A finales de los años ochenta, la Comisión Forestal de Victoria entró en un bosque de fresno de montaña de Tanjil Bren, en el sureste de Australia, y en algunas parcelas cortó entre el 50 % y el 70 % de los árboles para dejar el resto en pie. Treinta años después, ese experimento forestal olvidado tiene algunos de los troncos más gruesos de todo el lugar y casi el mismo carbono que el bosque que nunca se tocó.
El fresno de montaña (Eucalyptus regnans) es, pese a su nombre, un eucalipto, y figura entre los árboles más altos del mundo. Los de Tanjil Bren nacieron tras los incendios de 1939 y hoy alcanzan entre 70 y 75 metros.
La primera autora del trabajo es Kaitlyn Hammond, investigadora posdoctoral de la Universidad del Norte de la Columbia Británica (Canadá) y vinculada a la Universidad de Melbourne, donde firman con ella Craig Nitschke, Raphaël Trouvé y Patrick Baker, catedrático de Selvicultura y Ecología Forestal.
Un ensayo de los años ochenta contra la corta a hecho
En Victoria, el sistema habitual ha sido la corta a hecho, que consiste en talar todos los árboles de un rodal (una mancha de bosque homogénea) de una vez, quemar los restos y sembrar. Desde 1950, ese sistema y el de árboles padre se han usado en el 93 % de la superficie forestal aprovechada en el estado, según el estudio.
Para buscar alternativas, el Gobierno de Victoria puso en marcha a mediados de los ochenta el Silvicultural Systems Project, con una inversión que hoy equivaldría a 26 millones de dólares australianos, y lo instaló entre 1987 y 1989 en dos lugares: Tanjil Bren, en las Tierras Altas Centrales, y Cabbage Tree Creek, en East Gippsland.
En Tanjil Bren se probaron siete tratamientos: cortas a hecho de 6 a 8 hectáreas, cortas con árboles padre, claros de 0,25, 0,5 y 2 hectáreas y dos aclareos intensos que dejaron en pie el 30 % y el 50 % del arbolado. Al lado se reservaron zonas sin cortar como referencia.
El proyecto quedó abandonado durante años
A principios de los 2000, los primeros resultados ya favorecían con claridad la corta a hecho, porque el fresno de montaña se regeneraba mejor allí, mientras que bajo los árboles que quedaban o en los claros pequeños dominaban las acacias. Según el estudio, después no se tomaron más medidas hasta 2019.
«Los resultados se publicaron. El camino de acceso quedó cubierto de maleza. El cartel del proyecto se vino abajo. El experimento cayó en el olvido», escribieron los cuatro autores en un artículo publicado en The Conversation en julio de 2026.
Peter McHugh, que trabajó casi 40 años como forestal y en la extinción de incendios en Victoria, lo resumió así en 2025 en su blog Victoria’s Forests & Bushfire Heritage: «Los estudios estaban pensados para durar más de 50 años, pero solo se mantuvieron 12».
En 2014 el equipo llevó allí a sus alumnos de una asignatura de la Universidad de Melbourne, por sugerencia de su colega Simon Murphy, que había participado en la puesta en marcha. «Lo que encontramos fue asombroso», cuentan.
Los árboles que quedaron en pie crecieron mucho más
En 2019 el equipo midió 53 parcelas de 20 por 20 metros repartidas por todos los tratamientos, con 4424 árboles de 18 especies, y registró el diámetro normal, el grosor del tronco a la altura del pecho.
«Los árboles que quedaron tras el aclareo eran enormes», escriben los autores en The Conversation. Con solo unos 80 años, los mayores superaban de media con holgura el metro de diámetro, algunos pasaban de 1,5 metros y eran un 20 % más gruesos que los mayores de las zonas sin cortar.
En el artículo científico, el diámetro medio de los 50 árboles más grandes por hectárea fue de 108 centímetros en los aclareos y en las zonas de control, casi el doble que en cualquier otro tratamiento. Con menos competencia, explican, las copas pudieron ensancharse.
El carbono volvió en tres décadas
Los dos aclareos habían perdido el 70 % y el 50 % de su área basal, que es la superficie que ocupan los troncos cortados a la altura del pecho. Treinta años después la habían recuperado entera y no había diferencias significativas con las parcelas sin cortar.
