Las tierras del Parque Nacional El Leoncito, en la provincia argentina de San Juan, fueron una estancia de casi 80.000 hectáreas. Allí se criaba ganado y se hacían quesos y dulces. Un estudio publicado el 1 de julio de 2026 reúne quince entrevistas con sus antiguos pobladores.
La autora es Josefina Galuchi, antropóloga de la Universidad de Buenos Aires y del CONICET. Entre 2014 y 2022 trabajó como técnica en la Administración de Parques Nacionales (APN), el organismo que gestiona el parque.
Una finca agroganadera al pie de los Andes
La estancia El Leoncito estaba en el departamento de Calingasta, al suroeste de San Juan. Funcionó desde el siglo XVIII hasta finales del XX, según el artículo.
En la década de 1930, la época de esplendor ganadero de la zona, empleaba entre 25 y 50 obreros fijos. Con ellos vivían sus familias. En temporada llegaban además temporeros para tareas concretas.
Los campos servían para el pastoreo, las hortalizas y la elaboración de dulces, quesos y otros lácteos. Los peones también llevaban sus propios animales a pastar y cultivaban pequeñas parcelas para comer.
La APN añade otro dato en su página de patrimonio cultural. La finca formaba parte de una red de estancias cercanas a la frontera con Chile. Por ellas pasaban mercancías en ambas direcciones.
De la expropiación al parque nacional
El Estado expropió formalmente las tierras en 1979. Aun así, la producción siguió hasta 1994, cuando el Decreto 46/94 creó la Reserva Natural Estricta El Leoncito.
Esa categoría prohibió los asentamientos, el acceso del público, las obras nuevas y el tráfico de vehículos. Solo quedaron permitidas la vigilancia y la investigación científica.
En 1996, San Juan cedió la jurisdicción de la reserva a la Nación con su Ley 6764. El Congreso aceptó la cesión con la Ley 25.656, sancionada el 18 de septiembre de 2002. Esa norma declaró el área parque nacional. Según el estudio, desde entonces se fue permitiendo el turismo.
Hoy el parque ocupa 89.706 hectáreas. Esa cifra corresponde al área protegida actual, no a la antigua estancia.
Un cielo que mandó sobre la tierra
La razón de la reserva estaba en el cielo. Décadas antes se habían instalado allí el Complejo Astronómico El Leoncito (CASLEO) y la Estación Astronómica Carlos U. Cesco.
La ficha oficial del parque habla de «más de 300 noches despejadas por año». Uno de sus objetivos es mantener sin cambios la atmósfera para observar el cielo. Así se protege de la luz y el polvo, en un mundo donde la contaminación lumínica ha crecido un 16 % en menos de una década.
El terreno parece un desierto, pero reúne tres ecorregiones: Altos Andes, Puna y Monte de Sierras y Bolsones. Por sus llanos se mueven guanacos, zorros colorados, pumas y el suri cordillerano. En el arroyo vive el bagrecito del Leoncito, un pez que solo existe allí.
Galuchi describe en su trabajo una separación clara entre los observatorios y el parque. Según la autora, esa división entre el cielo y la tierra marcó la gestión del área.
Quince entrevistas con los antiguos pobladores
Desde 2014, la APN desarrolla el Proyecto Conservación de la estancia El Leoncito. Su equipo de ciencias sociales visitó en Barreal, el pueblo vecino, a personas que vivieron y trabajaron en la finca.
El estudio se apoya en quince entrevistas hechas entre 2017 y 2022. Casi todos los entrevistados eran hombres de 70 a 90 años. Trabajaron en el ganado y en el campo a mediados del siglo XX.
Los recuerdos pasan muchas veces por objetos: marcas de ganado, herraduras, cuchillos, monturas. Un expoblador enseñó en 2018 un viejo apero de caballo y dijo: «Esto yo lo cuido como oro».
Los relatos muestran también otra cara. Una expobladora recordó que en casa faltaban el pan y la harina. Un vecino contó que a los 12 años ya trabajaba en otra estancia. Otro dijo que no pudo ir a la escuela porque tenía que trabajar.
La escuela rural de la estancia funcionó hasta 2005. Sus maestras recordaron la falta de camas, calefacción y comida para los alumnos internos. «Me costó muchas lágrimas la escuela», dijo una de ellas en 2019.
El desalojo y las huellas que quedan
El artículo describe la reubicación forzada de las familias y la venta rápida y barata de sus animales. Galuchi lo relaciona con un modelo de conservación «sin gente» que la APN aplicó hasta hace poco.
Muchos expobladores no volvieron. Recuerdan la libertad que tenían para moverse, criar ganado y cazar guanacos, algo hoy prohibido en el parque. En otras zonas del país, los guanacos se recuperan y rozan los dos millones en Santa Cruz.
Algunos critican también el estado del lugar. «Está arruinado», dijo un antiguo vecino en 2017, que pidió ensanchar la acequia. En 2022, un guardaparque local señaló que una crecida de enero había derribado unas barandas que nadie había reparado.
Las huellas de la finca siguen en pie. Quedan el casco de adobe, las acequias y el manzanar de la entrada. También se conservan los postes del último tramo de la vieja línea telegráfica entre San Juan y Calingasta.

La APN considera patrimonio cultural esas construcciones y unos grabados rupestres de entre 8000 y 8500 años. También incluye los saberes de los vecinos de Barreal que trabajaron en la estancia, como ocurre en otras áreas como La Payunia.
Lo que todavía no se sabe
El estudio se basa en quince entrevistas, casi todas de hombres mayores. La propia autora advierte que eso deja una visión limitada del trabajo de las mujeres en la estancia.
Galuchi trabajaba para la APN mientras hacía el trabajo de campo. En las entrevistas la acompañaba un guardaparque local. Ella misma reflexiona sobre ese doble papel. También admite que algunos sectores se resistieron a participar y que eso limitó lo que se sabe.
El artículo tampoco da una cifra de familias desalojadas. Ni la APN ni el estudio detallan qué arreglos se han hecho desde la crecida de 2022.
El estudio completo se ha publicado en Etnografías Contemporáneas.
Argentina ha seguido sumando áreas protegidas en las últimas décadas, y en 2018 nació el mayor parque nacional del país.
Foto: Parques Nacionales de Argentina











