Pero aquí hay margen. Y en un clima con eventos extremos más frecuentes, entender ese margen puede marcar diferencias en conservación, sobre todo cuando hablamos de polinizadoras que sostienen buena parte de los ecosistemas.
Qué vieron en el laboratorio
Los investigadores trabajaron con reinas en cámaras herméticas sumergidas en agua fría para simular esas inundaciones invernales. Durante la inmersión, la emisión de CO₂ se desplomó, pero no se fue a cero: se mantuvo en un nivel bajo y estable. Eso sugiere que, de alguna manera, siguen intercambiando gases incluso bajo el agua (poco, pero algo).
A la vez, el lactato aumentó, una pista clásica de metabolismo anaeróbico. Dicho en lenguaje de calle, cuando el oxígeno escasea, tiran de “plan B” químico para seguir funcionando. No es gratis (genera lactato), pero compra tiempo. Y hay un detalle más que encaja como un guante: en diapausa, su metabolismo ya está por los suelos. “La primera clave es la depresión metabólica”, explica el profesor Charles-Antoine Darveau. Si gastas poquísima energía, también necesitas poquísimo oxígeno. Así se entiende que ese intercambio gaseoso mínimo pueda bastar durante días.
En algunos ensayos se midieron puntos de inmersión que llegan hasta el día 8, lo que apunta a que la tolerancia puede alargarse más allá de la semana en condiciones controladas. Para quien siga de cerca el declive de las abejas, este tipo de adaptaciones no pasa desapercibido.
El regreso al aire también deja huella
Cuando las reinas vuelven a respirar aire, aparece un pico inicial de producción de CO₂, como si el cuerpo “pagara la factura” acumulada. Es el momento de eliminar lactato y reequilibrar el metabolismo. Según describen los autores, esa recuperación no es instantánea y puede prolongarse durante varios días, con una vuelta gradual a los niveles previos.
Aquí está la idea clave, sin adornos: no se basan en una sola estrategia. “No se basan en una sola estrategia. Combinan el intercambio gaseoso submarino con el metabolismo anaeróbico. Esa flexibilidad es lo que les permite sobrevivir a estas condiciones extremas”, señala Darveau. Además, hay iniciativas que buscan mejorar el seguimiento y la protección de los polinizadores para que este tipo de información se traduzca en medidas útiles.
Lo que todavía no está claro (y conviene tener en cuenta)
El estudio deja una pregunta abierta muy interesante: cuál es el mecanismo físico exacto que permite ese intercambio gaseoso bajo el agua. En otros insectos acuáticos se ven trucos como películas de aire pegadas al cuerpo o adaptaciones que facilitan la difusión del oxígeno disuelto, pero en estas reinas aún no está confirmado qué “truco” usan.
Y ojo con una lectura demasiado optimista. Sobrevivir a una inundación no significa que salga gratis. Si estos episodios se repiten, podrían agotar reservas energéticas y reducir el éxito al fundar colonias. En la práctica, eso podría traducirse en menos colonias nuevas, menos polinización y más fragilidad en ecosistemas ya tensionados, justo cuando proyectos como BeeConnected intentan reforzar corredores y hábitats para polinizadores en el suroeste de Europa. Y es que la presión no viene solo por el agua: también pesan la pérdida de hábitat y la necesidad de más espacios naturales.
El estudio científico más reciente ha sido publicado en PubMed.















