Una concha que queda en el plato después de comer ostras podría tener una segunda vida lejos de la mesa. Investigadores del Trinity College de Dublín han comprobado que este material puede capturar tierras raras del agua contaminada, con una capacidad máxima estimada de unos 1,5 gramos de metal por cada gramo de concha.
El hallazgo abre una vía para aprovechar residuos del marisco y retener metales utilizados en tecnologías como los coches eléctricos y los aerogeneradores. Pero hay un matiz fundamental para entender la noticia. Los resultados proceden de ensayos de laboratorio y todavía falta comprobar su rendimiento con aguas industriales reales.
De la playa al laboratorio
El equipo estudió conchas de ostras, mejillones y berberechos recogidas en playas irlandesas. Los investigadores las limpiaron, las trituraron y aplicaron un tratamiento químico para retirar restos orgánicos antes de introducirlas en soluciones con lantano, neodimio y disprosio, tres elementos del grupo de las tierras raras.
Las concentraciones eran elevadas y buscaban representar situaciones de contaminación industrial intensa. El conjunto de pruebas abarcó temperaturas de entre 25 y 205 °C y periodos de hasta tres meses, para observar cómo avanzaba la reacción en distintas condiciones.
La mayor capacidad se estimó en ensayos a 165 °C, mediante cálculos basados en los minerales formados, sin medir directamente la evolución de los metales disueltos en el agua. Por eso, los 1,5 gramos por gramo deben entenderse como un máximo bajo condiciones concretas, sin dar por hecho que echar conchas en agua a temperatura ambiente produciría ese resultado.
La concha se transforma
¿Qué ocurre para que un material capture más metal del que pesa? La clave está en una transformación química. El carbonato de calcio que forma la concha se disuelve y, en su lugar, aparecen nuevos minerales que incorporan los elementos presentes en el agua.
«Las conchas transforman de forma natural los elementos de tierras raras disueltos en nuevos minerales sólidos», explica Juan Diego Rodríguez-Blanco, investigador principal del proyecto. Los metales pasan así a formar parte de cristales, en vez de quedar únicamente adheridos a la superficie.
Por qué ganan las ostras
Las conchas de ostra tienen capas y zonas porosas que facilitan la circulación del agua por su interior. Esa estructura permite que la transformación avance hacia dentro, hasta reemplazar el carbonato de calcio original en las condiciones adecuadas.
En los mejillones y los berberechos sucede algo diferente. Los minerales nuevos forman una costra que acaba bloqueando el paso del agua y frena la reacción, de modo que más de la mitad del material original permanece sin transformar.
La comparación ayuda a entender por qué no sirve tratar todas las conchas como si fueran iguales. Aunque compartan un componente principal, la forma en que está organizado determina cuánto puede aprovecharse antes de que la superficie quede sellada.
Metales que usamos a diario
Las tierras raras pueden sonar lejanas, pero están presentes en componentes de móviles, vehículos eléctricos y turbinas eólicas. Su extracción y procesamiento pueden generar aguas contaminadas, y el problema aparece cuando esos metales llegan al medio natural sin un tratamiento adecuado.
Aquí se cruzan dos necesidades. Por un lado, retirar contaminantes del agua y, por otro, conservar materiales valiosos que podrían perderse durante los procesos industriales. El estudio explora una conexión entre ambas, aunque capturar los metales todavía no equivale a tenerlos preparados para fabricar nuevos productos.
Dar valor a un residuo
Rémi Rateau, primer autor del trabajo, recuerda que la acuicultura mundial genera millones de toneladas de residuos de conchas cada año. Aprovechar parte de ese material permitiría darle utilidad a algo que suele acabar desechado o enviado a vertederos.
La propuesta encaja con una idea sencilla de economía circular. Un residuo de una actividad podría convertirse en materia prima para tratar los desechos de otra, siempre que el proceso funcione y sus costes permitan mantenerlo.
La prueba que falta
El siguiente paso pasa por ensayos a escala piloto. Las aguas industriales contienen mezclas de sustancias, presentan una química variable y circulan de forma continua, unas condiciones más complejas que las de una solución preparada para un experimento.
También habrá que evaluar cuánto cuesta preparar las conchas y qué condiciones de tratamiento compensan el gasto energético. Si se pretende recuperar las tierras raras, será necesario extraerlas después de los minerales formados, un paso adicional cuyo rendimiento importa.
Por ahora, el resultado señala una posibilidad para aprovechar mejor los residuos, pero su viabilidad industrial sigue pendiente.
El estudio ha sido publicado en la revista Science of the Total Environment.













