Si has estado en El Calafate, seguramente lo asocias con hielo, viento y paisajes enormes. Pero las rocas de esa zona guardaban otra postal, mucho más cálida, de hace unos 70 millones de años, cuando aún había dinosaurios y la cadena alimentaria tenía más de un “jefe” inesperado.
Un equipo de paleontólogos ha descrito una nueva especie llamada Kostensuchus atrox a partir de un fósil excepcionalmente completo hallado en la Formación Chorrillo. El animal medía alrededor de 3,5 metros y pudo pesar unos 250 kilos, con mandíbulas potentes y dientes aserrados que apuntan a un papel de gran depredador.
Un fósil casi entero en El Calafate
El ejemplar apareció en la provincia argentina de Santa Cruz, a unos 30 kilómetros al suroeste de El Calafate, en un área que hoy está muy cerca del Parque Nacional Los Glaciares. Los autores señalan que es el primer fósil de este tipo de crocodriliforme hallado en la Formación Chorrillo, un dato que ayuda a completar el puzle de ese ecosistema.
Según explicó La Nación a partir de un comunicado de prensa, “el fósil se halló incrustado en una concreción rocosa e incluye buena parte del esqueleto”. En el artículo científico se detalla que el esqueleto está articulado y muy informativo, aunque faltan algunos huesos de las extremidades y la cola, algo clave para interpretar su locomoción.
El trabajo tampoco fue de un día para otro. La extracción del bloque y su preparación arrancaron en 2020 y, entre campañas de campo y laboratorio, han pasado años hasta llegar a la descripción formal en una revista científica. En paleontología, esto es lo habitual, paciencia y herramientas pequeñas para contar una historia enorme.
No era un cocodrilo moderno, era un peirosáurido
Kostensuchus atrox no es un dinosaurio y tampoco es un antepasado directo de los cocodrilos actuales. Pertenece a los peirosáuridos, un grupo extinto de “crocodriliformes” que vivió en Gondwana (el antiguo supercontinente del sur) y que, en muchos casos, estaba más adaptado a la vida en tierra firme que los cocodrilos que vemos hoy en documentales.
El nombre también tiene su historia. Fernando Novas, uno de los autores, lo resumió así, “su nombre científico se podría traducir como el feroz cocodrilo del viento”, en referencia al viento patagónico y al guiño a Sobek (Souchos), la divinidad egipcia con cabeza de cocodrilo.
Ahora bien, sobre cómo se movía conviene ir con cuidado. El estudio compara rasgos del hombro y la cadera y sugiere que pudo tener una postura menos erguida que otros cocodriliformes terrestres, y que harían falta más huesos de la pata trasera para afinar esa idea. Dicho de otra forma, el debate sobre si era más “de tierra” o más “de agua” sigue abierto.
Mandíbulas para sujetar y dientes para cortar
La nueva especie se ha descrito como “hipercarnívora”, un término que en la práctica significa una dieta basada casi por completo en carne. Los autores destacan un hocico alto y ancho, una zona del cráneo asociada a músculos temporales muy desarrollados y dientes grandes con bordes aserrados (lo que en paleontología se conoce como dentición “ziphodonta”).
¿En qué se traduce eso para el lector de a pie? En un animal preparado para agarrar y, sobre todo, para desgarrar. En el propio estudio se plantea que esas “hojas” dentadas ayudan a cortar tejido, algo coherente con la idea de que podía abatir presas de buen tamaño, incluidos dinosaurios herbívoros pequeños o medianos.
La Patagonia del final del Cretácico era otra cosa
La Formación Chorrillo se formó en el Maastrichtiense, en la recta final del Cretácico, y el paisaje no se parecía al actual. Las descripciones científicas hablan de llanuras aluviales de agua dulce con un clima templado a cálido y humedad estacional, un escenario con tortugas, ranas, mamíferos y varios dinosaurios.
Ese contexto importa porque coloca a Kostensuchus en una comunidad de depredadores más compleja de lo que solemos imaginar. El estudio lo sitúa como el segundo gran depredador del ecosistema, solo por detrás del terópodo Maip, lo que sugiere competencia y reparto de nichos en un territorio que, por entonces, estaba mucho más cerca de la Antártida que hoy.
Gondwana, extinciones y por qué importa ahora
Además de sumar un “nuevo nombre” a la lista, el hallazgo ayuda a entender conexiones antiguas entre continentes. Los peirosáuridos se conocen en Sudamérica y África, y este tipo de fósiles refuerza la idea de que la biodiversidad de entonces se movía por un mapa distinto, cuando las masas continentales estaban unidas o más próximas.
Y hay una lectura ambiental que no conviene perder. Estas rocas son una ventana a un mundo con climas y ecosistemas muy diferentes, y sirven como recordatorio de que el planeta cambia, a veces de forma drástica, con un calentamiento actual ligado de manera inequívoca a la actividad humana, según el IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático).
El estudio científico se ha publicado en la revista PLOS ONE.













