Durante años, el debate climático se ha centrado en el CO2 y en cómo “atrapa” calor en la atmósfera. Pero hay otra pieza igual de importante que funciona como un espejo, reflejando parte de la luz solar al espacio. Un estudio publicado el 26 de marzo de 2026 concluye que ese espejo se está debilitando porque las nubes bajas están disminuyendo a escala global.
La consecuencia no es menor y va más allá de un simple cambio en la previsión del tiempo, porque el retroceso de estas nubes ha permitido que el sistema climático absorba de media 0,22 W por metro cuadrado más de radiación solar por década entre 2003 y 2024, aproximadamente la mitad del aumento observado en el desequilibrio energético de la Tierra en el mismo periodo. ¿Qué significa esto en la práctica cuando el planeta ya viene caliente por el CO2? En otras palabras, se pisa el acelerador por dos vías, por los gases de efecto invernadero y por un cielo algo menos protector.
El parasol de las nubes bajas
Las nubes bajas son las que se forman cerca de la superficie, con bases por debajo de unos 2.000 metros, e incluyen estratos, estratocúmulos y cúmulos. Suelen aparecer sobre grandes zonas del océano, donde la humedad sube sin parar desde el agua.
Su papel es bastante simple de entender. Reflejan una parte importante de la luz solar y, por eso, ayudan a enfriar el planeta en comparación con un cielo despejado. Paulo Ceppi lo resume en Carbon Brief con una imagen gráfica cuando escribe que “By acting as the Earth’s ‘sunscreen’, they keep the climate cooler than it would otherwise be” (algo así como una crema solar planetaria).
Las cifras que importan
El estudio analiza el balance energético del planeta con observaciones por satélite del sistema CERES. Para el periodo de julio de 2003 a junio de 2024, el desequilibrio energético global aumentó a un ritmo medio de 0,44 W por metro cuadrado por década. En 21 años, ese ritmo suma cerca de 0,92 W por metro cuadrado.
Dentro de ese aumento, la pérdida de nubes bajas explica una parte muy concreta y medible. El equipo estima que este cambio incrementó la energía solar absorbida en 0,22 ± 0,07 W por metro cuadrado por década, lo que supone aproximadamente la mitad del aumento del desequilibrio energético en el mismo tramo de años. Puede sonar a cifra pequeña, pero repartida por todo el planeta es un extra de calor constante y eso se nota.
El bucle del océano
Aquí viene la parte incómoda. El calentamiento del mar altera la temperatura y la humedad del aire en la capa baja de la atmósfera, y eso puede hacer que estas nubes se disipen con más facilidad. Cuando hay menos nube, entra más sol, el océano absorbe más energía y vuelve a calentarse.
En el fondo, es un círculo de retroalimentación. Si el mar se calienta, cuesta más mantener ese “parasol” en su sitio y el sistema pierde parte de su capacidad natural de enfriamiento. No es poca cosa.
Qué está causando el cambio
El estudio no se queda solo en describir la tendencia, también intenta explicar de dónde viene. En su análisis, los factores vinculados a la actividad humana explican alrededor del 74% del descenso de la nubosidad baja observado desde 2003, mientras que la variabilidad natural aparece como una pieza menor en el promedio global.
El reparto tiene tres protagonistas. Aproximadamente un 40% se asocia al calentamiento de la superficie del océano (el “feedback” de las nubes), los gases de efecto invernadero aportan alrededor del 21% y los aerosoles cerca del 14%. El propio trabajo reconoce que queda una parte sin explicar por su método, lo que recuerda que todavía hay incertidumbres importantes en cómo medimos y modelizamos estas relaciones.
El papel de los aerosoles
Lo de los aerosoles suele generar confusión porque mezcla dos noticias opuestas. Reducir contaminación atmosférica es una mejora clara para la salud. Pero, al mismo tiempo, estos aerosoles actúan como “semillas” para que se formen gotitas de nube y, cuando bajan por políticas de aire limpio (por ejemplo en el transporte marítimo), también puede bajar parte de la nubosidad.
Este matiz no significa que debamos “volver a contaminar” para enfriar el planeta. Significa que el calentamiento que veníamos tapando en parte con aerosoles se hace más visible cuando limpiamos el aire, por eso recortar CO2 y otros gases de efecto invernadero sigue siendo la palanca clave. Y cuanto antes, mejor.
Qué dicen los modelos
Una pregunta lógica es si esto implica que las proyecciones se quedan cortas y que vamos hacia un calentamiento aún mayor del esperado. En este punto, el estudio aporta un dato tranquilizador a medias, porque encuentra que las tendencias observadas en nubes bajas están dentro del rango que simulan los modelos climáticos actuales.
Pero el “a medias” importa. Los propios autores subrayan que las nubes bajas explican una parte relevante del aumento del desequilibrio energético, no todo, y que quedan otras piezas en juego como nubes altas, vapor de agua o cambios en el hielo y en el albedo de la superficie. Por eso, el mensaje final no es bajar la guardia, es afinar el diagnóstico y acelerar la transición energética para reducir emisiones y depender menos de los combustibles fósiles.
Qué significa para España
Para alguien que vive en España, esto se traduce en una idea bastante directa. Si el planeta absorbe más energía, el “ruido de fondo” del calor sube y aumenta la probabilidad de extremos más persistentes, desde noches tropicales hasta episodios largos de calor. Y cuando eso pasa, sube el aire acondicionado y la factura de la luz, aunque no sea la única causa.
Por eso la transición a renovables, eficiencia y electrificación (también en la movilidad) no es solo una cuestión de clima a largo plazo, también tiene que ver con aire respirable y con reducir el riesgo de un calentamiento cada vez más difícil de frenar. La ciencia aquí no habla de un único botón mágico, habla de varias palancas que apuntan en la misma dirección. Emitir menos.
El estudio ha sido publicado en Atmospheric Chemistry and Physics.