Su biomasa total sobre el suelo quedó entre 551 y 652 toneladas por hectárea, frente a 654 en el bosque intacto, y fueron los únicos tratamientos que se acercaron a esa cifra. El aclareo más fuerte tenía el 120 % de la biomasa de árboles vivos del control y el más suave, el 97 %. En biomasa total, llegaban al 101 % y al 84 % de la del bosque sin cortar.
Como la madera es aproximadamente mitad carbono, esa biomasa sirve para estimar el carbono almacenado. «En solo 30 años, el bosque muy aclarado había recuperado todo el carbono retirado en la corta y había ganado además suficiente carbono para igualar el aumento observado en las zonas sin cortar», escriben los autores.
En el estudio añaden que los aclareos podrían incluso tener un saldo de carbono positivo frente a no hacer nada si la madera extraída se destina a productos de larga duración. La ciencia sigue revisando cuánto carbono pueden absorber realmente los bosques.
Más huecos para una zarigüeya en peligro crítico
Los troncos gruesos importan también para la fauna, porque en estos bosques los huecos de los árboles suelen empezar a formarse a partir de un metro de diámetro. Según el modelo del estudio, la probabilidad de tener un hueco es inferior al 1 % por debajo de 75 centímetros y ronda el 50 % a los 150.
Los aclareos tenían de media más de seis veces más huecos por hectárea que las cortas a hecho y con árboles padre. Para los autores, «retener aunque sea unos pocos árboles grandes en el dosel puede acelerar la aparición de árboles con huecos».
Ahí viven animales como la zarigüeya de Leadbeater (Gymnobelideus leadbeateri), un pequeño marsupial en peligro crítico que necesita árboles con huecos y un sotobosque denso de acacias. En las parcelas sin cortar las acacias habían desaparecido, y el estudio concluye que «las parcelas de control ya no son un hábitat adecuado» para la especie.
En The Conversation, los autores cuentan que sus cámaras de fototrampeo detectaron zarigüeyas de Leadbeater en todas las parcelas tratadas que revisaron y en ninguna de las zonas sin cortar.
Lo que el estudio no puede demostrar
Los propios autores admiten que los ensayos no se repitieron en otros puntos del paisaje y que cada aclareo se aplicó en solo dos unidades de corta de unas 5 hectáreas, lo que limita la réplica. El cálculo de biomasa tampoco incluye raíces ni carbono del suelo.
Los helechos arborescentes, muy lentos en crecer, tenían casi cinco veces más biomasa en el bosque intacto que en el aclareo más suave. Los datos de las cámaras de fototrampeo, por otra parte, aparecen en el artículo divulgativo y no en las tablas del estudio.
«El aclareo no puede (ni debe) hacerse en todas partes», escriben los investigadores, que concluyen que «no existe una solución mágica en selvicultura».
Una herramienta para bosques ya talados o quemados
Victoria cerró la tala comercial de bosques nativos en terrenos públicos en enero de 2024, y el debate sobre cómo restaurarlos sigue abierto, como en España con los aclareos de pinares para prevenir incendios en Madrid.
Baker propone aplicarlo en los bosques cortados a hecho en los últimos tres o cuatro años y en los que ya han ardido. «Probablemente sería razonable plantearse el aclareo en esos lugares», dijo en declaraciones recogidas por Wood Central en agosto de 2026, aunque añadió que ningún método da a la vez biodiversidad, carbono, resiliencia y madera.
El estudio sugiere priorizar rodales de fresno de montaña de 40 a 60 años, con la expectativa de tener árboles de más de 100 centímetros en 20 o 30 años. Recuerda a otro ensayo largo con eucaliptos en Australia, el de los eucaliptos plantados en 1976 en una finca dañada por la sal, y encaja con el interés por la restauración de los bosques degradados.
El estudio completo se ha publicado en Forest Science.
Sus autores reconocen que combinar estas técnicas a escala de paisaje sigue siendo un reto para los gestores forestales.
Imagen: Tirin (www.takver.com) / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)













