Científicos perforan el Gran Agujero Azul del Caribe y lo que encuentran da miedo: se aproxima un cambio sin precedentes en los últimos 5700 años

Publicado el: 13 de abril de 2026 a las 18:42
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Gran Agujero Azul de Belice con plataforma de perforación científica para estudiar huracanes y clima.

En el centro del Caribe hay un lugar que parece sacado de una postal de buceo, pero que en realidad funciona como un archivo del clima. Un equipo internacional ha perforado el Gran Agujero Azul de Belice y ha extraído un testigo de sedimentos de 30 metros que registra, capa a capa, el paso de tormentas tropicales y huracanes durante milenios.

La conclusión principal inquieta por lo concreta que es. Ese “archivo” muestra un aumento sostenido de ciclones en los últimos 5.700 años y, sobre todo, un repunte muy marcado en las últimas décadas que los investigadores relacionan con el calentamiento actual. ¿La idea clave? Que lo que estamos viendo ahora se sale del guion natural de los últimos milenios.



Un agujero azul que guarda más que agua

El Gran Agujero Azul es un sumidero marino de unos 125 metros de profundidad y alrededor de 300 metros de diámetro, situado en el atolón Lighthouse Reef, a decenas de kilómetros de la costa de Belice. Es uno de los iconos del sistema de arrecifes del país, reconocido por la UNESCO por su valor natural.

Lo importante aquí no es solo su forma. En el fondo se acumulan sedimentos en condiciones con poco oxígeno, lo que ayuda a que las capas queden relativamente “ordenadas”, sin demasiada mezcla. En la práctica, es como tener un cuaderno donde el mar va escribiendo cada año.



Cómo se lee la historia en un núcleo de sedimento

En el verano de 2022, los científicos llevaron una plataforma de perforación mar adentro y recuperaron un núcleo de 30 metros desde el fondo del agujero. El sedimento se ha ido acumulando allí durante miles de años y la parte del registro analizada permite reconstruir la frecuencia de ciclones de los últimos 5.700.

Aquí viene la pregunta que muchos se hacen. ¿Cómo se distingue un año tranquilo de un año de huracán si nadie estaba tomando notas hace miles de años? La clave está en separar capas finas de “buen tiempo” de capas más gruesas que llegan cuando una gran tormenta remueve partículas del arrecife y las empuja hacia el interior.

Lo que preocupa en los últimos 20 años

En el testigo aparecen cientos de señales de tormenta, en forma de capas de evento que quedan atrapadas en el fondo. El estudio identifica 574 capas de este tipo para reconstruir la variación de los ciclones en el Caribe suroccidental durante los últimos 5.700 años.

Durante la mayor parte de ese periodo, la frecuencia se movió en un rango aproximado de entre 4 y 16 tormentas tropicales y huracanes por siglo en la región. El contraste llega al final del registro, porque solo en los últimos 20 años aparecen nueve señales de ciclón. Es justo el tipo de cifra que obliga a levantar la ceja.

Un cálculo que apunta a un siglo muy distinto

La propia investigación hace una extrapolación simple para ilustrar el riesgo. Si se mantiene el ritmo de nueve ciclones cada 20 años, eso equivaldría a 45 ciclones en una ventana de 100 años, desde 2000 hasta 2100, lo que el equipo describe como un escenario de “peor caso”.

Eberhard Gischler, que lidera el grupo en Frankfurt, lo resume con una frase directa. Sus resultados sugieren que “unas 45 tormentas tropicales y huracanes” podrían pasar por esa zona solo en el siglo XXI, muy por encima de la variabilidad natural de los milenios anteriores. No es poca cosa.

El papel del mar más caliente y la ZCIT

Ningún registro geológico explica por sí solo todas las piezas, pero aquí hay pistas sólidas. Los investigadores señalan, por un lado, el desplazamiento hacia el sur de la Zona de Convergencia Intertropical, una franja de bajas presiones que influye en dónde se forman los ciclones en el Atlántico y por dónde tienden a moverse.

Por otro lado, aparece el factor que ya notamos en la piel, ese calor pegajoso que se instala en veranos cada vez más largos. Un mar más cálido significa más energía disponible para la formación y la intensificación rápida de tormentas, y el estudio vincula parte de la señal reciente al calentamiento asociado a la era industrial. También apunta a condiciones tipo La Niña, que reducen la cizalladura del viento y suelen favorecer temporadas más activas.

Qué significa para la gente y para los ecosistemas

Para los países del Caribe, más ciclones no es solo una estadística. Hablamos de impactos en viviendas, carreteras, redes eléctricas y agua potable, y también de un golpe directo a economías muy dependientes del turismo y la pesca. Cuando un huracán entra, el coste no se mide solo en el día del impacto, sino en meses de recuperación.

Y está la parte menos visible, pero igual de importante. Arrecifes y manglares pueden amortiguar oleaje y proteger la costa, pero también son sensibles al calentamiento del mar y a otras presiones, lo que reduce su capacidad de “escudo” natural. Por eso, este tipo de estudios no solo sirve para entender el pasado, también para afinar la prevención, ajustar planes de adaptación y reforzar las alertas tempranas antes de la próxima temporada.

El estudio ha sido publicado en Science Advances.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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