Viñedos ecológicos en Chile para mantener las ventas

El proceso de transformación de la viña en vino es sencillo: las uvas se cultivan, se recogen, fermentan y después el líquido se embotella y transporta a todo el mundo. El precio medioambiental del proceso ya es más difícil de medir, pero a los viticultores chilenos no les queda más remedio que afrontar ese desafío. Si no lo hacen, quizás se encuentren sin sitio para sus merlots y cabernets en las tiendas extranjeras.

Grandes cadenas de alimentación y gobiernos quieren saber de qué manera contribuyen los vinos de calidad al cambio climático. Y quieren que los consumidores también lo sepan. Eso significa que cada botella de vino debe especificar cuántos gases de efecto invernadero se emiten por copa.

Chile fue el quinto exportador de vino de mundo el año pasado, y su crecimiento va en aumento. EE UU y el Reino Unido son de lejos sus principales compradores, seguidos de Holanda, Canadá, Brasil y Japón.

En 2012 la Unión Europea exigirá una ecoetiqueta en todos los productos, y el año que viene Francia pondrá en marcha un ensayo para incluir etiquetas con la huella de carbono en la mayoría de productos. Japón también está experimentando con algo similar en una docena de empresas de bebidas y alimentos.

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En diciembre de 2007 la agencia estatal de promoción de exportaciones ProChile vio un reportaje en la BBC en el que se recomendaba a los consumidores que no comprasen cerezas chilenas porque vienen desde muy lejos y emiten con ello una gran cantidad de CO2. Eso alertó a los exportadores chilenos, que empezaron a prestar más atención al tema, explica Paola Conca, jefa del Departamento de Comercio Sostenible de ProChile.

Los productores de vino chilenos ya están manos a la obra, y trabajan para medir la huella de carbono de sus operaciones y también en la reducción de sus emisiones.

Tras hacer las primeras mediciones los viticultores llegaron a la conclusión de que tenían que centrar la mayor parte de sus esfuerzos en reducir el consumo de energía en los procesos posteriores a la fermentación. Un estudio encargado el año pasado por la Fundación para la Innovación Agraria detectó que las fases de embotellado (40 por ciento) y almacenamiento (25 por ciento) son las que producen más emisiones contaminantes en el sector del vino. Varias bodegas también detectaron importantes emisiones en el transporte por mar.

El vino chileno todavía no tiene una etiqueta de huella de carbono, pero muchos viñedos ya han sido certificados como “carbono neutrales”, lo que significa que compensan sus emisiones de gases de efecto invernadero invirtiendo en proyectos de energía sostenible alrededor del mundo.

Viña De Martino, uno de los principales productores de vino orgánico en Chile, midió sus emisiones de carbono en 2007. Dos años más tarde lanzó el primer vino carbono neutral en Latinoamérica (bautizado como Nuevo Mundo), convirtiéndose en la primera bodega de ese tipo en América del Sur. Ha reducido sus emisiones construyendo una planta para el tratamiento de aguas residuales y comprando bonos de carbono.

Cono Sur, otro productor orgánico, ha invertido en plantas de energía limpia en Alemania, Turquía e India para compensar las emisiones de gases de efecto invernadero durante el transporte de sus productos.

A medida que las empresas vinícolas chilenas analizan su impacto medioambiental se están dando cuenta de que el objetivo más urgente es la eficiencia energética.
Viña Errazuriz, por ejemplo, ha construido dos almacenes con tragaluces y ventanales para ahorrar energía. Uno de ellos tiene un sistema de calentamiento geotermal.

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