Imagina que dejas un café muy caliente sobre la mesa. Al principio ves salir vapor y parece que se enfría rápido, pero buena parte del calor se queda dentro del líquido. Con el océano que rodea a Antártida pasa algo parecido, solo que a escala planetaria.
Un nuevo estudio de un equipo del centro GEOMAR Helmholtz Centre for Ocean Research Kiel alerta de que ese océano profundo podría devolver a la atmósfera una parte del calor que lleva siglos acumulando. Sería un “eructo” térmico capaz de reactivar el calentamiento global durante más de cien años, incluso en un mundo que ya hubiera logrado enfriarse.
La idea puede sonar a ciencia ficción, pero nace de un modelo climático revisado por pares y publicado en la revista AGU Advances. No es una predicción de lo que va a ocurrir mañana, sí una advertencia sobre cómo de larga puede ser la factura del calentamiento que estamos generando hoy.
El océano Austral, un enorme depósito de calor
Desde el inicio de la era industrial, los océanos han absorbido más del noventa por ciento del exceso de calor atrapado por los gases de efecto invernadero y aproximadamente una cuarta parte del CO₂ emitido por la actividad humana.
Dentro de ese sistema gigante, el océano Austral que rodea la Antártida se comporta como un depósito desproporcionado. Corrientes profundas transportan aguas más cálidas hacia el sur, donde se hunden y quedan “archivadas” a cientos o miles de metros de profundidad. Estudios recientes indican que esta región almacena una parte muy grande del calor extra que ha entrado en los mares en las últimas décadas.
En la práctica, ese calor de reserva alimenta olas de calor marinas, acelera el deshielo y contribuye a la subida del nivel del mar que ya se nota en muchas costas. Y, como sabe cualquiera que ha sufrido noches tropicales y ha mirado con miedo la factura de la luz por el aire acondicionado, ese calor extra no es un detalle menor.
Qué ha encontrado el nuevo modelo
El equipo liderado por la oceanógrafa Ivy Frenger ha utilizado un modelo del sistema Tierra de complejidad intermedia, el UVic ESCM, que permite simular siglos de evolución climática combinando océano, hielo marino, vegetación terrestre y una atmósfera simplificada.
Plantean un escenario idealizado en dos actos. Primero, las concentraciones de CO₂ aumentan alrededor de un uno por ciento al año hasta duplicar los niveles preindustriales, algo similar a muchos escenarios clásicos de calentamiento. Después, la humanidad hace los deberes y más. Reduce de forma drástica sus emisiones, alcanza emisiones netas cero y luego entra en una fase de emisiones netas negativas durante varios siglos, retirando más CO₂ del que emite.
En ese mundo hipotético, la temperatura media global empieza a bajar poco a poco. Sin embargo, tras varios cientos de años de enfriamiento, el modelo muestra un giro incómodo. La circulación profunda del océano austral se reorganiza, el calor acumulado en las grandes profundidades asciende hacia la superficie y se libera a la atmósfera en un “eructo” de calor. El resultado es un nuevo periodo de calentamiento de varias décimas de grado que dura más de un siglo, con un ritmo comparable al calentamiento generado por la humanidad desde finales del siglo diecinueve.
Un detalle clave del estudio es que ese pulso de calor no viene acompañado de una gran liberación de CO₂ disuelto. La atmósfera se recalienta sin que aumenten de forma significativa las concentraciones de gases de efecto invernadero, todo impulsado por un reajuste interno del océano.
¿Entonces da igual reducir emisiones?
La tentación es pensar que, si el océano puede devolver calor más adelante, quizá el esfuerzo por recortar emisiones se vuelve menos eficaz. Los autores y otros expertos insisten en lo contrario. Cuanto menos calentemos ahora el océano, menos energía habrá almacenada para un posible episodio de liberación futura, por lo que cualquier “eructo” térmico sería más pequeño.
Además, este trabajo se basa en un único modelo y en un escenario muy ambicioso que exige mantener emisiones netas negativas durante siglos, algo que hoy está lejos de ser realista, aunque tecnologías de eliminación de carbono y la restauración masiva de ecosistemas se investigan justo para acercarnos a esa meta.
La climatóloga Kirsten Zickfeld, experta en escenarios de emisiones negativas, resume bien el reto cuando recuerda que “existe una gran incertidumbre en la respuesta del sistema terrestre a las emisiones netas negativas”.
En otras palabras, el océano no es un agujero sin fondo que traga calor y CO₂ para siempre, es un almacén con memoria muy larga. Las decisiones que tomemos hoy en España o en cualquier otro país, desde el tipo de energía que usamos hasta cómo nos movemos o qué consumimos, determinarán no solo cuánto se calienta el planeta este siglo, también cuánta energía extra podrá devolver el océano en los siglos siguientes.
El estudio completo en el que se describen estos resultados se ha publicado en la revista de la American Geophysical Union (AGU) AGU Advances.

















