Una pequeña alondra del Sahel acaba de devolver una sorpresa a la ciencia. La alondra rojiza (Calendulauda rufa), también conocida como Rusty Lark o Rusty Bush Lark, ha sido observada, fotografiada y filmada en el centro de Chad después de no contar con registros documentados desde 1931. No es poca cosa.
El hallazgo no significa que la especie esté a salvo ni que sea abundante. Lo que sí demuestra es algo importante para la conservación. En regiones poco estudiadas, sobre todo en zonas difíciles del Sahel, una especie puede pasar décadas sin aparecer en los mapas y seguir viva. Y eso cambia la forma de mirar la biodiversidad.
Un regreso en Chad
El avistamiento se produjo el 2 de febrero de 2026 en la reserva de fauna de Abou Telfane, a unos 10 kilómetros al este de Mongo, en la provincia de Guéra, en el centro de Chad. El equipo estuvo formado por Idriss Dapsia, de la Dirección de Fauna y Áreas Protegidas de Chad, Julien Birard, de Tour du Valat, y Pierre Defos du Rau, de la Oficina Francesa de Biodiversidad.
Según Tour du Valat, el mismo ejemplar fue visto de nuevo el 15 de febrero junto a otros miembros del proyecto RESSOURCE+. Esta segunda observación ayuda a reforzar el valor del registro, porque no se trató de una imagen fugaz tomada de lejos y sin contexto.
La identificación fue confirmada con las imágenes de campo por expertos en aves de Chad y en alondras, entre ellos Joost Brouwer, Tim Wacher, Paul Donald y Per Alström. La nota oficial señala que son las primeras fotografías conocidas de un ejemplar vivo de esta especie.
Casi un siglo sin pruebas
La alondra rojiza vive en sabanas áridas y zonas semidesérticas del Sahel, principalmente en Níger, Chad y Sudán. Es un territorio enorme sobre el mapa, pero no siempre fácil de recorrer con prismáticos, cuadernos y cámaras. Ahí está una de las claves.
La especie fue descrita científicamente en 1920 por el ornitólogo británico Hubert Lynes a partir de ejemplares recogidos en Darfur, en Sudán. El último registro documentado antes de este hallazgo procedía de especímenes recolectados por George Latimer Bates en mayo de 1931 en lo que hoy se considera la región de Tahoua, en Níger.
Desde entonces hubo indicios, citas antiguas y alguna posible fotografía, pero no pruebas definitivas. Search for Lost Birds explica que una imagen de 2017 fue reevaluada y finalmente no se aceptó como registro de esta alondra. La duda seguía abierta.
Cómo supieron que era ella
La escena tuvo algo de casualidad, como ocurre muchas veces en el campo. El equipo estaba en Guéra tras varios días de trabajo con aves acuáticas en el lago Fitri y antes de continuar hacia el parque nacional de Zakouma. Buscaban otras especies, pero mantenían el ojo puesto en las alondras.
Pierre Defos du Rau lo resumió con una frase sencilla: «Llevábamos dos años practicando con las alondras en Chad». Ese entrenamiento fue clave, porque estas aves pueden parecerse mucho entre sí para alguien no especializado. Un detalle en la ceja, el pico o la cola puede marcar la diferencia.
En la lista publicada en eBird, los observadores describieron un pico más fino y aparentemente más largo que el de la alondra comúnmente confundida con ella, una ceja de color crema, cobertoras auriculares muy rojizas y un dorso rojizo con aspecto escamoso. BirdGuides también recoge que el registro fue confirmado por Paul Donald, coordinador científico global de BirdLife International.
Perdida no es extinta
Aquí conviene frenar un poco la emoción. Que un ave no se vea durante 94 años no significa automáticamente que esté extinguida. En este caso, la alondra rojiza seguía figurando como especie de «Preocupación Menor» en la Lista Roja de la UICN, debido a su gran área potencial de distribución.
BirdGuides señala que esa área se estima en unos 47 millones de hectáreas, gran parte de ellas con muy poca cobertura por parte de observadores y conservacionistas. En otras palabras, el mapa era amplio, pero los ojos sobre el terreno eran pocos.
Esto no convierte el caso en una historia cerrada. Ver un ejemplar no permite conocer cuántos quedan, dónde crían o si la población está creciendo o reduciéndose. Sirve para algo más básico, pero enorme. Sirve para confirmar que la especie sigue viva.
Lo que revela del Sahel
El hallazgo también recuerda que la conservación no depende solo de grandes animales famosos. Una alondra pequeña, de colores discretos y pegada al suelo, puede aportar información muy valiosa sobre ecosistemas secos que suelen recibir menos atención que selvas, arrecifes o grandes humedales. Y eso se nota.
El proyecto RESSOURCE+, coordinado por la FAO, trabaja en humedales sahelianos de países como Senegal, Chad y Mauritania, con actividades sobre biodiversidad, aves acuáticas y gestión sostenible. La propia FAO recuerda que estos ecosistemas afrontan presiones como el cambio climático, la expansión agrícola, el uso intensivo de recursos naturales y la caza no sostenible.
Aunque la alondra rojiza no es un ave acuática, el descubrimiento ocurrió gracias a una expedición vinculada a ese tipo de trabajo de campo. En la práctica, esto demuestra algo muy simple. Cuando hay equipos sobre el terreno, también aparecen respuestas que nadie esperaba.
Lo que falta por saber
Quedan muchas preguntas abiertas. No se conoce bien su canto, su reproducción ni el tamaño real de sus poblaciones. Tampoco está claro si su distribución es tan amplia como se pensaba o si sobrevive en núcleos más pequeños y dispersos.
El siguiente paso será volver al terreno, revisar hábitats parecidos y comparar nuevas observaciones con las fotografías ya obtenidas. Search for Lost Birds indica que el equipo tiene previsto regresar a Chad en enero de 2027. Tal vez encuentren más ejemplares. O tal vez descubran que esta alondra sigue siendo tan esquiva como parecía.
En cualquier caso, la historia deja una lección clara. La ausencia de noticias no siempre es una sentencia de extinción. A veces solo significa que nadie ha mirado en el sitio adecuado, en el momento adecuado y con la experiencia suficiente.
La nota oficial del redescubrimiento ha sido publicada por Tour du Valat.










